08 noviembre 2009

Entre las llamas 3

SHINICHI

Observé a Natsuki tirarse por la ventana agarrando al tipo que nos habíamos encontrado en la habitación de Kyoko. Aquel hombre la entorpeció bastante, y arrugé la nariz pensando que quizá debería haberle dejado cargar con la chica.

Caí a su lado suavemente, cargando a una murmurante y desorientada Kyoko que se revolvía entre mis brazos y agarraba mi camiseta con desesperación. Eché un vistazo a mi alrededor para comprobar que aquella zona del jardín era segura y después volví la mirada hacia mi compañera para asegurarme de que seguía ahí.

Me quedé muy, muy quieto cuando aquel tipejo al que había salvado la vida empezó a aferrarla con fuerza y a mirarla con los ojos muy abiertos mientras farfullaba insensateces. Si no fuera porque Natsuki iba vestida con ropa normal, estaba seguro de que de los tirones que le estaba dando ya andaría medio desnuda por ahí. Y encima ella le estaba sonriendo...
Me acerqué a ambos ignorando a la chica que aún llevaba en brazos y levanté un pie para plantárselo a aquel tio en plena cara y alejarle de mi compañera.

-Eh, tú -Anuncié volviendo a poner el pie sobre tierra firme- ¿Se puede saber que coño ha pasado aquí? ¡Nos largamos un par de horas en busca de intimidad y se quema la casa, joder!

El criado me miró sorprendido al principio, algo que era normal teniendo en cuenta que aún tenía mis huellas sobre la frente, pero después su mirada adoptó un brillo malicioso.

-Disculpe señor, pero ¿quién es usted? Los únicos que se hospedan en esta casa son los primos de la señora Kyoko, pero usted no se parece en nada al señor... una persona tan respetable y distinguida...

Apreté la madíbula con fuerza al apreciar cierto sarcasmo en su tono de voz. Estaba dispuesto a sacar la espada y enseñarle modales, pero, para colmo de males, Kyoko comenzó a recuperar la consciencia y ella sí que pareció reconocerme

-¿Primo...? ¿Primo eres tú...?

Busqué la mirada de Natsuki en busca de ayuda. La situación en la que nos habíamos metido era surrealista y en mi interior se debatían dos fuerzas muy poderosas: un aguijoneante sentimiento de furia desconocido hasta ahora y la responsabilidad de encubrir a toda costa la misión.
Quizás lo peor de todo fuera que no sabía a cual de las dos hacer caso.