28 noviembre 2009

Entre las llamas 8

SHINICHI

Sabía que aquello era fruto de un impulso irracional mucho antes de llevarlo a cabo. Sin embargo, mi mente se las arregló para proporcionarme el pretexto adecuado: "El Ichigen no te servirá esta vez". La letanía silenciosa se repetía una y otra vez en mi cerebro.

Pues vale...

Quizá un poco a regañadientes, di luz verde a los músculos de mis piernas y me sumergí en el agua. Al instante noté una creciente sensación de alivio y mejoría.
A pesar de saber que se trataba de un simple espejismo y de que mis heridas no desaparecerían con un triste baño de agua, por muy fría que ésta estuviese, pensé que había hecho lo correcto.

Me sumergí totalmente y aguanté la respiración durante menos de medio minuto. Después, rompí contra la superficie y salí de allí sin demora. Me escurrí el pelo y me quité la camiseta para poder retorcerla también. Tras meditarlo un instante, decidí quitarme las vendas del pecho, aunque me retiré a un lugar más oscuro para hacerlo; no tanto por guardar las apariencias sino por el hecho de que aún me provocaba cierto pudor andar por ahí exhibiendo mi tatuaje.
Colgé la camiseta y las vendas de una de las ramas del árbol y me apresuré a regresar al lugar donde había dejado a Natsuki. Me sentí inseguro al dar los primeros pasos.

Apenas tardé en bordear el ennegrecido edificio y volver al pequeño claro, donde, lo primero que vi fue a Natsuki tentarse la ropa y mirar con profundo desagrado a Hideki. Con un movimiento causal, desplacé parte de mi melena sobre la zona izquierda de mi pecho, de modo que el color negro de mi pelo y la noche se encargaran de hacer maravillas y disimular el tatuaje.

Pasé con gracilidad entre ambos, esquivando manos y rodillas, y me percaté de que Kyoko se encontraba consciente. Tenía un aspecto muy frágil, las mejillas se le habían coloreado y la mirada estaba empezando a adoptar un relieve vidrioso.
Con un brazo sobre sus hombros y otro sujetando su cintura, conseguí alzarla lo suficiente como para que quedara de pie un instante. Entonces afiancé sus manos alrededor de mi cuello y me cargué el cuerpo de la mujer a la espalda. El contacto con su piel, tan caliente en comparación con la mía, me provocaba escalofríos nada agradables. Aunque, por otro lado, me ayudaban a entrar en calor.

-Nos vamos -Sentencié mientras acomodaba su peso-. Haremos noche donde podamos, lejos de aquí, no sea que los cimientos cedan y convirtamos el susto en catástrofe.

No estaba muy convencido de poder llegar al pueblo más cercano antes de que amaneciera, por lo que más adelante le propondría a Natsuki que parasemos a descansar e hiciesemos turnos para vigilar a Kyoko. Sin embargo, no había contado con el molesto inconveniente del criado, que se empeñó en venir con nosotros y traer a un par de personas más. Según él "para garantizar el bienestar de la señorita Kyoko".

Lo dejé pasar. Las piernas se me empezaban agarrotar y de lo único que tenía ganas era de dejar atrás todo aquello.