En cuanto llegué a lo alto de la escalera, sonreí a Shinichi. No sabía él, pero a mí el fuego siempre me había dado pánico. A pesar de ello me había lanzado de cabeza a la casa, sí, ni siquiero yo podía entenderlo, pero la perspectiva de que hubiese alguien allí dentro era peor que cualquier mal recuerdo. O eso procuraba decirme a mí misma.
De vez en cuando, entre el fragor de las llamas, me parecía oír algún grito ahogado. Pero, malditos fuesen aquellos pasillos, no lograba ubicarme. Sencillamente, no sabía dónde estábamos. ¿Aquello sería el cuerto de Kyoko? ¿El nuestro? ¿La cocina?
Daba igual. La puerta parecía venirse abajo y yo juraría oír voces allí dentro.
No lo pensé dos veces. Hice un gesto a Shinichi para que entendiese mis intenciones y eché la puerta abajo. La habitación pareció estallar desde dentro y el fuego me hubiese consimido si él no hubiese estado allí para quitarme de en medio. Caímos ambos al suelo, pero si no queríamos morir incinerados, más nos valía no quedarnos quietos.
Me levanté de un salto, tirando de él. Apreté su mano en señal de agradecimiento, pero le solté enseguida. No era ni el momento ni la persona adecuada para andarse con tonterías.
Resultó ser la habitación de Kyoko. En un rincón encontramos a nuestra prima y a un hombre, quizás un criado, que estaban inconscientes. Shinichi se lanzó a tomarle el pulso a Kyoko. Yo simplemente le di un par de bofetones al hombre, intentando reanimarle. Al ver que no surtía efecto, me acerqué a su cará, intentando notar su respiración o escuchar alguna señal de vida. Me recibió un suave gemidito, mezcla de dolor y ahogo. El hombre entreabrió los ojos y me miró, asustado.
Me volví a Shinichi, para comprobar que tuviese controlada a Kyoko. Me asintió con la cabeza y sin esperar nada más, cargué el peso del hombre sobre mis hombros y me lancé por la ventana.
La caída fue más dura de lo que esperaba. El tipo cayó como un peso muerto y a duras penas pude rodar en el último momento para evitar que se rompiese el cuello. Shinichi cayó a mi lado con elegancia y la chica seminconsciente entre sus brazos.
Busqué su mirada, intentando asegurarme de que estaban bien mientras recuperaba la respiración. Definitivamente no me gustaban los incendios.
-Dios santo.... -jadeó el tipo, todavía abrazado a mí-. Me... Me has salvado... la vida.
Le dediqué una sonrisa tranquilizadora, algo incómoda. No me gustaba ser la heroína de nadie.
08 noviembre 2009
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