08 noviembre 2009

Entre las llamas 7

SHINICHI

El desconocido terminó por acomodarse a cierta distancia de nosotros. La chulería y el desafío de sus ojos desapareció como por arte de magia y sus gestos volvieron a parecer los de un humilde criado.

-Mi nombre es Hideki -Comenzó el hombre con la cabeza gacha y las manos apoyadas sobre la tierra- y soy sirviente en esta casa desde hace unos meses. Cuando la señorita Kyoko regresó de su visita al doctor me encargaron velar su sueño...

Hideki levantó la cabeza y dirigió una mirada atormentada hacia Natsuki.

-Pe-pero... -Tartamudeó- Yo también m-me quedé d-d... ¡dormido!

Curvó la espalda hacia el suelo con tanta fuerza que me pregunté si no se habría hecho daño con tan exagerada reverencia.

-No sé cómo ni por qué comenzó el fuego. Debí desmayarme cuando empezó, porque no me desperté -Lloriqueó desde abajo-. ¡Lo siento mucho, lo siento mucho! ¡Perdónenme, por favor!

Gemidos ahogados escaparon de la boca del criado, que se puso a reptar por la superficie de la tierra hasta alcanzar timidamente de los pantalones de Natsuki en busca de perdón.
Ante semejante escena, me entraron unas tremendas ganas de vomitar. Solté mi mano de la de Natsuki y me puse en pie, consiguiendo que ambos volvieran sus ojos hacia mí.

-Hazte cargo de esto -Pedí, visiblemente irritado. Aquella cosa que se arrastraba por el suelo y que tenía la cara manchada por una asquerosa mezcla entre barro y lágrimas no se merecía ni por un instante que le considerase algo parecido a un rival-. Voy a buscar a los demás.

Me alejé de ellos y seguí los gritos que venían del otro lado de la mansión. Al doblar la esquina me encontré con un gran grupo de gente que se ayudaban los unos a los otros en un intento por apagar el macabro festival de fuego. Cerca de donde yo estaba había unas cuantas personas llenando cubos de agua que otros traían y, luego, volvían a llevarse.

Una mujer vislumbró mi cuerpo en la oscuridad y gritó aterrada. Nadie hizo mucho caso, ya que en aquella situación de pánico los gritos eran el sonido más frecuente. Me arrodillé junto a ella y la pobre criatura no hizo más que cubrirse la cabeza con ambos brazos.

-Soy el primo de Kyoko -Aclaré agarrando uno de sus brazos firmemente y obligándola a que me mirara-. Ella está bien, ha conseguido salir de ese infierno. Es muy importante que respondas a mi pregunta, ¿queda alguien más dentro?

La muchacha negó con la cabeza y eso era todo lo que necesitaba saber. Solté su brazo de forma inmediata y dejé que se acurrucara contra la maleza y se echase a llorar.

El reflejo que me devolvió el pequeño lago artificial captó mi atención. Un hombre con las mejillas tiznadas y expresión indiferente me miraba con mis mismos ojos fríos. Alcé una mano y me toqué la mejilla con suavidad, extendiendo aquella mancha negra por mi cara y las yemas de los dedos. Tenía quemaduras poco serias por los brazos y la ropa hecha un desastre.
Con un movimiento rápido deshice la coleta y el pelo cayó a ambos lados de mi rostro. Ahora tenía un aspecto mucho más sobrecogedor.

La gente seguía armando escándalo a mi alrededor.

Recogí un poco de agua con ambas manos y la restregué por las mejillas, intentando borrar las marcas que aquel edificio en llamas se había atrevido a dejar sobre mi piel.

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