NATSUKI
Conté lentamente hasta cien para asegurarme de que se habrían alejado suficiente como para no verme y salí tras ellos. Si alguno realmente pensaba que me quedaría allí quieta es que estaba loco. Shinichi le daba conversación al criado, intentando en vano conseguir algún detalle más sobre aquella repentina llamada. Guiándome por el sonido de sus voces logré llegar hasta la habitación de Kyoko sin problemas, pero la puerta estaba en mitad de un amplio y despejado pasillo por lo que no parecía muy buena idea pegar la oreja a la puerta para escuchar.
Tras vacilar unos instantes terminé deslizándome en la habitación contigua que, afortunadamente estaba vacía. Durante uno de mis paseos me había fijado en que una de las fachadas tenía ventanales más grandes que las demás, con amplios poyetes que casi daban la impresión de ser pequeñas terracitas. En un par de ellas incluso había algunas macetas, aunque la mayoría parecían completamente abandonadas. Recé por que mi orientación espacial hubiese mejorado con el paso de los años y aquella fuese la fachada que había observado desde la calle.
Tuve suerte y no supuso ningún problema encaramarse a la ventana y saltar hasta la de la habitación de Kyoko, donde me aseguré lo mejor posible para escuchar todo el tiempo que fuese necesario.
Shinichi ya había entrado a la habitación y estaba junto al lecho de nuestra prima que parecía bastante alterada.
-Hay... flores... si, unas flores –murmuró ella con voz entrecortada, como si hablar fuese un gran esfuerzo.
Empezaba a preocuparme, aquella no parecía la misma mujer que habíamos dejado un rato antes. ¿Tal vez alguno de mis ungüentos había terminado de enfermarla? Me dije que no, que era imposible y de todas formas no podían haber actuado tan rápido.
-El puente no... –tosió, ocultando el rostro entre su espesa mata de pelo.
Shinichi se acercó a ella, sosteniéndola, pero de pronto parecía encontrarse algo mejor y se incorporó sola, rechazando su ayuda.
-Estoy bien, primo –aseguró con voz débil pero mucho más firme-. Solo un poco cansada, Mae ya está preparando mi medicina.
Suspiró con suavidad y su aspectoo pareció mejorar un poco.
-De pronto me vino a la mente una tontería y pensé que debías saberla... Pero no es más que eso, una tontería, además pensar en el bosque me hace sentirme agotada... En este momento no sería capaz de andar ni siquiera hasta la puerta de la habitación, ni hablar de salir de la casa.
Kyoko rió, como si la idea le resultase graciosa y Shinichi sonrió también, siguiéndole el juego. Yo, en cambio, pude preocuparme abiertamente, desconcertada ante los bruscos cambios de nuestra anfitriona. Habría jurado que tenía doble personalidad si no fuese porque hasta su salud se había visto resentida de un momento al otro. ¿Qué diablos pasaba en aquella casa?
Entonces se me escurrió un pie y a punto estuve de caerme de mi escondite. Pateleé y me aferré con desesperación a la ventana, haciendo algo de ruido. En cuanto logré recuperar mi posición maullé débilmente, sin creer resultase muy convincente escuchar a un gato en aquel lugar.
21 junio 2009
18 junio 2009
Indicios 6
SHINICHI
Sentí su mirada traviesa recorrer mi cuerpo durante un instante. Su rostro adoptó una expresión divertida y desvió la mirada hacia mis ojos a regañadientes. La chica jugaba con sus labios, brillantes debido a la humedad de su boca, lo cual me pareció un truco muy sucio para embaucarme.
Su propuesta aún flotaba en el aire, esperando pacientemente una reacción, un gesto, una respuesta por mi parte... cualquier cosa.
Con mucha parsimonia me dejé caer ligeramente hacia atrás, apoyando mi peso sobre los brazos y alejándome de ella. Mi rostro no mudó su expresión seria, aunque si cerré los ojos para poder concentrarme mejor en lo que le diría.
-Sabes que sí, si quisiera claro -Contesté, haciendo especial énfasis en las tres últimas palabras-. Pero sería un reto demasiado fácil.
Abrí un ojo para deleitarme con la visión del efecto que habrían hecho mis palabras en ella antes de continuar.
-Tú, sin embargo, jamás serías capaz de atraparme a mí de tal forma. Ceder, desistir, abandonar... son verbos que no forman parte de mi vocabulario. Sería toda una hazaña que una niñita como tú me hiciera caer en sus redes.
En cierta parte sentía curiosidad. ¿Sería capaz siquiera de inmovilizarme?
Hasta el momento no había llegado a pelear en serio con ella, y, aunque mis palabras ocultaban otro significado, la perspectiva de hacerlo me motivaba.
-¿Crees que podrías hacerme sudar? -Pregunté con malas intenciones. Esta vez la miré fijamente, esbozando media sonrisa y enarcando una ceja-. ¿Eh, Natsuki-chan?
En aquel momento uno de los criados que habitualmente nos servían irrumpió en la habitación. Parecía muy nervioso. Después de hacer una reverencia demasiado ceremoniosa y atragantarse varias veces con su propia saliva logró transmitir su mensaje.
-Shi-Shinichi-sama... la joven ama solicita su presencia de inmediato. Se-Será mejor que no la haga esperar, parece muy alterada.
¿Tanto como tú? Me pregunté mientras me ponía en pie. Natsuki reaccionó al mismo tiempo.
-¡No! -Gritó de repente aquel hombre mientras extendía los brazos-. Sus órdenes han sido muy claras, señora. Tan sólo su marido debe acompañarme.
Su gesto suplicante sólo contribuyo a alimentar un mal presentimiento.
-Quedate aquí -Ordené friamente, casi seguro de que después de que ambos desaparecieramos ella nos seguiría sin ser vista-. No me esperes despierta.
Sentí su mirada traviesa recorrer mi cuerpo durante un instante. Su rostro adoptó una expresión divertida y desvió la mirada hacia mis ojos a regañadientes. La chica jugaba con sus labios, brillantes debido a la humedad de su boca, lo cual me pareció un truco muy sucio para embaucarme.
Su propuesta aún flotaba en el aire, esperando pacientemente una reacción, un gesto, una respuesta por mi parte... cualquier cosa.
Con mucha parsimonia me dejé caer ligeramente hacia atrás, apoyando mi peso sobre los brazos y alejándome de ella. Mi rostro no mudó su expresión seria, aunque si cerré los ojos para poder concentrarme mejor en lo que le diría.
-Sabes que sí, si quisiera claro -Contesté, haciendo especial énfasis en las tres últimas palabras-. Pero sería un reto demasiado fácil.
Abrí un ojo para deleitarme con la visión del efecto que habrían hecho mis palabras en ella antes de continuar.
-Tú, sin embargo, jamás serías capaz de atraparme a mí de tal forma. Ceder, desistir, abandonar... son verbos que no forman parte de mi vocabulario. Sería toda una hazaña que una niñita como tú me hiciera caer en sus redes.
En cierta parte sentía curiosidad. ¿Sería capaz siquiera de inmovilizarme?
Hasta el momento no había llegado a pelear en serio con ella, y, aunque mis palabras ocultaban otro significado, la perspectiva de hacerlo me motivaba.
-¿Crees que podrías hacerme sudar? -Pregunté con malas intenciones. Esta vez la miré fijamente, esbozando media sonrisa y enarcando una ceja-. ¿Eh, Natsuki-chan?
En aquel momento uno de los criados que habitualmente nos servían irrumpió en la habitación. Parecía muy nervioso. Después de hacer una reverencia demasiado ceremoniosa y atragantarse varias veces con su propia saliva logró transmitir su mensaje.
-Shi-Shinichi-sama... la joven ama solicita su presencia de inmediato. Se-Será mejor que no la haga esperar, parece muy alterada.
¿Tanto como tú? Me pregunté mientras me ponía en pie. Natsuki reaccionó al mismo tiempo.
-¡No! -Gritó de repente aquel hombre mientras extendía los brazos-. Sus órdenes han sido muy claras, señora. Tan sólo su marido debe acompañarme.
Su gesto suplicante sólo contribuyo a alimentar un mal presentimiento.
-Quedate aquí -Ordené friamente, casi seguro de que después de que ambos desaparecieramos ella nos seguiría sin ser vista-. No me esperes despierta.
Indicios 5
NATSUKI
Sin dejar de sostenerle la mirada me relamí con suavidad, buscando en mis labios el rastro de su sabor.
-Es un árbol. Le apliqué varias hierbas para intentar averiguar a que se debía esa reacción y podría asegurar que es un árbol, aunque no puedo decirte nada más. Necesitamos algún otro dato.
Me recosté en el futón, cerca suyo para poder seguir hablando. Aquel ritmo tan tranquilo que habían adoptado nuestras vidas conseguía que me pasase días enteros soñolienta.
-Antes de que ocurra algún desastre, tenemos que aclarar un par de cosas –empecé, extendiendo la mano distraídamente y jugueteando con los pliegues de su ropa-. No me pidas que te sirva el té ni que cumpla mi papel de esposa en cosas parecidas. Reconozco que en ese sentido estoy completamente perdida, no sé nada de este mundo y no quiero estropear la misión por algo así.
Me incorporé para quedar a su altura y me mordisqueé el labio juguetonamente, notando su mirada fija sobre mí. No sabía a qué había venido el pequeño acercamiento de hacía un momento, pero me apetecía jugar con fuego y comprobar hasta dónde llegaba.
-Además, si lo hago mal tendrás que castigarme -ronroneé, prácticamente en su boca.
Pareció sorprenderse con mis palabras y me gustó verlo. Su reacción me hizo crecerme y seguí pinchándole, ansiosa de ver qué haría a continuación. Acercarme a él era peligroso; hablar, lo más extraño que pudiese imaginar; luchar, divertido y excitante. Cualquiera de las posibilidades me gustaba, ¿por qué no arriesgarme?
-Aunque ya sabes que primero tendrías que conseguir atraparme y dominarme –sonreí y me aparté un poco-. ¿Crees que podrías hacerlo de nuevo?
Me encantaban los retos.
Sin dejar de sostenerle la mirada me relamí con suavidad, buscando en mis labios el rastro de su sabor.
-Es un árbol. Le apliqué varias hierbas para intentar averiguar a que se debía esa reacción y podría asegurar que es un árbol, aunque no puedo decirte nada más. Necesitamos algún otro dato.
Me recosté en el futón, cerca suyo para poder seguir hablando. Aquel ritmo tan tranquilo que habían adoptado nuestras vidas conseguía que me pasase días enteros soñolienta.
-Antes de que ocurra algún desastre, tenemos que aclarar un par de cosas –empecé, extendiendo la mano distraídamente y jugueteando con los pliegues de su ropa-. No me pidas que te sirva el té ni que cumpla mi papel de esposa en cosas parecidas. Reconozco que en ese sentido estoy completamente perdida, no sé nada de este mundo y no quiero estropear la misión por algo así.
Me incorporé para quedar a su altura y me mordisqueé el labio juguetonamente, notando su mirada fija sobre mí. No sabía a qué había venido el pequeño acercamiento de hacía un momento, pero me apetecía jugar con fuego y comprobar hasta dónde llegaba.
-Además, si lo hago mal tendrás que castigarme -ronroneé, prácticamente en su boca.
Pareció sorprenderse con mis palabras y me gustó verlo. Su reacción me hizo crecerme y seguí pinchándole, ansiosa de ver qué haría a continuación. Acercarme a él era peligroso; hablar, lo más extraño que pudiese imaginar; luchar, divertido y excitante. Cualquiera de las posibilidades me gustaba, ¿por qué no arriesgarme?
-Aunque ya sabes que primero tendrías que conseguir atraparme y dominarme –sonreí y me aparté un poco-. ¿Crees que podrías hacerlo de nuevo?
Me encantaban los retos.
Indicios 4
SHINICHI
Los criados habilitaron una de las habitaciones para que Natsuki pudiese hacerle una primera cura. Yo, a pesar de la insistencia de las dos mujeres en que aquello iba a ser un espectáculo aburrido para un hombre, las seguí alegando que no me sentiría tranquilo hasta ver a nuestra prima recuperada.
En el centro de la sala había colocada una pequeña mesa sobre la que habían extendido toallas húmedas que desprendían un ligero olor a rosas. Además de aquello, unas doncellas apariecieron al momento cargadas con bandejitas llenas de hierbas, cuencos, pequeños instrumentos afilados y un sinfín de cosas que yo, personalmente, no tenía ni idea de para qué podrían servir.
Cuando se retiraron tras dejar las bandejas, Natsuki comenzó su labor.
Al principio la miré con desconfianza. Tomaba pequeños puñaditos de diferentes hierbas y los echaba al recipiente de madera. Parecía que lo hacía de manera automática. Sus manos se movían por la mesa como si estuviesen bailando, cogiendo un pellizco de aquí y allá para luego machacarlos juntos hasta lograr una pasta espesa que fue diluyendo con agua.
A mi, el hecho de que supiera tan bien qué elementos mezclar solo me escamaba más. Al fin y al cabo, Natsuki, como yo, era una asesina. Y guardaba cierto resentimiento hacia Kyoko...
No obstante, el destino, o quizá Natsuki, fue benévolo y la pobre Kyoko pareció notar mejoría en sus dedos hinchados. Después de aquello me ofrecí a acompañarla a su habitación, donde le deseé una pronta recuperación antes de poner rumbo a la mía. Al deslizar la puerta corredera me encontré una mirada muy poco amistosa por parte de Natsuki.
-No frunzas tanto el ceño. Con ese kimono que llevas me recuerdas más a una niña pequeña que a la mujer adulta que deberías ser.
Su gesto de incredulidad me dio la ventaja que necesitaba para poder sentarme frente a ella y taparle la boca con la mano antes de que pudiera responderme. Por un momento pensé que quizá me mordería.
-Calla y escucha, se me ha ocurrido una idea brillante. Espero que hayas tocado sus dedos lo suficiente como para que salga bien.
Hacía tanto tiempo que no me sumergía en mi interior que un escalofrío recorrió mi espalda cuando rompí con ganas el primer sello que desataba el Ichigen. Una parte de mi ser gritaba eufórica ante la sensación estimulante del poder que se expandía con todos sus hilos por mi organismo. Cuando volví a tener aquella extraña sensación sobre la mejilla estuve listo.
-Puede que ahora notes un cosquilleo. Voy a usar una pequeña parte de mi conciencia para comprobar si, con el roce, alguno de los elementos de lo que haya tocado y le haya provocado esa reacción alérgica se encuentra todavía en tu piel.
Con mi mano aún sobre su boca exploré su epidermis, centrándome en ambas manos, muñecas y brazos hasta el codo por si acaso. Examiné a conciencia cada nueva sustancia ajena a la composición normal de un ser humano, cualquier agente externo, pero apenas pude recabar información. Los restos que habían pasado a Natsuki lo único que me decían era que se trataba de una planta. Al cabo de un rato, la chica me preguntó, susurrando sobre mi mano con suavidad para no desconcentrarme. Como ya había terminado, abrí los ojos y clavé la vista en ella.
-No mucho -Contesté con resignación-. Lo único que he localizado son componentes orgánicos que encontrarías en... ¿aproximadamente todas las plantas del planeta? Sí, algo así. Lo máximo que sabemos es que es una planta.
Con cuidado retiré la mano de su boca. Antes de devolverla a mi regazo, uno de mis dedos se rezagó en sus labios. Delineó el centro de su boca, de arriba a abajo, y después se dejó caer cansado sobre mi cuerpo.
Los criados habilitaron una de las habitaciones para que Natsuki pudiese hacerle una primera cura. Yo, a pesar de la insistencia de las dos mujeres en que aquello iba a ser un espectáculo aburrido para un hombre, las seguí alegando que no me sentiría tranquilo hasta ver a nuestra prima recuperada.
En el centro de la sala había colocada una pequeña mesa sobre la que habían extendido toallas húmedas que desprendían un ligero olor a rosas. Además de aquello, unas doncellas apariecieron al momento cargadas con bandejitas llenas de hierbas, cuencos, pequeños instrumentos afilados y un sinfín de cosas que yo, personalmente, no tenía ni idea de para qué podrían servir.
Cuando se retiraron tras dejar las bandejas, Natsuki comenzó su labor.
Al principio la miré con desconfianza. Tomaba pequeños puñaditos de diferentes hierbas y los echaba al recipiente de madera. Parecía que lo hacía de manera automática. Sus manos se movían por la mesa como si estuviesen bailando, cogiendo un pellizco de aquí y allá para luego machacarlos juntos hasta lograr una pasta espesa que fue diluyendo con agua.
A mi, el hecho de que supiera tan bien qué elementos mezclar solo me escamaba más. Al fin y al cabo, Natsuki, como yo, era una asesina. Y guardaba cierto resentimiento hacia Kyoko...
No obstante, el destino, o quizá Natsuki, fue benévolo y la pobre Kyoko pareció notar mejoría en sus dedos hinchados. Después de aquello me ofrecí a acompañarla a su habitación, donde le deseé una pronta recuperación antes de poner rumbo a la mía. Al deslizar la puerta corredera me encontré una mirada muy poco amistosa por parte de Natsuki.
-No frunzas tanto el ceño. Con ese kimono que llevas me recuerdas más a una niña pequeña que a la mujer adulta que deberías ser.
Su gesto de incredulidad me dio la ventaja que necesitaba para poder sentarme frente a ella y taparle la boca con la mano antes de que pudiera responderme. Por un momento pensé que quizá me mordería.
-Calla y escucha, se me ha ocurrido una idea brillante. Espero que hayas tocado sus dedos lo suficiente como para que salga bien.
Hacía tanto tiempo que no me sumergía en mi interior que un escalofrío recorrió mi espalda cuando rompí con ganas el primer sello que desataba el Ichigen. Una parte de mi ser gritaba eufórica ante la sensación estimulante del poder que se expandía con todos sus hilos por mi organismo. Cuando volví a tener aquella extraña sensación sobre la mejilla estuve listo.
-Puede que ahora notes un cosquilleo. Voy a usar una pequeña parte de mi conciencia para comprobar si, con el roce, alguno de los elementos de lo que haya tocado y le haya provocado esa reacción alérgica se encuentra todavía en tu piel.
Con mi mano aún sobre su boca exploré su epidermis, centrándome en ambas manos, muñecas y brazos hasta el codo por si acaso. Examiné a conciencia cada nueva sustancia ajena a la composición normal de un ser humano, cualquier agente externo, pero apenas pude recabar información. Los restos que habían pasado a Natsuki lo único que me decían era que se trataba de una planta. Al cabo de un rato, la chica me preguntó, susurrando sobre mi mano con suavidad para no desconcentrarme. Como ya había terminado, abrí los ojos y clavé la vista en ella.
-No mucho -Contesté con resignación-. Lo único que he localizado son componentes orgánicos que encontrarías en... ¿aproximadamente todas las plantas del planeta? Sí, algo así. Lo máximo que sabemos es que es una planta.
Con cuidado retiré la mano de su boca. Antes de devolverla a mi regazo, uno de mis dedos se rezagó en sus labios. Delineó el centro de su boca, de arriba a abajo, y después se dejó caer cansado sobre mi cuerpo.
Indicios 3
NATSUKI
Tuve que hacer un esfuerzo impresionante para controlarme y que mi rostro no mostrase una expresión desencajada. ¿Se había vuelto loco? Yo no tenía ni idea de cómo funcionaba todo eso de servir el té, nunca en mi vida lo había probado antes de entrar en esa casa.
Kyoko había actuado con movimientos lentos y había hecho muchas cosas a las que yo apenas había prestado atención. ¿Bastaría con echar el líquido en el tazón y dárselo? Más me valía que así fuese.
Al adelantarme para coger los utensilios, le lancé una mirada cargada de odio y reproche a Shinichi, que todavía sostenía con una delicadeza nada propia de él, las manos de nuestra prima. Algo en mi interior se revolvió y de nuevo quise gritar ¡Mío!, al fin y al cabo era yo la que servía el té, pero también lo agradecí, si él la mantenía entretenida tal vez no se diese cuenta del engaño.
Con mucha parsimonia serví el líquido en tazones nacarados y se lo ofrecí primero a mi marido, después a mi prima. Ella se deshizo del apretó de Shinichi y tomó el tazón de mis manos. Nuestros dedos se rozaron y yo que mantenía la mirada baja para simular timidez, pude ver la hinchazón de sus yemas.
-Querida prima –murmuré con suavidad-, ¿qué ha ocurrido para que tus manos tengan ese aspecto?
Ella se las miró como si fuese la primera vez que las veía y su rostro se llenó de sorpresa al ver el aspecto que tenían. ¿Cómo podía no haberse dado cuenta de algo así?
-No... no lo sé –respondió ella, vacilante-. La verdad es que me pican un poco pero... No estoy segura...
Parecía preocupada y dijo de llamar a un médico para borrar ese horrible daño de su piel. Sin embargo, yo no podía permitirlo, si algún medicucho trataba esas manos nunca sabríamos qué le había ocurrido. Podía no ser nada, pero el hecho de que no se hubiese dado cuenta de ello me llamó la atención lo suficiente como para indagar en ello. Lo peor que podía pasar era que tuviese algo que hacer durante un par de días.
-Kyoko-san, permíteme encargarme a mí –ambos se volvieron hacia mí con incredulidad-. Él doctor tardará en llegar desde el pueblo y yo sé algo de hierbas, puedo intentar aliviarte el escozor y devolverles su hermosa apariencia a tus manos. No querría que tu delicada piel sufriese ningún daño.
Tuve que hacer un esfuerzo impresionante para controlarme y que mi rostro no mostrase una expresión desencajada. ¿Se había vuelto loco? Yo no tenía ni idea de cómo funcionaba todo eso de servir el té, nunca en mi vida lo había probado antes de entrar en esa casa.
Kyoko había actuado con movimientos lentos y había hecho muchas cosas a las que yo apenas había prestado atención. ¿Bastaría con echar el líquido en el tazón y dárselo? Más me valía que así fuese.
Al adelantarme para coger los utensilios, le lancé una mirada cargada de odio y reproche a Shinichi, que todavía sostenía con una delicadeza nada propia de él, las manos de nuestra prima. Algo en mi interior se revolvió y de nuevo quise gritar ¡Mío!, al fin y al cabo era yo la que servía el té, pero también lo agradecí, si él la mantenía entretenida tal vez no se diese cuenta del engaño.
Con mucha parsimonia serví el líquido en tazones nacarados y se lo ofrecí primero a mi marido, después a mi prima. Ella se deshizo del apretó de Shinichi y tomó el tazón de mis manos. Nuestros dedos se rozaron y yo que mantenía la mirada baja para simular timidez, pude ver la hinchazón de sus yemas.
-Querida prima –murmuré con suavidad-, ¿qué ha ocurrido para que tus manos tengan ese aspecto?
Ella se las miró como si fuese la primera vez que las veía y su rostro se llenó de sorpresa al ver el aspecto que tenían. ¿Cómo podía no haberse dado cuenta de algo así?
-No... no lo sé –respondió ella, vacilante-. La verdad es que me pican un poco pero... No estoy segura...
Parecía preocupada y dijo de llamar a un médico para borrar ese horrible daño de su piel. Sin embargo, yo no podía permitirlo, si algún medicucho trataba esas manos nunca sabríamos qué le había ocurrido. Podía no ser nada, pero el hecho de que no se hubiese dado cuenta de ello me llamó la atención lo suficiente como para indagar en ello. Lo peor que podía pasar era que tuviese algo que hacer durante un par de días.
-Kyoko-san, permíteme encargarme a mí –ambos se volvieron hacia mí con incredulidad-. Él doctor tardará en llegar desde el pueblo y yo sé algo de hierbas, puedo intentar aliviarte el escozor y devolverles su hermosa apariencia a tus manos. No querría que tu delicada piel sufriese ningún daño.
17 junio 2009
Indicios 2
SHINICHI
Durante la semana siguiente a lo ocurrido aquella noche Natsuki y yo apenas nos dirigimos la palabra. Nuestros intercambios verbales se redujeron a breves y escuetos diálogos en los que únicamente transmitíamos aquello que nos parecía relevante para la misión. La convivencia, al contrario de lo que pensaba, dejó de ser una dura cuesta arriba en cuanto llegamos a un acuerdo sin palabras en el que cada cual se limitaba a estar ahí sin molestar al otro.
Cierta tarde, nos encontrábamos los tres sobre el tatami exterior de la casa sin nada mejor que hacer que contemplar el jardín mientras esperábamos al criado que nos serviría el té. Era un día oscuro y gris, y una ligera llovizna caía sobre el cuidado césped. Aún así, el ambiente era agradable.
Las dos mujeres descansaban sobre sus rodillas en silencio, cada una abstraída en su propia realidad. Natsuki parecía aburrida. Al principio a ambos nos había sorprendido su invitación, sabedores de su tendencia a no salir demasiado de su habitación. El brillo que antes había relampagueado en los ojos de mi compañera parecía haberse extinguido, como si aquella pequeña estrella fugaz que había centelleado en su mirada hubiera exhalado su último aliento. Después de todo, aparte de los habituales saludos de cortesía, Kyoko se había limitado a observar el jardín con gesto ausente.
Un par de criadas se acercaron entonces con la bandeja sobre la que descansaba el té.
-Podeis retiraros -Musitó nuestra anfitriona una vez que las mujeres lo dejaron todo dispueso-. Yo misma lo serviré.
Más por aburrimiento que por otra cosa mi mirada se fue a posar sobre ella. Manejaba los instrumentos con suavidad y una calma infinita. Con sus gestos pretendía transmitir humildad y belleza, y lo hacía con bastante naturalidad. Por un momento me quedé embelesado, atrapado en el pequeño espacio sobre el que se desplazaban sus manos. Nunca antes había asistido a una ceremonia del té, así que todo lo que hacía llamaba mi atención.
Sin embargo, mi fascinación terminó al percatarme de un pequeño detalle.
-¿Me permites, prima?
Sin esperar respuesta por su parte, tomé una de sus manos como si se la fuese a leer. Eché un breve vistazo sólo para confirmar que mis ojos no me hubiesen jugado una mala pasada. Sus yemas estaban coloreadas de un tono rojizo. Si hubiese sido una sola ni me habría molestado, pero las cinco puntas de sus dedos presentaban el mismo aspecto. Y me apostaría lo que fuera a que las de la otra mano estaban igual.
Un montón de teorías se abrieron paso en mi cabeza, pero la que me pareció más razonable fue la de que aquello quizá fuese una reacción alérgica. La cuestión era... ¿A qué?
La única forma de averiguarlo sería preguntarselo directamente, pero estaba claro que ella no contestaría a algo tan personal de buenas a primeras. Primero habría que ganarse su confianza.
-Kyoko-san -Aproveché para envolver suavemente su mano con la que me quedaba libre y, haciendo un esfuerzo por recordar los sufijos de cortesía y sonar ceremonioso y afable, continué con mi puesta en escena-, no deberías haberte tomado la molestia de prepararme el té. Eso forma parte de las tareas de la esposa.
Alcé la mirada en busca de Natsuki. Moldeé mi voz de tal forma que sonara firme y menos melosa.
-Tengo sed, esposa mía. Sírveme el té.
Si hubiera podido expresarse con libertad seguro que sus palabras habrían sido "¡Y una porra!"
Fui capaz de mantener el gesto sereno mientras alejaba ese pensamiento de mi mente. En una situación así, romper a reír no entraba dentro de mis posibilidades.
Durante la semana siguiente a lo ocurrido aquella noche Natsuki y yo apenas nos dirigimos la palabra. Nuestros intercambios verbales se redujeron a breves y escuetos diálogos en los que únicamente transmitíamos aquello que nos parecía relevante para la misión. La convivencia, al contrario de lo que pensaba, dejó de ser una dura cuesta arriba en cuanto llegamos a un acuerdo sin palabras en el que cada cual se limitaba a estar ahí sin molestar al otro.
Cierta tarde, nos encontrábamos los tres sobre el tatami exterior de la casa sin nada mejor que hacer que contemplar el jardín mientras esperábamos al criado que nos serviría el té. Era un día oscuro y gris, y una ligera llovizna caía sobre el cuidado césped. Aún así, el ambiente era agradable.
Las dos mujeres descansaban sobre sus rodillas en silencio, cada una abstraída en su propia realidad. Natsuki parecía aburrida. Al principio a ambos nos había sorprendido su invitación, sabedores de su tendencia a no salir demasiado de su habitación. El brillo que antes había relampagueado en los ojos de mi compañera parecía haberse extinguido, como si aquella pequeña estrella fugaz que había centelleado en su mirada hubiera exhalado su último aliento. Después de todo, aparte de los habituales saludos de cortesía, Kyoko se había limitado a observar el jardín con gesto ausente.
Un par de criadas se acercaron entonces con la bandeja sobre la que descansaba el té.
-Podeis retiraros -Musitó nuestra anfitriona una vez que las mujeres lo dejaron todo dispueso-. Yo misma lo serviré.
Más por aburrimiento que por otra cosa mi mirada se fue a posar sobre ella. Manejaba los instrumentos con suavidad y una calma infinita. Con sus gestos pretendía transmitir humildad y belleza, y lo hacía con bastante naturalidad. Por un momento me quedé embelesado, atrapado en el pequeño espacio sobre el que se desplazaban sus manos. Nunca antes había asistido a una ceremonia del té, así que todo lo que hacía llamaba mi atención.
Sin embargo, mi fascinación terminó al percatarme de un pequeño detalle.
-¿Me permites, prima?
Sin esperar respuesta por su parte, tomé una de sus manos como si se la fuese a leer. Eché un breve vistazo sólo para confirmar que mis ojos no me hubiesen jugado una mala pasada. Sus yemas estaban coloreadas de un tono rojizo. Si hubiese sido una sola ni me habría molestado, pero las cinco puntas de sus dedos presentaban el mismo aspecto. Y me apostaría lo que fuera a que las de la otra mano estaban igual.
Un montón de teorías se abrieron paso en mi cabeza, pero la que me pareció más razonable fue la de que aquello quizá fuese una reacción alérgica. La cuestión era... ¿A qué?
La única forma de averiguarlo sería preguntarselo directamente, pero estaba claro que ella no contestaría a algo tan personal de buenas a primeras. Primero habría que ganarse su confianza.
-Kyoko-san -Aproveché para envolver suavemente su mano con la que me quedaba libre y, haciendo un esfuerzo por recordar los sufijos de cortesía y sonar ceremonioso y afable, continué con mi puesta en escena-, no deberías haberte tomado la molestia de prepararme el té. Eso forma parte de las tareas de la esposa.
Alcé la mirada en busca de Natsuki. Moldeé mi voz de tal forma que sonara firme y menos melosa.
-Tengo sed, esposa mía. Sírveme el té.
Si hubiera podido expresarse con libertad seguro que sus palabras habrían sido "¡Y una porra!"
Fui capaz de mantener el gesto sereno mientras alejaba ese pensamiento de mi mente. En una situación así, romper a reír no entraba dentro de mis posibilidades.
Indicios 1
NATSUKI
Pasaron un par de días y nada interesante ocurrió. Kyoko, nuestra prima en funciones, parecía haberse olvidado por completo de lo ocurrido la otra noche en el jardín y ninguno de nosotros quiso remover el tema. Hasta yo logré controlarme y supe ser diplomática en todo momento, cumpliendo mi papel. Fueron unos días muy aburridos.
La relación entre Shinichi y yo se relajó, dejamos de intentar matarnos por cualquier tontería y empezamos a convivir bajo una especie de pacto de mutuo reconocimiento. Reconocíamos la existencia del otro pero nos desentendíamos por completo, comportándonos como si el otro se hubiese vuelto invisible de la noche a la mañana.
No entendía muy bien lo que había pasado entre nosotros, nada al parecer, pero quería saber por qué me había tocado de aquella forma. ¿Acaso se había arrepentido en el último momento de lo que iba a hacer? ¿Era tan solo una forma más de torturarme? Y al pensar en ello no podía evitar preguntarme que ocurriría si Shinichi y yo volvíamos a pelear. Al parecer, cuanta mayor violencia había entre nosotros más nos acercábamos. ¿Y si terminábamos sacando las armas? ¿Nos mataríamos o tendríamos sexo desenfrenado? Cualquier cosa.
Por otro lado, Kyoko apenas salía de su habitación y nos era muy difícil encontrar excusas para visitarla con regularidad. Nos había acogido en su casa, sí, pero no quería saber nada de nosotros. Así parecía una misión imposible descubrir sus secretos y hallar la explicación a su extraño comportamiento. ¿Cómo pasaba una chica alegre y jovial a ser la fría y reservada anfitriona que nos habíamos encontrado?
Entonces, cuando yo ya pensaba que la estancia en aquella casa terminaría convertida en unas insufribles vacaciones de contemplación, Kyoko empezó a actuar raro, o al menos así nos lo pareció. Fueron necesarios algunos días para que nos diésemos cuenta de que de vez en cuando parecía olvidar cosas. Pequeños detalles, cosas sin importancia que no llamaban para nada la atención, pero era lo único que teníamos, así que decidimos tirar de ese hilo en busca de algo que nos descubriese el misterio.
Pasaron un par de días y nada interesante ocurrió. Kyoko, nuestra prima en funciones, parecía haberse olvidado por completo de lo ocurrido la otra noche en el jardín y ninguno de nosotros quiso remover el tema. Hasta yo logré controlarme y supe ser diplomática en todo momento, cumpliendo mi papel. Fueron unos días muy aburridos.
La relación entre Shinichi y yo se relajó, dejamos de intentar matarnos por cualquier tontería y empezamos a convivir bajo una especie de pacto de mutuo reconocimiento. Reconocíamos la existencia del otro pero nos desentendíamos por completo, comportándonos como si el otro se hubiese vuelto invisible de la noche a la mañana.
No entendía muy bien lo que había pasado entre nosotros, nada al parecer, pero quería saber por qué me había tocado de aquella forma. ¿Acaso se había arrepentido en el último momento de lo que iba a hacer? ¿Era tan solo una forma más de torturarme? Y al pensar en ello no podía evitar preguntarme que ocurriría si Shinichi y yo volvíamos a pelear. Al parecer, cuanta mayor violencia había entre nosotros más nos acercábamos. ¿Y si terminábamos sacando las armas? ¿Nos mataríamos o tendríamos sexo desenfrenado? Cualquier cosa.
Por otro lado, Kyoko apenas salía de su habitación y nos era muy difícil encontrar excusas para visitarla con regularidad. Nos había acogido en su casa, sí, pero no quería saber nada de nosotros. Así parecía una misión imposible descubrir sus secretos y hallar la explicación a su extraño comportamiento. ¿Cómo pasaba una chica alegre y jovial a ser la fría y reservada anfitriona que nos habíamos encontrado?
Entonces, cuando yo ya pensaba que la estancia en aquella casa terminaría convertida en unas insufribles vacaciones de contemplación, Kyoko empezó a actuar raro, o al menos así nos lo pareció. Fueron necesarios algunos días para que nos diésemos cuenta de que de vez en cuando parecía olvidar cosas. Pequeños detalles, cosas sin importancia que no llamaban para nada la atención, pero era lo único que teníamos, así que decidimos tirar de ese hilo en busca de algo que nos descubriese el misterio.
¿Incompatibles? 11
SHINICHI
Empujé mi cuerpo contra el suyo y rodamos hasta un extremo del colchón. Su risa martilleaba en mis oídos mientras me colocaba sobre su estómago y extendía la parte superior de su cuerpo por el tatami. Parecía que mis brazos y piernas se movieran por voluntad propia, presionando en sus muñecas y en su cadera con una fuerza que solía emplear en otro tipo de batallas.
-Se me ha ocurrido una idea -Anuncié jadeante. Me estaba costando mantenerla contra el suelo y el colchón a la vez. Ella intentaba escurrirse y yo intentaba no pasarme demasiado de la raya-, y creo que va a contentar a todas esas facetas tuyas al mismo tiempo.
Solté una de sus muñecas y permanecí inmóvil en la misma posición. Mi brazo seguía en su sitio, preparado por si su reacción no era la que esperaba. Sin embargo, la curiosidad terminó por vencerla y no hizo ningun movimiento extraño ahora que estaba libre.
Con lentitud, y ocultándolo parcialmente con parte de mi cuerpo, retiré el brazo y lo desplacé hasta el lugar donde la tela de mi pantalón tocaba parte de su piel.
La palma de mi mano rodeó su pierna por el borde exterior y se fue deslizando hacia arriba hasta donde alcanzó la longitud de mi brazo. Solté su otra muñeca y sin ningún tipo de tapujos me impulsé más cerca de ella con las rodillas. Ambas manos continuaron su recorrido, frotando su piel de tal manera que mi tacto permaneciera en ella aún después de parar, como una marca.
Mis dedos se deslizaron por el borde entre su estómago y su espalda, arrancándole suaves risitas y haciendo que pegase pequeños brincos involuntarios contra mi cuerpo.
Después de unos minutos en los que su risa había vuelto a inundar mis oídos, mis manos volvieron a afianzarse sobre su piel. Me incliné suavemente sobre ella para permitirme llegar a la meta. Mis manos dejaron atrás el estómago y continuaron ascenciendo. El contorno de su figura se ensanchó al llegar a determinada altura. Dos círculos, situados uno a cada lado, me dieron la bienvenida. No pude hacer otra cosa que agasajarlos de la mejor manera que supe.
Al cabo de un rato la visión se me había nublado. No podía distinguir el gesto de Natsuki, y creo que tampoco prestaba atención a sus palabras. Lo que pasó a continuación fue bastante confuso. Tan solo recordaba haberme metido en el futón, lo más alejado posible de ella, gruñendo y murmurando entre dientes. La enorme colcha me estaba haciendo sudar como un pollo y el dolor que sentía en cierta parte de mi cuerpo tardó un rato en desaparecer. Después Morfeo se apiadó de mí y me acogió en sus brazos.
Empujé mi cuerpo contra el suyo y rodamos hasta un extremo del colchón. Su risa martilleaba en mis oídos mientras me colocaba sobre su estómago y extendía la parte superior de su cuerpo por el tatami. Parecía que mis brazos y piernas se movieran por voluntad propia, presionando en sus muñecas y en su cadera con una fuerza que solía emplear en otro tipo de batallas.
-Se me ha ocurrido una idea -Anuncié jadeante. Me estaba costando mantenerla contra el suelo y el colchón a la vez. Ella intentaba escurrirse y yo intentaba no pasarme demasiado de la raya-, y creo que va a contentar a todas esas facetas tuyas al mismo tiempo.
Solté una de sus muñecas y permanecí inmóvil en la misma posición. Mi brazo seguía en su sitio, preparado por si su reacción no era la que esperaba. Sin embargo, la curiosidad terminó por vencerla y no hizo ningun movimiento extraño ahora que estaba libre.
Con lentitud, y ocultándolo parcialmente con parte de mi cuerpo, retiré el brazo y lo desplacé hasta el lugar donde la tela de mi pantalón tocaba parte de su piel.
La palma de mi mano rodeó su pierna por el borde exterior y se fue deslizando hacia arriba hasta donde alcanzó la longitud de mi brazo. Solté su otra muñeca y sin ningún tipo de tapujos me impulsé más cerca de ella con las rodillas. Ambas manos continuaron su recorrido, frotando su piel de tal manera que mi tacto permaneciera en ella aún después de parar, como una marca.
Mis dedos se deslizaron por el borde entre su estómago y su espalda, arrancándole suaves risitas y haciendo que pegase pequeños brincos involuntarios contra mi cuerpo.
Después de unos minutos en los que su risa había vuelto a inundar mis oídos, mis manos volvieron a afianzarse sobre su piel. Me incliné suavemente sobre ella para permitirme llegar a la meta. Mis manos dejaron atrás el estómago y continuaron ascenciendo. El contorno de su figura se ensanchó al llegar a determinada altura. Dos círculos, situados uno a cada lado, me dieron la bienvenida. No pude hacer otra cosa que agasajarlos de la mejor manera que supe.
Al cabo de un rato la visión se me había nublado. No podía distinguir el gesto de Natsuki, y creo que tampoco prestaba atención a sus palabras. Lo que pasó a continuación fue bastante confuso. Tan solo recordaba haberme metido en el futón, lo más alejado posible de ella, gruñendo y murmurando entre dientes. La enorme colcha me estaba haciendo sudar como un pollo y el dolor que sentía en cierta parte de mi cuerpo tardó un rato en desaparecer. Después Morfeo se apiadó de mí y me acogió en sus brazos.
¿Incompatibles? 10
NATSUKI
El ansia asesina volvió a crecer cuando me arrebató mi preciado puñal de entre las manos. Hay que reconocer que aquel chico era inigualable en ese sentido.
No sabía cómo actuar con él, hacía un segundo parecía comportarse como una persona normal y de pronto... ¡zas! El lado oscuro de Shinichi Sanagawa salía de nuevo a la luz. Ese lado que tan solo parecía existir cuando estaba yo por medio, ese lado que me enfurecía y nos llevaba a terminar comportándonos como niños de preescolar. Todo se reducía a eso, el niño malo me había quitado mi juguete.
-Devuélvemelo –ordené frunciendo el ceño.
¿O qué? Pinchó una vocecita revoltosa en mi cerebro. ¿Se lo dirás a la seño?
Me adelanté un paso y él retrocedió, manteniendo la distancia. Volví a avanzar y tuvo que subirse sobre el futón para no tropezar.
-¿Tienes alguna queja de mí como esposa? Bien, entonces intenta castigarme –reté con voz afilada.
Me adelanté de nuevo, pero esta vez él se mantuvo inmóvil, aceptando mi desafío, retándome a su vez a seguir avanzando.
-Con eso no voy a matar a nadie, los tengo más grandes para cuando quiero hacer pupa de verdad, así que dámelo –exigí una vez más.
Shinichi tenía una sonrisa traviesa cuando sacó el puñal y jugó un instante con él antes de volver a esconderlo.
-Verás –empecé, articulando las palabras muy lentamente mientras calculaba la distancia que nos separaba-, soy una chica muy polifacética. Ayer me tachabas de perra en celo, hoy me has visto defender mi territorio como una loba furiosa.... ¡Pero también puedo ser una monita juguetona!
Con un fuerte impulso salté sobre él y caímos ambos sobre el duro colchón. Un leve quejido se escapó de sus labios cuando aterricé sobre él, pero enseguida se recuperó y empezamos a forcejear. Yo no podía contener la risa. Movía las manos a la desesperada, más preocupada por encontrar mi arma que por vencerle en una pelea de niños.
Rodamos y terminé encima suyo. Intenté atraparle igual que lo había hecho en nuestro primer encuentro pero él no tuvo problemas para prever mis movimientos y quedé atrapada en sus garras.
Me reía como una loca, sintiéndome llena de vida y habiendo olvidado por completo todo lo que me agobiaba momentos antes.
El ansia asesina volvió a crecer cuando me arrebató mi preciado puñal de entre las manos. Hay que reconocer que aquel chico era inigualable en ese sentido.
No sabía cómo actuar con él, hacía un segundo parecía comportarse como una persona normal y de pronto... ¡zas! El lado oscuro de Shinichi Sanagawa salía de nuevo a la luz. Ese lado que tan solo parecía existir cuando estaba yo por medio, ese lado que me enfurecía y nos llevaba a terminar comportándonos como niños de preescolar. Todo se reducía a eso, el niño malo me había quitado mi juguete.
-Devuélvemelo –ordené frunciendo el ceño.
¿O qué? Pinchó una vocecita revoltosa en mi cerebro. ¿Se lo dirás a la seño?
Me adelanté un paso y él retrocedió, manteniendo la distancia. Volví a avanzar y tuvo que subirse sobre el futón para no tropezar.
-¿Tienes alguna queja de mí como esposa? Bien, entonces intenta castigarme –reté con voz afilada.
Me adelanté de nuevo, pero esta vez él se mantuvo inmóvil, aceptando mi desafío, retándome a su vez a seguir avanzando.
-Con eso no voy a matar a nadie, los tengo más grandes para cuando quiero hacer pupa de verdad, así que dámelo –exigí una vez más.
Shinichi tenía una sonrisa traviesa cuando sacó el puñal y jugó un instante con él antes de volver a esconderlo.
-Verás –empecé, articulando las palabras muy lentamente mientras calculaba la distancia que nos separaba-, soy una chica muy polifacética. Ayer me tachabas de perra en celo, hoy me has visto defender mi territorio como una loba furiosa.... ¡Pero también puedo ser una monita juguetona!
Con un fuerte impulso salté sobre él y caímos ambos sobre el duro colchón. Un leve quejido se escapó de sus labios cuando aterricé sobre él, pero enseguida se recuperó y empezamos a forcejear. Yo no podía contener la risa. Movía las manos a la desesperada, más preocupada por encontrar mi arma que por vencerle en una pelea de niños.
Rodamos y terminé encima suyo. Intenté atraparle igual que lo había hecho en nuestro primer encuentro pero él no tuvo problemas para prever mis movimientos y quedé atrapada en sus garras.
Me reía como una loca, sintiéndome llena de vida y habiendo olvidado por completo todo lo que me agobiaba momentos antes.
16 junio 2009
¿Incompatibles? 9
SHINICHI
Me dejé arrastrar por Natsuki hacia la habitación sin oponer la más mínima resistencia. La verdad es que no acababa de entender que lo pagará conmigo, estaba claro que yo había sido la víctima. Aún así aguanté estoicamente su pequeña reprimenda.
Llegamos a la habitación sin demasiados problemas, o al menos esa impresión me dio. Los pasillos parecían todos iguales, y el camino hasta allí estuvo amenizado por el sermón de Natsuki.
Casi me sentí aliviado al ver el confortable futón blanco sobre el tatami. Dormir era la única acción que quería llevar a la práctica en aquellos momentos. Me daba igual si tenía que hacerlo sobre el suelo, aunque, sinceramente, esperaba no verme obligado a tales extremos. Lo mejor que podía hacer para evitarlo era asegurarme una victoria rápida.
-Culpa mía -Admití suavemente dirigiendo mi mirada hacia sus ojos-. La situación se me fue de las manos.
La expresión de su cara no tuvo precio. Contrajo las pupilas como si le hubiese enfocado a los ojos con una lámpara encendida. Supuse que seguiría pensando que yo era un prepotente engreído.
-Es cierto que por norma general no suelo cometer errores -Continué-, pero cuando me equivoco no me cuesta reconocerlo.
Reprimí las ganas de sonreir ante la expresión tan rara que estaba poniendo. Mezcla se sorpresa y algo más que no supe descifrar.
Su mano seguía enganchada a mi brazo, ambos frente a frente. Adelanté el brazo contrario y deshice la presa, aunque me costó. Hasta ese momento no me había dado cuenta, pero la chica me había aferrado tan fuerte que sus uñas me habían marcado la piel.
Fruncí el ceño. Esta vez el sorprendido era yo. Aquellas marcas rojizas formaban un pequeño semicirculo. Ahora empezaba a escocer un poquito...
Natsuki abrió la boca para decir algo, pero justo en aquel instante recordé la amenaza que me había soltado en el jardín y no me lo pensé dos veces. Empujé sus brazos y aproveché para darle un repaso de arriba a abajo con la mirada.
En cuanto lo detecté, mis manos volaron hacia allí. Se deslizaron por una de sus piernas hasta dar con el dichoso puñal. En un abrir y cerrar de ojos lo sujeté frente a ella y, antes de que su manotazo me lo arrebatara, lo alcé hasta dejarlo fuera de su alcance.
¿Se pondría a dar saltitos para recuperarlo? Ese pensamiento terminó por romper el control sobre la sonrisa que reprimía.
-Lo sabía -Afirmé con un fingido tono de reproche- ¿Y tú eras la que hace un rato me exiguía que me comportase como el perfecto marido? Si quieres puedo empezar ahora. Me pregunto cuál será el castigo más apropiado para una esposa desobediente...
Me separé un pasito hacia atrás sin dejar de mirarla fijamente.
-De momento esto me lo voy a quedar yo.
¿Le importaría mucho que le hubiera quitado aquel cuchillo? ¿Tendría alguno más escondido que había pasado por alto? ¿Estaría dispuesta a usarlo contra mí?
Con Natsuki nunca sabía a qué atenerme.
Me dejé arrastrar por Natsuki hacia la habitación sin oponer la más mínima resistencia. La verdad es que no acababa de entender que lo pagará conmigo, estaba claro que yo había sido la víctima. Aún así aguanté estoicamente su pequeña reprimenda.
Llegamos a la habitación sin demasiados problemas, o al menos esa impresión me dio. Los pasillos parecían todos iguales, y el camino hasta allí estuvo amenizado por el sermón de Natsuki.
Casi me sentí aliviado al ver el confortable futón blanco sobre el tatami. Dormir era la única acción que quería llevar a la práctica en aquellos momentos. Me daba igual si tenía que hacerlo sobre el suelo, aunque, sinceramente, esperaba no verme obligado a tales extremos. Lo mejor que podía hacer para evitarlo era asegurarme una victoria rápida.
-Culpa mía -Admití suavemente dirigiendo mi mirada hacia sus ojos-. La situación se me fue de las manos.
La expresión de su cara no tuvo precio. Contrajo las pupilas como si le hubiese enfocado a los ojos con una lámpara encendida. Supuse que seguiría pensando que yo era un prepotente engreído.
-Es cierto que por norma general no suelo cometer errores -Continué-, pero cuando me equivoco no me cuesta reconocerlo.
Reprimí las ganas de sonreir ante la expresión tan rara que estaba poniendo. Mezcla se sorpresa y algo más que no supe descifrar.
Su mano seguía enganchada a mi brazo, ambos frente a frente. Adelanté el brazo contrario y deshice la presa, aunque me costó. Hasta ese momento no me había dado cuenta, pero la chica me había aferrado tan fuerte que sus uñas me habían marcado la piel.
Fruncí el ceño. Esta vez el sorprendido era yo. Aquellas marcas rojizas formaban un pequeño semicirculo. Ahora empezaba a escocer un poquito...
Natsuki abrió la boca para decir algo, pero justo en aquel instante recordé la amenaza que me había soltado en el jardín y no me lo pensé dos veces. Empujé sus brazos y aproveché para darle un repaso de arriba a abajo con la mirada.
En cuanto lo detecté, mis manos volaron hacia allí. Se deslizaron por una de sus piernas hasta dar con el dichoso puñal. En un abrir y cerrar de ojos lo sujeté frente a ella y, antes de que su manotazo me lo arrebatara, lo alcé hasta dejarlo fuera de su alcance.
¿Se pondría a dar saltitos para recuperarlo? Ese pensamiento terminó por romper el control sobre la sonrisa que reprimía.
-Lo sabía -Afirmé con un fingido tono de reproche- ¿Y tú eras la que hace un rato me exiguía que me comportase como el perfecto marido? Si quieres puedo empezar ahora. Me pregunto cuál será el castigo más apropiado para una esposa desobediente...
Me separé un pasito hacia atrás sin dejar de mirarla fijamente.
-De momento esto me lo voy a quedar yo.
¿Le importaría mucho que le hubiera quitado aquel cuchillo? ¿Tendría alguno más escondido que había pasado por alto? ¿Estaría dispuesta a usarlo contra mí?
Con Natsuki nunca sabía a qué atenerme.
¿Incompatibles? 8
NATSUKI
Al cabo de un rato el calor empezó a agobiarme y salí del agua. Me sorprendió no ver a Shinichi en la habitación, aunque, con sinceridad, no habría sabido cómo reaccionar de haberlo encontrado esperándome pacientemente en la cama. Demasiado extraño incluso para aquel día.
Con reticencia, me puse la ligera yukata que habían preparado para mí, si iba a salir de la habitación lo mejor era guardar las apariencias. Cuando ya salía por la puerta, volví un momento atrás, me guardé el pequeño puñal que había llevado todo el día bajo el kimono y me puse en camino. No pretendía liarme a cuchilladas con nada ni nadie, en realidad aquella pequeña hoja no me sería muy útil si debí defenderme de alguna amenaza real, pero me daba seguridad, de alguna manera era un contacto con mi propia realidad, que me alejaba de aquel entorno hostil.
Vagué por los pasillos a la deriva. Antes nos habían mostrado las habitaciones importantes de la casa, pero yo apenas recordaba el camino a mi dormitorio.
No estaba investigando ni recabando ningún tipo de información, pero ni siquiera ante mí misma admitiría que andaba por no quedarme sola en la habitación.
Entonces noté una fría corriente de aire en el rostro y por la simple razón de dejar de vagar sin rumbo la seguí hasta una pequeña terracita. La mandíbula se me desencajó al ver la escena que se desarrollaba en el jardín. Nuestra anfitriona se había lanzado sobre mi marido, que estaba prácticamente sin camiseta entre sus manos y no parecía sufrir mucho.
No me lo pensé dos veces. En realidad no lo pensé ni un solo segundo, tan solo salté al jardín como un mono, dejando atrás cualquier recuerdo sobre cómo ser la esposa perfecta. Me movía la furia, la frustración y los celos, unos horribles celos que habían aparecido de la nada. ¿Por qué diantres tenía que tratarme a mí a patadas y dejarse meter mano por una desconocida que se suponía estaba loca?
-¡Prima! –grité, acercándome a ellos con paso decidido.
Ella se volvió como si la hubiesen pinchado y Shinichi se apartó con brusquedad, recolocándose la ropa. Su rostro reflejó... ¿qué? ¿Enfado? ¿Agradecimiento? Con este chico nunca se sabía.
-¿Ocurre algo? –preguntó ella con voz melosa.
Oh. Muy bien, si en algún momento había dudado sobre si cogerla del cuello, en aquel momento me quedó clarísimo. Iba a apretar con ganas.
-Me preocupé al ver que mi querido esposo no estaba en la habitación –respondí, con gesto igual de inocente y voz tierna y desvalida propia de una niña de cinco años-. Me alegra ver que está en buenas manos, pero es tarde y deberíamos retirarnos.
Mi interpretación se ganó una sonrisa que habría helado cualquier fuego.
-Estábamos discutiendo sobre la moda en la ciudad, ¿verdad, querido primo? –dijo, haciendo énfasis en las últimas palabras-. Me hablaba sobre el curioso conjunto que lleva, aunque imagino que tienes razón y es tarde para tratar estos temas. Seguiremos en otro momento.
La promesa que ocultaban sus palabras me hizo hervir la sangre y tan solo logré no saltar sobre ella porque Shinichi se acercó a mí por detrás. Me volví hacia él, dejando ver lo enfadada que estaba y sabiendo que con él si que podía liberar toda esa furia.
Esperé hasta escuchar los pasos de la mujer desaparecer en la casa y le di una patada en la espinilla sin llegar a hacerle daño de verdad.
-Tú, maldito prepotente –susurré conteniéndome-, si yo tengo que tragar y comportarme como una estúpida para cumplir la misión, lo mínimo que puedes hacer es ser un buen marido. MI marido.
Me aferré de él con fuerza, clavándole los dedos en el brazo y lo arrastré por el camino que acababa de seguir nuestra prima.
-Vámonos a la cama de una maldita vez y reza por que no me dé por vengarme de esa estúpida esta noche, todavía soy capaz de quitarle la tontería a golpes.
Al cabo de un rato el calor empezó a agobiarme y salí del agua. Me sorprendió no ver a Shinichi en la habitación, aunque, con sinceridad, no habría sabido cómo reaccionar de haberlo encontrado esperándome pacientemente en la cama. Demasiado extraño incluso para aquel día.
Con reticencia, me puse la ligera yukata que habían preparado para mí, si iba a salir de la habitación lo mejor era guardar las apariencias. Cuando ya salía por la puerta, volví un momento atrás, me guardé el pequeño puñal que había llevado todo el día bajo el kimono y me puse en camino. No pretendía liarme a cuchilladas con nada ni nadie, en realidad aquella pequeña hoja no me sería muy útil si debí defenderme de alguna amenaza real, pero me daba seguridad, de alguna manera era un contacto con mi propia realidad, que me alejaba de aquel entorno hostil.
Vagué por los pasillos a la deriva. Antes nos habían mostrado las habitaciones importantes de la casa, pero yo apenas recordaba el camino a mi dormitorio.
No estaba investigando ni recabando ningún tipo de información, pero ni siquiera ante mí misma admitiría que andaba por no quedarme sola en la habitación.
Entonces noté una fría corriente de aire en el rostro y por la simple razón de dejar de vagar sin rumbo la seguí hasta una pequeña terracita. La mandíbula se me desencajó al ver la escena que se desarrollaba en el jardín. Nuestra anfitriona se había lanzado sobre mi marido, que estaba prácticamente sin camiseta entre sus manos y no parecía sufrir mucho.
No me lo pensé dos veces. En realidad no lo pensé ni un solo segundo, tan solo salté al jardín como un mono, dejando atrás cualquier recuerdo sobre cómo ser la esposa perfecta. Me movía la furia, la frustración y los celos, unos horribles celos que habían aparecido de la nada. ¿Por qué diantres tenía que tratarme a mí a patadas y dejarse meter mano por una desconocida que se suponía estaba loca?
-¡Prima! –grité, acercándome a ellos con paso decidido.
Ella se volvió como si la hubiesen pinchado y Shinichi se apartó con brusquedad, recolocándose la ropa. Su rostro reflejó... ¿qué? ¿Enfado? ¿Agradecimiento? Con este chico nunca se sabía.
-¿Ocurre algo? –preguntó ella con voz melosa.
Oh. Muy bien, si en algún momento había dudado sobre si cogerla del cuello, en aquel momento me quedó clarísimo. Iba a apretar con ganas.
-Me preocupé al ver que mi querido esposo no estaba en la habitación –respondí, con gesto igual de inocente y voz tierna y desvalida propia de una niña de cinco años-. Me alegra ver que está en buenas manos, pero es tarde y deberíamos retirarnos.
Mi interpretación se ganó una sonrisa que habría helado cualquier fuego.
-Estábamos discutiendo sobre la moda en la ciudad, ¿verdad, querido primo? –dijo, haciendo énfasis en las últimas palabras-. Me hablaba sobre el curioso conjunto que lleva, aunque imagino que tienes razón y es tarde para tratar estos temas. Seguiremos en otro momento.
La promesa que ocultaban sus palabras me hizo hervir la sangre y tan solo logré no saltar sobre ella porque Shinichi se acercó a mí por detrás. Me volví hacia él, dejando ver lo enfadada que estaba y sabiendo que con él si que podía liberar toda esa furia.
Esperé hasta escuchar los pasos de la mujer desaparecer en la casa y le di una patada en la espinilla sin llegar a hacerle daño de verdad.
-Tú, maldito prepotente –susurré conteniéndome-, si yo tengo que tragar y comportarme como una estúpida para cumplir la misión, lo mínimo que puedes hacer es ser un buen marido. MI marido.
Me aferré de él con fuerza, clavándole los dedos en el brazo y lo arrastré por el camino que acababa de seguir nuestra prima.
-Vámonos a la cama de una maldita vez y reza por que no me dé por vengarme de esa estúpida esta noche, todavía soy capaz de quitarle la tontería a golpes.
¿Incompatibles? 7
SHINICHI
Me levanté del suelo despacio, apoyando una mano contra la superficie mientras torcía el gesto. Odiaba este tipo de situaciones. Hacía mucho que no sentía el cosquilleo del calor recorriendo mi cuerpo.
Ya podía merecer la pena la recompensa de esta misión.
Me acerqué al amplio futón de matrimonio que los criados habían colocado sobre el tatami de la habitación. Parecía cómodo, invitaba a descansar.
Sobre las almohadas reconocí un par de yukatas ligeros para dormir y automáticamente fruncí el ceño. No estaba dispuesto a trabajar también de noche. Necesitaba hacer vida normal en la intimidad para evitar que esta situación acabase por desquiciarme.
En un par de pasos llegué a donde habían dejado nuestro equipaje y, gracias a unas manos ágiles y una visión certera, recuperé la bolsa que había colado disimuladamente en el palanquín. Saqué las dos piezas de ropa que solía utilizar por pijama, una camiseta corta de color claro y un pantalón oscuro.
Minutos después salí de la habitación. A pesar de no saber donde podría encontrar algo parecido a un balcón o una terraza, recorrí los amplios pasillos de aquella casa confiando en mi sentido de la orientación. Tarde o temprano tendría que salir a algún sitio.
Tal como había predicho, después de dar unas cuantas vueltas, una de las puertas me llevó hasta un pequeño jardín.
Bajé de un salto y mis pies descalzos notaron la humedad de la hierba al caer directamente sobre ella. La noche era clara, sin nubes, con un cielo negro azulado precioso. Incluso me pareció ver el destello de alguna estrella en lo alto. Comenzó a invadirme una sensación muy agradable de paz.
Suspiré.
De pronto, una voz suave, rompió aquel bonito silencio a mi alrededor.
-Buenas noches, querido primo.
Moví suavemente la cabeza sin despegar la vista del espectacular paisaje que contemplaba. ¿Descortés? Bueno, ya había dicho que no pensaba trabajar también de noche...
-Buenas noches -Cedí finalmente y me di la vuelta, aunque no del todo. Ella se había colocado a mi lado y apenas tuve que girar mi cuerpo para verla.
-¿Qué te trae por aquí a estas horas? Pensaba que estabais cansados del viaje.
Me encogí de hombros. Se me estaba haciendo difícil recuperar aquella sensación de tranquilidad.
-Dime primo -Comentó pasados unos minutos. Una de sus manos agarró con desconfianza mi camiseta de algodón-. ¿Es esto la última moda en la capital?
Al principio quedé un poco desconcertado por sus palabras. Luego caí en la cuenta de que, viviendo aislada del mundo en aquel remoto valle, ella también parecía haberse quedado anclada en una época remota del pasado.
¿De moda, mi improvisado pijama?
Sin avisar, aquella mujer hizo algo que no pegaba demasiado con el comportamiento femenino al que debería responder. La mano que aferraba el pico de la camiseta se alzó dejando mi estómago y parte de mi pecho vendado al aire. Ella lo miraba fascinada.
-¿Qué haces? -Exhalé turbado.
-¿Qué este vendaje? ¿Estás herido? -La mano que tenía libre ascendió por mi ombligo hasta tocar la venda con la punta de los dedos. Sus ojos se clavaron en mí-. ¿Puedo?
¡Por supuesto que no! Gritaba una pequeña vocecita procedente de uno de los rincones más oscuros de mi cerebro.
Me levanté del suelo despacio, apoyando una mano contra la superficie mientras torcía el gesto. Odiaba este tipo de situaciones. Hacía mucho que no sentía el cosquilleo del calor recorriendo mi cuerpo.
Ya podía merecer la pena la recompensa de esta misión.
Me acerqué al amplio futón de matrimonio que los criados habían colocado sobre el tatami de la habitación. Parecía cómodo, invitaba a descansar.
Sobre las almohadas reconocí un par de yukatas ligeros para dormir y automáticamente fruncí el ceño. No estaba dispuesto a trabajar también de noche. Necesitaba hacer vida normal en la intimidad para evitar que esta situación acabase por desquiciarme.
En un par de pasos llegué a donde habían dejado nuestro equipaje y, gracias a unas manos ágiles y una visión certera, recuperé la bolsa que había colado disimuladamente en el palanquín. Saqué las dos piezas de ropa que solía utilizar por pijama, una camiseta corta de color claro y un pantalón oscuro.
Minutos después salí de la habitación. A pesar de no saber donde podría encontrar algo parecido a un balcón o una terraza, recorrí los amplios pasillos de aquella casa confiando en mi sentido de la orientación. Tarde o temprano tendría que salir a algún sitio.
Tal como había predicho, después de dar unas cuantas vueltas, una de las puertas me llevó hasta un pequeño jardín.
Bajé de un salto y mis pies descalzos notaron la humedad de la hierba al caer directamente sobre ella. La noche era clara, sin nubes, con un cielo negro azulado precioso. Incluso me pareció ver el destello de alguna estrella en lo alto. Comenzó a invadirme una sensación muy agradable de paz.
Suspiré.
De pronto, una voz suave, rompió aquel bonito silencio a mi alrededor.
-Buenas noches, querido primo.
Moví suavemente la cabeza sin despegar la vista del espectacular paisaje que contemplaba. ¿Descortés? Bueno, ya había dicho que no pensaba trabajar también de noche...
-Buenas noches -Cedí finalmente y me di la vuelta, aunque no del todo. Ella se había colocado a mi lado y apenas tuve que girar mi cuerpo para verla.
-¿Qué te trae por aquí a estas horas? Pensaba que estabais cansados del viaje.
Me encogí de hombros. Se me estaba haciendo difícil recuperar aquella sensación de tranquilidad.
-Dime primo -Comentó pasados unos minutos. Una de sus manos agarró con desconfianza mi camiseta de algodón-. ¿Es esto la última moda en la capital?
Al principio quedé un poco desconcertado por sus palabras. Luego caí en la cuenta de que, viviendo aislada del mundo en aquel remoto valle, ella también parecía haberse quedado anclada en una época remota del pasado.
¿De moda, mi improvisado pijama?
Sin avisar, aquella mujer hizo algo que no pegaba demasiado con el comportamiento femenino al que debería responder. La mano que aferraba el pico de la camiseta se alzó dejando mi estómago y parte de mi pecho vendado al aire. Ella lo miraba fascinada.
-¿Qué haces? -Exhalé turbado.
-¿Qué este vendaje? ¿Estás herido? -La mano que tenía libre ascendió por mi ombligo hasta tocar la venda con la punta de los dedos. Sus ojos se clavaron en mí-. ¿Puedo?
¡Por supuesto que no! Gritaba una pequeña vocecita procedente de uno de los rincones más oscuros de mi cerebro.
¿Incompatibles? 6
NATSUKI
Respiré aliviada cuando sus manos apartaron la ropa, liberándome de aquel molesto problema. Me quedé allí plantada, sin percatarme de nada hasta que Shinichi hizo ruido y me di cuenta de que estaba desnuda frente a él. Durante un segundo me tentó la idea de quedarme allí quieta y obligarle a actuar. Pudor y vergüenza eran palabras con muy poco significado para mí, no tendría ningún problema en quedarme desnuda frente a él todo el tiempo que fuese necesario. ¿Saldría corriendo? ¿Se me echaría encima? Pero todavía nos quedaba una larga convivencia por delante y molestarle desde el primer momento no parecía muy buena idea. Me aparté con suavidad, buscando a mí alrededor algo con lo que taparme, aunque con la duda todavía corroyéndome por dentro. Si yo hubiese sido una chica mala, ¿cuál habría sido su reacción?
-Un segundo –murmuré al ver que él seguía con la mirada baja, evitando mi cuerpo-. Voy a por una toalla.
Al darme la vuelta me pareció captar por el rabillo del ojo un movimiento de Shinichi. ¿Había levantado la cabeza y me observaba o eran imaginaciones mías? No quise comprobarlo, si lo hacía, que disfrutase de aquello que no iba a tener; si no lo hacía, no sería yo la que se lo impidiese con miradas furtivas.
El baño era grande, enorme y suntuoso hasta el punto de parecerme horrible. Atrapé una suave toalla y me envolví en ella lo más rápido posible. Ya salía del baño cuando me lo volví a pensar y cambié de opinión. Estaba cansada, sudorosa y llena de polvo, un poco de agua no me haría daño.
Asomé la cabeza por la puerta y puse a mi marido al corriente de mis intenciones.
-Shinichi, aquí hay una bañera impresionante, voy a darme un gusto a costa de nuestra agradable anfitriona. Si mañana no he salido comprueba que no me he asfixiado con las sales de baño.
Volví a cerrar la puerta sin llegar a fijarme en lo que estaba haciendo y tras unos minutos, me sumergí con placer en el agua. El líquido ardía contra mi piel y en seguida el cuarto se llenó de vapor con olor a jazmín. Cerré los ojos y me relajé. Tan solo por acceder a soportar a Shinichi, la heredera chiflada y los kimonos diabólicos, me merecía un premio por adelantado.
Respiré aliviada cuando sus manos apartaron la ropa, liberándome de aquel molesto problema. Me quedé allí plantada, sin percatarme de nada hasta que Shinichi hizo ruido y me di cuenta de que estaba desnuda frente a él. Durante un segundo me tentó la idea de quedarme allí quieta y obligarle a actuar. Pudor y vergüenza eran palabras con muy poco significado para mí, no tendría ningún problema en quedarme desnuda frente a él todo el tiempo que fuese necesario. ¿Saldría corriendo? ¿Se me echaría encima? Pero todavía nos quedaba una larga convivencia por delante y molestarle desde el primer momento no parecía muy buena idea. Me aparté con suavidad, buscando a mí alrededor algo con lo que taparme, aunque con la duda todavía corroyéndome por dentro. Si yo hubiese sido una chica mala, ¿cuál habría sido su reacción?
-Un segundo –murmuré al ver que él seguía con la mirada baja, evitando mi cuerpo-. Voy a por una toalla.
Al darme la vuelta me pareció captar por el rabillo del ojo un movimiento de Shinichi. ¿Había levantado la cabeza y me observaba o eran imaginaciones mías? No quise comprobarlo, si lo hacía, que disfrutase de aquello que no iba a tener; si no lo hacía, no sería yo la que se lo impidiese con miradas furtivas.
El baño era grande, enorme y suntuoso hasta el punto de parecerme horrible. Atrapé una suave toalla y me envolví en ella lo más rápido posible. Ya salía del baño cuando me lo volví a pensar y cambié de opinión. Estaba cansada, sudorosa y llena de polvo, un poco de agua no me haría daño.
Asomé la cabeza por la puerta y puse a mi marido al corriente de mis intenciones.
-Shinichi, aquí hay una bañera impresionante, voy a darme un gusto a costa de nuestra agradable anfitriona. Si mañana no he salido comprueba que no me he asfixiado con las sales de baño.
Volví a cerrar la puerta sin llegar a fijarme en lo que estaba haciendo y tras unos minutos, me sumergí con placer en el agua. El líquido ardía contra mi piel y en seguida el cuarto se llenó de vapor con olor a jazmín. Cerré los ojos y me relajé. Tan solo por acceder a soportar a Shinichi, la heredera chiflada y los kimonos diabólicos, me merecía un premio por adelantado.
¿Incompatibles? 5
SHINICHI
No pude evitar acentuar la sonrisa ante su disimulada petición. Fingí sorpresa y la contemplé desde mi posición durante unos minutos. Sus manos arrugaban y estiraban el obi en un gesto involuntario. Aquello me estaba divirtiendo demasiado.
Aún con las manos descansando bajo las mangas de la ropa que me habían dado, me acerqué a ella. No se movió, y tampoco buscó mi mirada.
Con cuidado me coloqué a uno de los lados de la chica y examiné el kimono que llevaba. Con toda esa maraña de lazos no había nada que hacer. Podía intentar desatarselos pacientemente uno a uno, pero con mi falta de experiencia en estas cosas me llevaría un buen rato. Busqué otra alternativa para liberarla de aquella preciosa trampa de tela que ella misma se había construido. La hice girar con mis manos un par de veces en busca de una cremallera mágica que se me hubiese escapado anteriormente. No la encontré. Era demasiado pedir en un kimono tradicional.
-¿Te importaría mirar hacia otro lado?
Me aseguré de que lo había hecho antes de agacharme y poner en práctica mi disparatada idea. De todas formas no podía fiarme mucho de que no estuviera mirando.
Abrí la parte superior del kimono, la que nos estaba dando problemas con los lazos, y descubrí las demás capas de tela bajo ella. Tal como había imaginado. Titubeé un poco antes de alcanzar la primera capa y ascender por ella con mis manos. Allí donde se enroscaban los lazos mis dedos lo pasaban mal desatando las sujecciones que mantenían la yukatta en su sitio. Fue todo un milagro conseguirlo tres veces más.
Mientras yo había ido desatando con lentitud la ropa que llevaba debajo, ella se las había apañado para deshacerse del abrazo de las mangas y permitir que una a una las prendas fuesen cayendo al suelo. Al final, su contorno había disminuido y el kimono quedaba ligeramente más holgado que cuando habíamos empezado con todo este jaleo.
Lo deslicé por sus piernas ayudándole a levantarlas, primero una y luego otra, para poder deshacernos de aquella aparatosa indumentaria. Cuando cayó sobre el suelo di por concluida mi labor.
Sin embargo, ahora tenía otro problema. Agachado como estaba la situación no era tan violenta, pero tarde o temprano tendría que levantarme.
Me aclaré la garganta ruidosamente. Mientras, intentaba controlar el flujo de sangre que, sin avisar, había ido a parar a mis mejillas.
No pude evitar acentuar la sonrisa ante su disimulada petición. Fingí sorpresa y la contemplé desde mi posición durante unos minutos. Sus manos arrugaban y estiraban el obi en un gesto involuntario. Aquello me estaba divirtiendo demasiado.
Aún con las manos descansando bajo las mangas de la ropa que me habían dado, me acerqué a ella. No se movió, y tampoco buscó mi mirada.
Con cuidado me coloqué a uno de los lados de la chica y examiné el kimono que llevaba. Con toda esa maraña de lazos no había nada que hacer. Podía intentar desatarselos pacientemente uno a uno, pero con mi falta de experiencia en estas cosas me llevaría un buen rato. Busqué otra alternativa para liberarla de aquella preciosa trampa de tela que ella misma se había construido. La hice girar con mis manos un par de veces en busca de una cremallera mágica que se me hubiese escapado anteriormente. No la encontré. Era demasiado pedir en un kimono tradicional.
-¿Te importaría mirar hacia otro lado?
Me aseguré de que lo había hecho antes de agacharme y poner en práctica mi disparatada idea. De todas formas no podía fiarme mucho de que no estuviera mirando.
Abrí la parte superior del kimono, la que nos estaba dando problemas con los lazos, y descubrí las demás capas de tela bajo ella. Tal como había imaginado. Titubeé un poco antes de alcanzar la primera capa y ascender por ella con mis manos. Allí donde se enroscaban los lazos mis dedos lo pasaban mal desatando las sujecciones que mantenían la yukatta en su sitio. Fue todo un milagro conseguirlo tres veces más.
Mientras yo había ido desatando con lentitud la ropa que llevaba debajo, ella se las había apañado para deshacerse del abrazo de las mangas y permitir que una a una las prendas fuesen cayendo al suelo. Al final, su contorno había disminuido y el kimono quedaba ligeramente más holgado que cuando habíamos empezado con todo este jaleo.
Lo deslicé por sus piernas ayudándole a levantarlas, primero una y luego otra, para poder deshacernos de aquella aparatosa indumentaria. Cuando cayó sobre el suelo di por concluida mi labor.
Sin embargo, ahora tenía otro problema. Agachado como estaba la situación no era tan violenta, pero tarde o temprano tendría que levantarme.
Me aclaré la garganta ruidosamente. Mientras, intentaba controlar el flujo de sangre que, sin avisar, había ido a parar a mis mejillas.
¿Incompatibles? 4
NATSUKI
Me aferré a su brazo como buena esposa modélica, concentrada en que no se notase mucho cómo me tambaleaba al andar sin apenas poder separar las piernas. Pasitos pequeños, me había dicho la criada, pero no era nada fácil dar diminutas zancadas y seguir el ritmo de una persona normal.
Nuestra nueva prima salió a recibirnos escoltada por un par de criados de mirada gacha.
-Bienvenidos –saludó con voz fría.
Intercambiamos algunas vacías frases de cortesía y nos invitó a pasar y cenar algo. Ella no parecía muy dispuesta a darnos conversación y yo lo agradecí, así al menos no cometeríamos ningún error. Los criados se movían a nuestro alrededor como hormigas ajetreadas mientras nosotros nos limitamos a sentarnos. Yo era una chica sencilla y nunca había tenido tanta gente viviendo por mi, asi que era una situación muy incómoda. Casi me sentí agradecida por que se me permitiese llevarme los cubiertos a la boca a mi sola.
-¿Y qué os trae por aquí desde tan lejos? –preguntó cuando empezaron a retirarnos los platos de la mesa.
Estuve a punto de estropearlo todo al hablar pero afortunadamente Shinichi se me adelantó y le contó la historia que habíamos preparado durante el camino. Éramos unos tiernos recién casados que querían terminar el viaje de novios en un ambiente más familiar, así que, a pesar de no conocernos de nada, decidimos abusar de la hospitalidad de nuestra prima y pasar unos días en su casa. Incluso sonaba plausible.
El interrogatorio duró más de lo que a mi me pareció educado, casi parecía que intentase encontrar algún fallo a nuestra historia. Shinichi lo hizo bien y logró deshacerse de las preguntas comprometidas con respuestas vagas y alguna que otra alusión a lo que su padre nos había contado sobre la familia. Para mí fue un duro calvario obligarme a morderme la lengua y no hablar más que cuando se dirigiesen a mí directamente.
Finalmente nos liberó con la excusa de que el viaje había sido agotador y pudimos subir a la habitación que nos habían preparado. Era un cuarto gigantesco, casi tan grande como un apartamento desde mi punto de vista y con todos los lujos imaginables. Desde luego era una familia de dinero.
En cuanto me vi a salvo de miradas indiscretas, dejé escapar toda la tensión acumulada golpeando con furia una de las paredes. Mascullando maldiciones intenté deshacerme de aquella maldita ropa que no me dejaba dar patadas a las sillas, tan solo consiguiendo hacerme un lío con los lazos y terminar cubierta de nudos imposibles, con la ropa entreabierta y una frustración más que añadir a la recién fundada lista. ¿Dónde estaban todos esos conocimientos sobre la ropa tradicional que me habían transmitido apenas hacía unas horas?
Respiré hondo y me volví lentamente hasta encararme a Shinichi, que me miraba con atención y una expresión divertida que no se esforzaba por esconder. Ya hasta Shinichi Sanagawa, el hombre de hielo, se reía descaradamente de mí.
Estrujando el obi, lo único que había logrado quitarme, entre mis manos, me aclaré ruidosamente la garganta, buscando una voz que no demostrase mi enfado.
-No puedo hacerlo –dije con suavidad.
Es todo lo que mis labios me permitieron pronunciar. Moriría antes que pedir abiertamente ayuda a Shinichi. Si hacía falta lo haría trizas con mis cuchillos o aprendería a llevarlo con dignidad, solo esperaba que él quisiese entender mis palabras y no me odiase tanto como parecía a primera vista. Aquellos lazos diabólicos eran capaces de intentar estrangularme durante la noche.
Me aferré a su brazo como buena esposa modélica, concentrada en que no se notase mucho cómo me tambaleaba al andar sin apenas poder separar las piernas. Pasitos pequeños, me había dicho la criada, pero no era nada fácil dar diminutas zancadas y seguir el ritmo de una persona normal.
Nuestra nueva prima salió a recibirnos escoltada por un par de criados de mirada gacha.
-Bienvenidos –saludó con voz fría.
Intercambiamos algunas vacías frases de cortesía y nos invitó a pasar y cenar algo. Ella no parecía muy dispuesta a darnos conversación y yo lo agradecí, así al menos no cometeríamos ningún error. Los criados se movían a nuestro alrededor como hormigas ajetreadas mientras nosotros nos limitamos a sentarnos. Yo era una chica sencilla y nunca había tenido tanta gente viviendo por mi, asi que era una situación muy incómoda. Casi me sentí agradecida por que se me permitiese llevarme los cubiertos a la boca a mi sola.
-¿Y qué os trae por aquí desde tan lejos? –preguntó cuando empezaron a retirarnos los platos de la mesa.
Estuve a punto de estropearlo todo al hablar pero afortunadamente Shinichi se me adelantó y le contó la historia que habíamos preparado durante el camino. Éramos unos tiernos recién casados que querían terminar el viaje de novios en un ambiente más familiar, así que, a pesar de no conocernos de nada, decidimos abusar de la hospitalidad de nuestra prima y pasar unos días en su casa. Incluso sonaba plausible.
El interrogatorio duró más de lo que a mi me pareció educado, casi parecía que intentase encontrar algún fallo a nuestra historia. Shinichi lo hizo bien y logró deshacerse de las preguntas comprometidas con respuestas vagas y alguna que otra alusión a lo que su padre nos había contado sobre la familia. Para mí fue un duro calvario obligarme a morderme la lengua y no hablar más que cuando se dirigiesen a mí directamente.
Finalmente nos liberó con la excusa de que el viaje había sido agotador y pudimos subir a la habitación que nos habían preparado. Era un cuarto gigantesco, casi tan grande como un apartamento desde mi punto de vista y con todos los lujos imaginables. Desde luego era una familia de dinero.
En cuanto me vi a salvo de miradas indiscretas, dejé escapar toda la tensión acumulada golpeando con furia una de las paredes. Mascullando maldiciones intenté deshacerme de aquella maldita ropa que no me dejaba dar patadas a las sillas, tan solo consiguiendo hacerme un lío con los lazos y terminar cubierta de nudos imposibles, con la ropa entreabierta y una frustración más que añadir a la recién fundada lista. ¿Dónde estaban todos esos conocimientos sobre la ropa tradicional que me habían transmitido apenas hacía unas horas?
Respiré hondo y me volví lentamente hasta encararme a Shinichi, que me miraba con atención y una expresión divertida que no se esforzaba por esconder. Ya hasta Shinichi Sanagawa, el hombre de hielo, se reía descaradamente de mí.
Estrujando el obi, lo único que había logrado quitarme, entre mis manos, me aclaré ruidosamente la garganta, buscando una voz que no demostrase mi enfado.
-No puedo hacerlo –dije con suavidad.
Es todo lo que mis labios me permitieron pronunciar. Moriría antes que pedir abiertamente ayuda a Shinichi. Si hacía falta lo haría trizas con mis cuchillos o aprendería a llevarlo con dignidad, solo esperaba que él quisiese entender mis palabras y no me odiase tanto como parecía a primera vista. Aquellos lazos diabólicos eran capaces de intentar estrangularme durante la noche.
15 junio 2009
¿Incompatibles? 3
SHINICHI
El criado seguía cargando bártulos en aquel impresionante palanquín. Me fijé en que las manos comenzaron a temblarle cuando fue consciente de que le estaba observando.
Molesto, aparté la mirada. No había sido fácil para ninguno de los dos estar encerrados en aquella habitación. Por decirlo suavemente, le había echado de allí en cuanto reflejó sus intenciones. Primero me casaban y después pretendían enseñarme a vestirme. ¿Algo más?
Esperaba que mis palabras se le hubiesen grabado bien dentro. No me gustaría tener que volver a repetirlas.
Recorrí con la mirada los objetos que aún quedaban por cargar. Figuras de aspecto delicado, pequeños cofrecillos, frascos de suaves fragancias... Súbitamente, mi visión periférica captó algo que me llamó la atención.
Dos mujeres bajaban las escaleras pausadamente. Una de ellas cubría su cuerpo con un impresionante kimono rojo de motivos florales. La prenda, larga y suelta por las mangas, se ajustaba a su cintura con un pequeño obi. Iba mirando al suelo a medida que sus pasos la acercaban a mí. En aquel momento caí en la cuenta de que aquello no era un gesto de humildad ni nada que se le pareciese.
La otra mujer era la criada que le habían asignado a Natsuki.
De un segundo a otro me encontré con su mirada verde taladrándome desafiante. Podía haberle regalado los oídos, pero me limité a tomarla de la mano y ayudarla a subir al palanquín. Una vez dentro, nos acomodamos lo más lejos posible el uno del otro.
Durante el viaje mi cabeza le dio vueltas a muchas cosas. ¿Hijas que de repente se vuelven rebeldes? ¿Familiares desconocidos que van de visita? ¿Natsuki en el papel de esposa sumisa?
Eso no me lo quería perder por nada del mundo. Aunque, por otro lado, debía vigilar no pasarme demasiado. Lo último que quería era que en mitad de la cena me sacase los cuchillos.
Eché un vistazos fugaz a la chica. Me preguntaba si debajo de toda esa ropa le habrían permitido quedarse con sus armas. Por si acaso, esperaba que no se acercase mucho a nuestra nueva prima segunda. No fuese a ser que tuviesemos un disgusto.
Al cabo de unas horas el palanquín se detuvo. Los criados ayudaron a bajar a Natsuki esta vez.
En aquel valle hacía frío. La humedad se notaba en el ambiente y una leve capa de niebla envolvía la finca como si con eso le diese más misterio. Un par de doncellas me acercaron a Natsuki casi a empujones y me miraron suplicantes. La chica parecía molesta con aquel trato, le gustaba tan poco como a mí depender de los demás. Y, para colmo, ahora yo me había convertido en su marido. En otras palabras, arcaicas y absolutamente machistas, me pertenecía.
-Ya es hora de romper el voto de silencio -Advertí con voz suave mientras enganchaba su brazo en el mío-. Vayamos a saludar a nuestra prima.
El criado seguía cargando bártulos en aquel impresionante palanquín. Me fijé en que las manos comenzaron a temblarle cuando fue consciente de que le estaba observando.
Molesto, aparté la mirada. No había sido fácil para ninguno de los dos estar encerrados en aquella habitación. Por decirlo suavemente, le había echado de allí en cuanto reflejó sus intenciones. Primero me casaban y después pretendían enseñarme a vestirme. ¿Algo más?
Esperaba que mis palabras se le hubiesen grabado bien dentro. No me gustaría tener que volver a repetirlas.
Recorrí con la mirada los objetos que aún quedaban por cargar. Figuras de aspecto delicado, pequeños cofrecillos, frascos de suaves fragancias... Súbitamente, mi visión periférica captó algo que me llamó la atención.
Dos mujeres bajaban las escaleras pausadamente. Una de ellas cubría su cuerpo con un impresionante kimono rojo de motivos florales. La prenda, larga y suelta por las mangas, se ajustaba a su cintura con un pequeño obi. Iba mirando al suelo a medida que sus pasos la acercaban a mí. En aquel momento caí en la cuenta de que aquello no era un gesto de humildad ni nada que se le pareciese.
La otra mujer era la criada que le habían asignado a Natsuki.
De un segundo a otro me encontré con su mirada verde taladrándome desafiante. Podía haberle regalado los oídos, pero me limité a tomarla de la mano y ayudarla a subir al palanquín. Una vez dentro, nos acomodamos lo más lejos posible el uno del otro.
Durante el viaje mi cabeza le dio vueltas a muchas cosas. ¿Hijas que de repente se vuelven rebeldes? ¿Familiares desconocidos que van de visita? ¿Natsuki en el papel de esposa sumisa?
Eso no me lo quería perder por nada del mundo. Aunque, por otro lado, debía vigilar no pasarme demasiado. Lo último que quería era que en mitad de la cena me sacase los cuchillos.
Eché un vistazos fugaz a la chica. Me preguntaba si debajo de toda esa ropa le habrían permitido quedarse con sus armas. Por si acaso, esperaba que no se acercase mucho a nuestra nueva prima segunda. No fuese a ser que tuviesemos un disgusto.
Al cabo de unas horas el palanquín se detuvo. Los criados ayudaron a bajar a Natsuki esta vez.
En aquel valle hacía frío. La humedad se notaba en el ambiente y una leve capa de niebla envolvía la finca como si con eso le diese más misterio. Un par de doncellas me acercaron a Natsuki casi a empujones y me miraron suplicantes. La chica parecía molesta con aquel trato, le gustaba tan poco como a mí depender de los demás. Y, para colmo, ahora yo me había convertido en su marido. En otras palabras, arcaicas y absolutamente machistas, me pertenecía.
-Ya es hora de romper el voto de silencio -Advertí con voz suave mientras enganchaba su brazo en el mío-. Vayamos a saludar a nuestra prima.
¿Incompatibles? 2
NATSUKI
Me volví hacia Shinichi para comprobar que no me estaba volviendo loca. Nada de todo aquello podía ser real, tenía que ser una maldita pesadilla que se estaba alargando demasiado. Y entonces recordé la contundente declaración de intenciones de la noche anterior y a punto estuve de acharme a reír como una loca.
-No, verá, nosotros no... -intenté decir algo para desembarazarme de aquel encargo.
-Ya está decidido, he pagado la mitad del precio para asegurarme de que cumplís vuestro cometido y os aseguro que es una cantidad desorbitante, espero maravillosos resultados.
No pudimos replicar nada más y, tras discutir los detalles un tiempo que me pareció interminable, el señor se levantó y nos despachó a cada uno con un criado.
-Lo he preparado todo para que tengáis lo necesario, si falta algo, comunicádselo a los criados.
Él abandonó la habitación y prácticamente nos vimos arrastrados a habitaciones separadas. Me llevé una gran sorpresa al verme atrapada en un vestidor más grande que cualquier habitación que yo hubiese ocupado nunca. Entonces, y sin previo aviso, un par de pequeñitas manos empezó a tirar de mi ropa para desvestirme. Mi primera reacción fue saltar lo más lejos posible de aquella criada de manos largas, incluso cuando comprendí sus intenciones me fue imposible dejarme hacer con tranquilidad.
Tras una pequeña discusión, logré convencerla de que sabía desvestirme yo sola, aunque tuve que ceder a la hora de ponerme todas las prendas que me dio, pues la mayoría de ellas me resultaban completamente desconocidas y no tenía ni idea de cual era la posición, el orden o la forma de hacerlo.
Capa tras capa, aquella mujer me transformó por completo hasta que al mirarme hasta para mí misma fue difícil reconocerme. Me habían vestido con un elegante kimono de seda roja con hermosas flores bordadas. Las mangas, increíblemente anchas, colgaban hasta ocultarme las manos y mis pies asomaban bajo el dobladillo, enfundados en unos suaves calcetines blancos y subidos sobre unas sandalias a las que me costaría acostumbrarme.
La indumentaria era mucho más pesada y elaborada que mis habituales pantalones y, desde luego, muchísimo más incómoda. ¿Cómo se suponía que iba a luchar o defenderme con todo aquello encima? Me sentía realmente estúpida con aquel disfraz, y una vez más, quise poder convencerme de que era un mal sueño.
Antes de salir de allí, la chica me dio algunas indicaciones para saber, al menos, cómo quitarme toda aquella ropa. Si en algún momento alguien me hubiese jurado que yo terminaría hablando de uchikakes, yukatas y obis, le habría llamado mentiroso.
En la salida, junto a un recargado palaquín y un par de caballos, esperaba Shinichi ataviado cual poderoso samurái. Sobre el kimono negro llevaba una espectacular prenda de color azulado y amplios hombros que se unía al ancho pantalón pulcramente plisado. La sorpresa se reflejó en mi rostro al verle, tenía un aspecto tan... imponente que no fui capaz de reírme de él como me habría gustado. Además, él podía llevar espada y yo no.
Bajé las escaleras con lentitud, notando su mirada fija y sin atreverme a despegar la vista del suelo por miedo a tropezar. No entendía como nadie podía moverse con fluidez atrapado dentro de aquellas ropas. Cuando logré llegar a su altura, le miré, casi desafiándolo a reírse de mi nuevo aspecto.
____________________
Por si necesitáis o queréis algún detalle más concreto sobre la indumentaria tradicional japonesa, podéis mirar en esta página, y de paso ojear los libros, que son fantásticos.
¿Publicidad subliminal? No, que va, lo hago abiertamente ^^
Me volví hacia Shinichi para comprobar que no me estaba volviendo loca. Nada de todo aquello podía ser real, tenía que ser una maldita pesadilla que se estaba alargando demasiado. Y entonces recordé la contundente declaración de intenciones de la noche anterior y a punto estuve de acharme a reír como una loca.
-No, verá, nosotros no... -intenté decir algo para desembarazarme de aquel encargo.
-Ya está decidido, he pagado la mitad del precio para asegurarme de que cumplís vuestro cometido y os aseguro que es una cantidad desorbitante, espero maravillosos resultados.
No pudimos replicar nada más y, tras discutir los detalles un tiempo que me pareció interminable, el señor se levantó y nos despachó a cada uno con un criado.
-Lo he preparado todo para que tengáis lo necesario, si falta algo, comunicádselo a los criados.
Él abandonó la habitación y prácticamente nos vimos arrastrados a habitaciones separadas. Me llevé una gran sorpresa al verme atrapada en un vestidor más grande que cualquier habitación que yo hubiese ocupado nunca. Entonces, y sin previo aviso, un par de pequeñitas manos empezó a tirar de mi ropa para desvestirme. Mi primera reacción fue saltar lo más lejos posible de aquella criada de manos largas, incluso cuando comprendí sus intenciones me fue imposible dejarme hacer con tranquilidad.
Tras una pequeña discusión, logré convencerla de que sabía desvestirme yo sola, aunque tuve que ceder a la hora de ponerme todas las prendas que me dio, pues la mayoría de ellas me resultaban completamente desconocidas y no tenía ni idea de cual era la posición, el orden o la forma de hacerlo.
Capa tras capa, aquella mujer me transformó por completo hasta que al mirarme hasta para mí misma fue difícil reconocerme. Me habían vestido con un elegante kimono de seda roja con hermosas flores bordadas. Las mangas, increíblemente anchas, colgaban hasta ocultarme las manos y mis pies asomaban bajo el dobladillo, enfundados en unos suaves calcetines blancos y subidos sobre unas sandalias a las que me costaría acostumbrarme.
La indumentaria era mucho más pesada y elaborada que mis habituales pantalones y, desde luego, muchísimo más incómoda. ¿Cómo se suponía que iba a luchar o defenderme con todo aquello encima? Me sentía realmente estúpida con aquel disfraz, y una vez más, quise poder convencerme de que era un mal sueño.
Antes de salir de allí, la chica me dio algunas indicaciones para saber, al menos, cómo quitarme toda aquella ropa. Si en algún momento alguien me hubiese jurado que yo terminaría hablando de uchikakes, yukatas y obis, le habría llamado mentiroso.
En la salida, junto a un recargado palaquín y un par de caballos, esperaba Shinichi ataviado cual poderoso samurái. Sobre el kimono negro llevaba una espectacular prenda de color azulado y amplios hombros que se unía al ancho pantalón pulcramente plisado. La sorpresa se reflejó en mi rostro al verle, tenía un aspecto tan... imponente que no fui capaz de reírme de él como me habría gustado. Además, él podía llevar espada y yo no.
Bajé las escaleras con lentitud, notando su mirada fija y sin atreverme a despegar la vista del suelo por miedo a tropezar. No entendía como nadie podía moverse con fluidez atrapado dentro de aquellas ropas. Cuando logré llegar a su altura, le miré, casi desafiándolo a reírse de mi nuevo aspecto.
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Por si necesitáis o queréis algún detalle más concreto sobre la indumentaria tradicional japonesa, podéis mirar en esta página, y de paso ojear los libros, que son fantásticos.
¿Publicidad subliminal? No, que va, lo hago abiertamente ^^
¿Incompatibles? 1
SHINICHI
El sol del atardecer reflejaba sus rayos anaranjados sobre el horizonte. Los caminos de aquel pueblecito consistían en surcos desiguales de arena que ocupaban el espacio entre las casas y las tierras de cultivo o grandes extensiones de campo.
Natsuki y yo caminabamos en silencio. El crujir de sus sandalias sobre la arena era el único sonido que hasta el momento había escuchado por su parte. Después de lo ocurrido hacía unas horas no me había vuelto a dirigir la palabra.
Al cabo de un rato llegamos a nuestro destino. La casa, o más bien debería decir mansión, se reconocía en seguida por su altura. En la puerta nos estaban esperando.
Los criados nos hicieron pasar, se encargaron de nuestro calzado y nos acompañaron hasta la sala donde otras veces me había recibido aquel acaudalado cliente. Ambos nos sentamos a esperar su aparición.
El hombre, un señor robusto ya entrado en años, hizo su entrada poco tiempo después. Tenía un rostro duro, con unos ojos de mirada atenta en los que brillaba la chispa de la desconfianza.
Como era de esperar se había engalanado para la ocasión. Dragones labrados sobre seda en su vestimenta y un embriagador permufe que parecía emanar de forma natural su cuerpo. Sin embargo, no había que ser muy avispado para darse cuenta de que aquello era fruto de una mano demasiado descuidada a la hora de hacer presión sobre el frasco.
Antes de comenzar a hablar colocó una de sus manos sobre su mentón.
-Veo que el apoyo que solicité ya ha llegado -Y así, con tan insignificante frase, volaron mis esperanzas de deshacerme de la chica-. Perfecto, en ese caso procederé a informaros de vuestra misión. Hace algunos años mandé construir el que sería el hogar de mi hija en el valle de una de las montañas cercanas. El proyecto lo llevó a cabo un grupo bastante amplio de ingenieros, decoradores y obreros que no tardó en tenerlo terminado. Mi hija se mudó allí poco después.
El hombre se aclaró la garganta y bajó la mirada antes de proseguir.
-Sin embargo, desde hace unos meses, su comportamiento es extraño. No nos permite ni a su madre ni a mí ir a visitarla, despacha de malas maneras a los hijos de buena familia que se atreven a solicitar su mano y ha despedido a los criados que le facilitamos a lo largo de todo este tiempo. Lo peor de todo es que se ha vuelto muy celosa y no deja entrar en su hogar a cualquiera, por eso pedí que me enviaran otra persona. Una mujer en concreto. A los hombres, como ya os he dicho, los echa a patadas, y las mujeres que han intetado hacerse pasar por sus criadas han corrido la misma suerte. He solicitado una pareja expresamente. Para entrar en su casa os hareis pasar por un matrimonio de familiares lejanos. Así no habrá ningún riesgo de que os eche y no consigais averiguar lo que le está ocurriendo.
El impacto fue certero. Mis ojos se agrandaron y a duras penas logré que mi mandíbula no se desencajara. ¿Quería que jugasemos a las parejitas?
Automáticamente giré la cabeza para observar a la mujer que estaba a mi lado. De no ser por su condición de fémina, hubiese jurado que me estaba reflejando en un espejo.
El sol del atardecer reflejaba sus rayos anaranjados sobre el horizonte. Los caminos de aquel pueblecito consistían en surcos desiguales de arena que ocupaban el espacio entre las casas y las tierras de cultivo o grandes extensiones de campo.
Natsuki y yo caminabamos en silencio. El crujir de sus sandalias sobre la arena era el único sonido que hasta el momento había escuchado por su parte. Después de lo ocurrido hacía unas horas no me había vuelto a dirigir la palabra.
Al cabo de un rato llegamos a nuestro destino. La casa, o más bien debería decir mansión, se reconocía en seguida por su altura. En la puerta nos estaban esperando.
Los criados nos hicieron pasar, se encargaron de nuestro calzado y nos acompañaron hasta la sala donde otras veces me había recibido aquel acaudalado cliente. Ambos nos sentamos a esperar su aparición.
El hombre, un señor robusto ya entrado en años, hizo su entrada poco tiempo después. Tenía un rostro duro, con unos ojos de mirada atenta en los que brillaba la chispa de la desconfianza.
Como era de esperar se había engalanado para la ocasión. Dragones labrados sobre seda en su vestimenta y un embriagador permufe que parecía emanar de forma natural su cuerpo. Sin embargo, no había que ser muy avispado para darse cuenta de que aquello era fruto de una mano demasiado descuidada a la hora de hacer presión sobre el frasco.
Antes de comenzar a hablar colocó una de sus manos sobre su mentón.
-Veo que el apoyo que solicité ya ha llegado -Y así, con tan insignificante frase, volaron mis esperanzas de deshacerme de la chica-. Perfecto, en ese caso procederé a informaros de vuestra misión. Hace algunos años mandé construir el que sería el hogar de mi hija en el valle de una de las montañas cercanas. El proyecto lo llevó a cabo un grupo bastante amplio de ingenieros, decoradores y obreros que no tardó en tenerlo terminado. Mi hija se mudó allí poco después.
El hombre se aclaró la garganta y bajó la mirada antes de proseguir.
-Sin embargo, desde hace unos meses, su comportamiento es extraño. No nos permite ni a su madre ni a mí ir a visitarla, despacha de malas maneras a los hijos de buena familia que se atreven a solicitar su mano y ha despedido a los criados que le facilitamos a lo largo de todo este tiempo. Lo peor de todo es que se ha vuelto muy celosa y no deja entrar en su hogar a cualquiera, por eso pedí que me enviaran otra persona. Una mujer en concreto. A los hombres, como ya os he dicho, los echa a patadas, y las mujeres que han intetado hacerse pasar por sus criadas han corrido la misma suerte. He solicitado una pareja expresamente. Para entrar en su casa os hareis pasar por un matrimonio de familiares lejanos. Así no habrá ningún riesgo de que os eche y no consigais averiguar lo que le está ocurriendo.
El impacto fue certero. Mis ojos se agrandaron y a duras penas logré que mi mandíbula no se desencajara. ¿Quería que jugasemos a las parejitas?
Automáticamente giré la cabeza para observar a la mujer que estaba a mi lado. De no ser por su condición de fémina, hubiese jurado que me estaba reflejando en un espejo.
Viejos Recuerdos 12
SHINICHI
Contemplé su puesta en escena sin permitir que mi rostro reflejase lo mucho que me estaba haciendo hervir la sangre. En el último momento tuve que apretar los dientes con fuerza para evitar que de mi boca salieran toda clase de improperios. Conocía una venganza mucho más cruel.
Me levanté del suelo y desclavé el puñal de la madera. El brazo que tenía libre aferró la cintura de la enfadada joven que estaba dispuesta a marcharse de ahí, y la hizo girar hasta quedar cara a cara conmigo. Agarrando a duras penas el puñal logré aprisionar con dicha mano una de las suyas y hacer que entre ambos empuñasemos el arma. Relajé la intensidad de mi mirada, tornándola vaga, inexpresiva. Mis ojos vacíos, lejos de portar su habitual frialdad o seriedad, se limitaron a fijarse sobre el puñal que comenzaba a describir una trayectoria.
El filo volvió a perforar, esta vez levemente, la palma de mi mano. La sangre, de un rojo brillante, comenzó a manar de forma tímida.
-Desahógate. Desgarra mi carne, rompe mis tejidos. Mutila mis células. Será mucho más satisfactorio que clavar el arma en cualquier objeto desprovisto de vida -Hundí más aún el filo en mi mano. La sangre comenzó a fluir con rapidez-. Hay dos tipos de personas en este mundo, pequeña asesina caprichosa; las que mantienen un cierto autodominio, y las que irremediablemente, tarde o temprano, pierden el control.
Intenté seguir clavando el puñal, pero su mano, que también sujetaba la empuñadura, ejercía la fuerza hacia el lado contrario. La dirección equivocada.
-¿Ya no quieres seguir? Pues aprende a controlarte. Guárdate esos arranques de ira para quien tenga paciencia como para soportarlos -Liberé el primer sello y me arranqué el cuchillo que prácticamente me había atravesado la mano. Después concentré uno de los hilos principales de poder en sanar aquella herida. Se fue cerrando lentamente-. Ni tú, ni todas las palabras que puedan salir de esos bonitos labios conseguirán herirme.
Dejé caer el puñal y éste rebotó contra el suelo.
-Ahora será mejor que duermas algo y te serenes. En cuanto rompa la tarde pondremos rumbo a la mansión del cliente. Sólo hay una cama, pero creo que ya hemos dejado claras nuestras posiciones. Para cuando vuelva ya te habrás dormido.
Me giré y mis pasos resonaron en la habitación hasta que mi silueta desapareció tras la puerta del baño. En silencio, mientras me desvestía, pensaba en cómo demonios había llegado a acabar así un día que se había presentado idílico.
Contemplé su puesta en escena sin permitir que mi rostro reflejase lo mucho que me estaba haciendo hervir la sangre. En el último momento tuve que apretar los dientes con fuerza para evitar que de mi boca salieran toda clase de improperios. Conocía una venganza mucho más cruel.
Me levanté del suelo y desclavé el puñal de la madera. El brazo que tenía libre aferró la cintura de la enfadada joven que estaba dispuesta a marcharse de ahí, y la hizo girar hasta quedar cara a cara conmigo. Agarrando a duras penas el puñal logré aprisionar con dicha mano una de las suyas y hacer que entre ambos empuñasemos el arma. Relajé la intensidad de mi mirada, tornándola vaga, inexpresiva. Mis ojos vacíos, lejos de portar su habitual frialdad o seriedad, se limitaron a fijarse sobre el puñal que comenzaba a describir una trayectoria.
El filo volvió a perforar, esta vez levemente, la palma de mi mano. La sangre, de un rojo brillante, comenzó a manar de forma tímida.
-Desahógate. Desgarra mi carne, rompe mis tejidos. Mutila mis células. Será mucho más satisfactorio que clavar el arma en cualquier objeto desprovisto de vida -Hundí más aún el filo en mi mano. La sangre comenzó a fluir con rapidez-. Hay dos tipos de personas en este mundo, pequeña asesina caprichosa; las que mantienen un cierto autodominio, y las que irremediablemente, tarde o temprano, pierden el control.
Intenté seguir clavando el puñal, pero su mano, que también sujetaba la empuñadura, ejercía la fuerza hacia el lado contrario. La dirección equivocada.
-¿Ya no quieres seguir? Pues aprende a controlarte. Guárdate esos arranques de ira para quien tenga paciencia como para soportarlos -Liberé el primer sello y me arranqué el cuchillo que prácticamente me había atravesado la mano. Después concentré uno de los hilos principales de poder en sanar aquella herida. Se fue cerrando lentamente-. Ni tú, ni todas las palabras que puedan salir de esos bonitos labios conseguirán herirme.
Dejé caer el puñal y éste rebotó contra el suelo.
-Ahora será mejor que duermas algo y te serenes. En cuanto rompa la tarde pondremos rumbo a la mansión del cliente. Sólo hay una cama, pero creo que ya hemos dejado claras nuestras posiciones. Para cuando vuelva ya te habrás dormido.
Me giré y mis pasos resonaron en la habitación hasta que mi silueta desapareció tras la puerta del baño. En silencio, mientras me desvestía, pensaba en cómo demonios había llegado a acabar así un día que se había presentado idílico.
Viejos recuerdos 11
NATSUKI
Jadeé, abrumada por su presencia, aunque mi cuerpo, mucho más rápido que mi cerebro, actuó por cuenta propia. Mi pierna se movió a toda velocidad y él, que estaba muy ocupado en demostrar su magnificencia, no pudo esquivar la patada que le asesté en la rodilla. En esa postura no era probable que le hubiese dislocado la articulación, pero de todas formas perdió el equilibrio y yo me lo quité de encima con violencia.
Cayó al suelo con una dignidad que no debería poder tener alguien al que acaban de golpear, sin embargo, ahora era yo la que le miraba desde arriba y me sentí mucho mejor. Estaba indignada, ofendida y cabreada, había logrado despertar mi lado más violento y en ese momento tan solo quería hacerle mucho daño.
Coloqué las manos en mis caderas, en un gran esfuerzo por no tener dos puños con los que golpear y le miré con fría furia. Si mis miradas matasen, si pudiese lanzar rayos por los ojos, aquel habría sido el momento en que se hubiese desvelado.
-No te confundas –dije con voz calmada, la calma tensa que precede a la tormenta-. No soy ninguna perra en celo, no necesito nada de nadie y te aseguro que si quisiera algo de ti, ahora mismo estarías en esa cama, experimentando la mejor noche de toda tu vida.
Avancé un paso, cerniéndome sobre él y extrayendo un puñal de la manga.
-Soy la mejor asesina que puedas a encontrar, no necesito niñeras, no busco en ti un amante o un amigo, aunque no seas capaz de verlo ya no tengo quince años. El pasado no existe, tan solo el futuro. Y nuestro futuro es hacer este maldito trabajo y volver a ser dos desconocidos.
Apreté el puñal en mi mano, empleando toda mi energía en controlar ese lado salvaje que hacía tiempo no afloraba en mí. Finalmente, lo lancé junto a él, clavándolo en el suelo con un golpe seco.
-No eres dios, Shinichi Sanagawa, a veces logras parecerlo, pero no eres dios –añadí, más para mí que para él-. Espero que arregles todo ese papeleo cuanto antes, yo me voy a buscar algo que romper.
Jadeé, abrumada por su presencia, aunque mi cuerpo, mucho más rápido que mi cerebro, actuó por cuenta propia. Mi pierna se movió a toda velocidad y él, que estaba muy ocupado en demostrar su magnificencia, no pudo esquivar la patada que le asesté en la rodilla. En esa postura no era probable que le hubiese dislocado la articulación, pero de todas formas perdió el equilibrio y yo me lo quité de encima con violencia.
Cayó al suelo con una dignidad que no debería poder tener alguien al que acaban de golpear, sin embargo, ahora era yo la que le miraba desde arriba y me sentí mucho mejor. Estaba indignada, ofendida y cabreada, había logrado despertar mi lado más violento y en ese momento tan solo quería hacerle mucho daño.
Coloqué las manos en mis caderas, en un gran esfuerzo por no tener dos puños con los que golpear y le miré con fría furia. Si mis miradas matasen, si pudiese lanzar rayos por los ojos, aquel habría sido el momento en que se hubiese desvelado.
-No te confundas –dije con voz calmada, la calma tensa que precede a la tormenta-. No soy ninguna perra en celo, no necesito nada de nadie y te aseguro que si quisiera algo de ti, ahora mismo estarías en esa cama, experimentando la mejor noche de toda tu vida.
Avancé un paso, cerniéndome sobre él y extrayendo un puñal de la manga.
-Soy la mejor asesina que puedas a encontrar, no necesito niñeras, no busco en ti un amante o un amigo, aunque no seas capaz de verlo ya no tengo quince años. El pasado no existe, tan solo el futuro. Y nuestro futuro es hacer este maldito trabajo y volver a ser dos desconocidos.
Apreté el puñal en mi mano, empleando toda mi energía en controlar ese lado salvaje que hacía tiempo no afloraba en mí. Finalmente, lo lancé junto a él, clavándolo en el suelo con un golpe seco.
-No eres dios, Shinichi Sanagawa, a veces logras parecerlo, pero no eres dios –añadí, más para mí que para él-. Espero que arregles todo ese papeleo cuanto antes, yo me voy a buscar algo que romper.
14 junio 2009
Viejos Recuerdos 10
SHINICHI
Que me dijese que no iba a consentir que le diera órdenes fue un golpe que hirió directamente mi orgullo. Acentué aún más la frialdad de mis ojos, si es que eso era posible.
¿Qué absurdo motivo me impulsaría a querer subyugar su voluntad?
-Muy bien. En ese caso yo también quiero aclarar una serie de puntos -Coloqué la espada sobre el escritorio-. Primero, hasta que no oiga de los labios de mi cliente que tu presencia aquí ha sido solicitada por él, no te consideraré mi compañera en este asunto. Segundo, nuestra relación laboral se limitará a la cooperación, única y exclusivamente. En caso de que tengamos que desplazarnos a otro lado haremos el viaje juntos pero nada más. Cada cual por se las apañará por su cuenta, no pienso hacer de niñera.
Me separé de la pared y alcé una mano hasta dejarla a la altura de mi cabeza. Dos de mis dedos se elevaron antes de que continuara hablando.
-Y tercero -Levanté ligeramente una ceja y el último dedo en mi mano-, espero que sepas dejar el pasado en su sitio. En otras palabras: fuera de esta misión.
Caminé lentamente hacia el borde de la cama y fui imponiendo mi presencia hasta que no le quedó más remedio que tumbarse y aguantarme la mirada desde abajo. Mis brazos se apoyaron sobre el colchón poco más arriba de sus hombros.
-Así que ya sabes. Largate de esta habitación ahora mismo antes de que tus instintos más bajos afloren a la superficie.
¿Quería respeto? Pues lo iba a tener. Yo era todo un caballero y no pensaba tocarle ni un pelo.
Que me dijese que no iba a consentir que le diera órdenes fue un golpe que hirió directamente mi orgullo. Acentué aún más la frialdad de mis ojos, si es que eso era posible.
¿Qué absurdo motivo me impulsaría a querer subyugar su voluntad?
-Muy bien. En ese caso yo también quiero aclarar una serie de puntos -Coloqué la espada sobre el escritorio-. Primero, hasta que no oiga de los labios de mi cliente que tu presencia aquí ha sido solicitada por él, no te consideraré mi compañera en este asunto. Segundo, nuestra relación laboral se limitará a la cooperación, única y exclusivamente. En caso de que tengamos que desplazarnos a otro lado haremos el viaje juntos pero nada más. Cada cual por se las apañará por su cuenta, no pienso hacer de niñera.
Me separé de la pared y alcé una mano hasta dejarla a la altura de mi cabeza. Dos de mis dedos se elevaron antes de que continuara hablando.
-Y tercero -Levanté ligeramente una ceja y el último dedo en mi mano-, espero que sepas dejar el pasado en su sitio. En otras palabras: fuera de esta misión.
Caminé lentamente hacia el borde de la cama y fui imponiendo mi presencia hasta que no le quedó más remedio que tumbarse y aguantarme la mirada desde abajo. Mis brazos se apoyaron sobre el colchón poco más arriba de sus hombros.
-Así que ya sabes. Largate de esta habitación ahora mismo antes de que tus instintos más bajos afloren a la superficie.
¿Quería respeto? Pues lo iba a tener. Yo era todo un caballero y no pensaba tocarle ni un pelo.
Viejos recuerdos 9
NATSUKI
Recogí mis cosas en un instante y le seguí sin vacilar. No me di cuenta de la claridad que había hasta que salimos del bosque y comprobé asombrada que había amanecido hacía un rato. ¿Desde cuando estaba yo tan desorientada?
Me guió hasta un pequeño pueblecito que parecía haberse quedado anclado en el pasado, varios siglos atrás. Callejeando llegamos hasta un sencillo edificio de dos plantas que parecía hacer las veces de posada. Shinichi no se volvió en ningún momento y, en silencio, le seguí escaleras arriba, hasta una de las habitaciones. Al entrar tras él en su habitación, sentí un incómodo déjà vu, de pronto fue como si tuviese diecisiete años una vez más. Definitivamente, no me gustaba nada toda aquella estúpida coincidencia. Intentando borrar esa sensación, dejé mi bolsa junto a la puerta y avancé por la habitación, observando todos los detalles. Era un cuarto muy simple, con una gran cama en el centro, un escritorio con su silla en una esquina y, escondido en un rincón, un pequeño cuarto de baño. ¿Podría comprobar si había bañera sin que él volviese a sacar su espada?
-Siéntate –dijo él, cortando mi investigación en el mejor momento.
Obedecí mecánicamente, acomodándome en el borde de la cama. Él se apoyó contra la pared en una ensayada pose despreocupada, que en realidad le dejaba en la posición ideal para saltar sobre mí.
-Me envían de la capital –empecé, sin esperar invitación-. Al parecer vuestro cliente a solicitado el apoyo de alguien más y mis jefes han decidido que yo sea ese alguien. No tengo ni idea de qué va todo esto, no sé cual es la misión o en qué consiste lo que estás haciendo, pero se supone que debo ayudarte en todo lo que pueda.
Le observé, intentando descifrar alguna reacción en su rostro, pero como era habitual, fue como intentar entender a una pared. Vacilé un momento antes de continuar.
-Sin embargo, ya te advierto hay muy pocas personas en este mundo a las que consienta darme órdenes y tú no eres una de ellas. Sé que sociabilidad no es una palabra de tu vocabulario, tampoco pretendo que lo sea, así me gustas más –añadí con picardía en un impulso estúpido-, pero al menos procura respetarme. Debemos trabajar juntos, puede que tu no lo quieras, puede que yo no lo quiera, pero nos pagan por hacer esto y lo mínimo es hacerlo bien.
Su mirada me taladraba sin piedad y yo empezaba a notar el cansancio. ¿Podría conseguir una habitación yo también?
Recogí mis cosas en un instante y le seguí sin vacilar. No me di cuenta de la claridad que había hasta que salimos del bosque y comprobé asombrada que había amanecido hacía un rato. ¿Desde cuando estaba yo tan desorientada?
Me guió hasta un pequeño pueblecito que parecía haberse quedado anclado en el pasado, varios siglos atrás. Callejeando llegamos hasta un sencillo edificio de dos plantas que parecía hacer las veces de posada. Shinichi no se volvió en ningún momento y, en silencio, le seguí escaleras arriba, hasta una de las habitaciones. Al entrar tras él en su habitación, sentí un incómodo déjà vu, de pronto fue como si tuviese diecisiete años una vez más. Definitivamente, no me gustaba nada toda aquella estúpida coincidencia. Intentando borrar esa sensación, dejé mi bolsa junto a la puerta y avancé por la habitación, observando todos los detalles. Era un cuarto muy simple, con una gran cama en el centro, un escritorio con su silla en una esquina y, escondido en un rincón, un pequeño cuarto de baño. ¿Podría comprobar si había bañera sin que él volviese a sacar su espada?
-Siéntate –dijo él, cortando mi investigación en el mejor momento.
Obedecí mecánicamente, acomodándome en el borde de la cama. Él se apoyó contra la pared en una ensayada pose despreocupada, que en realidad le dejaba en la posición ideal para saltar sobre mí.
-Me envían de la capital –empecé, sin esperar invitación-. Al parecer vuestro cliente a solicitado el apoyo de alguien más y mis jefes han decidido que yo sea ese alguien. No tengo ni idea de qué va todo esto, no sé cual es la misión o en qué consiste lo que estás haciendo, pero se supone que debo ayudarte en todo lo que pueda.
Le observé, intentando descifrar alguna reacción en su rostro, pero como era habitual, fue como intentar entender a una pared. Vacilé un momento antes de continuar.
-Sin embargo, ya te advierto hay muy pocas personas en este mundo a las que consienta darme órdenes y tú no eres una de ellas. Sé que sociabilidad no es una palabra de tu vocabulario, tampoco pretendo que lo sea, así me gustas más –añadí con picardía en un impulso estúpido-, pero al menos procura respetarme. Debemos trabajar juntos, puede que tu no lo quieras, puede que yo no lo quiera, pero nos pagan por hacer esto y lo mínimo es hacerlo bien.
Su mirada me taladraba sin piedad y yo empezaba a notar el cansancio. ¿Podría conseguir una habitación yo también?
Viejos Recuerdos 8
SHINICHI
Enarqué una ceja, incrédulo desde mi posición que no terminaba de ser totalmente cercana a ella.
-¿Y qué te hace pensar que voy a aceptar que trabajes conmigo?
Volví a la carga y le taladré con la mirada. El trato con los demás seres humanos estaba bastante oxidado en mi interior. Me atribuía un aspecto brusco y un carácter asalvajado del que sin duda no quería hacer gala. Recompuse la oración de tal manera que sonase un poco más educada.
-No tengo órdenes de compartir la misión. Ni deseos de ello.
Imposible. Era como ir en contra de la naturaleza. El paso del tiempo me había permitido sepultar bien hondo esos sentimientos inútiles que entorpecían mi vida, pero hasta ahora no había reparado en que también se habían llevado mi educación.
Con delicadeza me cambié de mano la espada y le ofrecí la que había quedado libre para ayudarla a levantarse. Al principio la miró con desconfianza, cosa que no era de extrañar después de las corrosivas palabras que habían salido de mi boca, pero tras unos segundos de duda la estrechó y se impulsó hacia delante.
Apreté su mano con fuerza durante su cambio de posición, y la acerqué hacia mi rostro una vez estuvo en pie. Me detuve a examinarla en silencio. Recorrí con la mirada su cara, intentando averiguar donde se ocultaban las formas redondeadas y aniñadas de antaño.
-Si que has cambiado, Natsuki -Murmuré concentrado en mi labor.
Al cabo de un rato me separé de ella y solté su mano. Que a tan corta distancia no me hubiera atacado era una buena señal. Con un movimiento rápido me volví a colgar la espada y me separé un par de pasos. Crucé los brazos y mis ojos le dedicaron una mirada inquisidora.
-Ahora me vas a explicar con calma de qué va todo esto. Pero no aquí. Sígueme.
Pasé por su lado y la adelanté en un par de pasos. No me giré para comprobar si venía o no. Una remota e ínfima parte de mí se estremecía ante la idea de agitar todos aquellos viejos recuerdos.
Enarqué una ceja, incrédulo desde mi posición que no terminaba de ser totalmente cercana a ella.
-¿Y qué te hace pensar que voy a aceptar que trabajes conmigo?
Volví a la carga y le taladré con la mirada. El trato con los demás seres humanos estaba bastante oxidado en mi interior. Me atribuía un aspecto brusco y un carácter asalvajado del que sin duda no quería hacer gala. Recompuse la oración de tal manera que sonase un poco más educada.
-No tengo órdenes de compartir la misión. Ni deseos de ello.
Imposible. Era como ir en contra de la naturaleza. El paso del tiempo me había permitido sepultar bien hondo esos sentimientos inútiles que entorpecían mi vida, pero hasta ahora no había reparado en que también se habían llevado mi educación.
Con delicadeza me cambié de mano la espada y le ofrecí la que había quedado libre para ayudarla a levantarse. Al principio la miró con desconfianza, cosa que no era de extrañar después de las corrosivas palabras que habían salido de mi boca, pero tras unos segundos de duda la estrechó y se impulsó hacia delante.
Apreté su mano con fuerza durante su cambio de posición, y la acerqué hacia mi rostro una vez estuvo en pie. Me detuve a examinarla en silencio. Recorrí con la mirada su cara, intentando averiguar donde se ocultaban las formas redondeadas y aniñadas de antaño.
-Si que has cambiado, Natsuki -Murmuré concentrado en mi labor.
Al cabo de un rato me separé de ella y solté su mano. Que a tan corta distancia no me hubiera atacado era una buena señal. Con un movimiento rápido me volví a colgar la espada y me separé un par de pasos. Crucé los brazos y mis ojos le dedicaron una mirada inquisidora.
-Ahora me vas a explicar con calma de qué va todo esto. Pero no aquí. Sígueme.
Pasé por su lado y la adelanté en un par de pasos. No me giré para comprobar si venía o no. Una remota e ínfima parte de mí se estremecía ante la idea de agitar todos aquellos viejos recuerdos.
Viejos recuerdos 7
NATSUKI:
Me quedé sentada frente a él, mirando sin ver, concentrada en mis propios pensamientos. ¿Cómo diablos no me había dado cuenta antes? Con el forcejeo, la yukata se había abierto un poco, revelando el vendaje que cubría su pecho y ocultaba un hermoso tatuaje que yo ya conocía. Un hombre joven, me habían dicho, con tatuaje y una espada que no es espada. Una sonrisa incrédula inundó mi rostro mientras le miraba embobada, sin poder creérmelo todavía. ¿Qué posibilidad tenía de encontrar a una persona parecida a Shinichi en aquel bosque... en todo el planeta? Nadie más que él podía ser tan detestablemente atractivo y despertar mi instinto asesino de esa forma.
-Dime, Sinichi Sanagawa –dije, pronunciando su nombre completo una vez más. Me gustaba escucharlo y me parecía que así tal vez conseguiría convencerme de que todo aquello no era un mal chiste-. ¿De veras crees que ahora estoy completamente desarmada? ¿Tan mala es tu memoria? Tu tienes un arma, no sabes cuántas llevo yo. ¿Quieres que bailemos de nuevo?
Se preparó para recibir mi ataque y yo no pude más que echarme a reír. Iba a ser una misión mucho más complicada de lo que había pensado en un principio, sí, pero también mucho más entretenida.
-Baja esa maldita espada, vas a terminar haciendo daño a alguien –espeté, confusa, furiosa y divertida cuando comprobé que él seguía a la defensiva.
Me desplomé sobre la hierba, respirando con suavidad, reconstruyendo todos mis esquemas mentales, que de pronto parecían haberse derrumbado. Le escuché acercarse, todavía espada en mano, pero al menos en una postura más relajada. Volví a cerrar los ojos, sabiendo que él no me atacaría a traición y mucho menos cuando parecía indefensa.
-Es curioso –murmuré, sonriendo y sin abrir los ojos-, ver por dónde nos lleva la vida. Estaba segura de que ya formabas parte de ese pasado que siempre intento borrar, no me gustan los recuerdos. Y de repente, mírate, reapareces ante mí tan prepotente como siempre... Lo más gracioso es que yo no sabía que tenía que buscarte hasta que te he encontrado... Nunca pensé... Aunque si lo miras con detenimiento, imagino que el peligroso espadachín no podía ser nadie más que tú...
Abrí los ojos, buscando su mirada con determinación. Era extraño estar tumbada a sus pies e intentar demostrar fuerza y poderío a la vez, pero creo que no me salió muy mal. Él me sostuvo la mirada sin vacilar un segundo.
-Vas a tener que aguantarme una buena temporada, Shinichi Sanagawa, porque a partir de ahora trabajamos juntos.
Me quedé sentada frente a él, mirando sin ver, concentrada en mis propios pensamientos. ¿Cómo diablos no me había dado cuenta antes? Con el forcejeo, la yukata se había abierto un poco, revelando el vendaje que cubría su pecho y ocultaba un hermoso tatuaje que yo ya conocía. Un hombre joven, me habían dicho, con tatuaje y una espada que no es espada. Una sonrisa incrédula inundó mi rostro mientras le miraba embobada, sin poder creérmelo todavía. ¿Qué posibilidad tenía de encontrar a una persona parecida a Shinichi en aquel bosque... en todo el planeta? Nadie más que él podía ser tan detestablemente atractivo y despertar mi instinto asesino de esa forma.
-Dime, Sinichi Sanagawa –dije, pronunciando su nombre completo una vez más. Me gustaba escucharlo y me parecía que así tal vez conseguiría convencerme de que todo aquello no era un mal chiste-. ¿De veras crees que ahora estoy completamente desarmada? ¿Tan mala es tu memoria? Tu tienes un arma, no sabes cuántas llevo yo. ¿Quieres que bailemos de nuevo?
Se preparó para recibir mi ataque y yo no pude más que echarme a reír. Iba a ser una misión mucho más complicada de lo que había pensado en un principio, sí, pero también mucho más entretenida.
-Baja esa maldita espada, vas a terminar haciendo daño a alguien –espeté, confusa, furiosa y divertida cuando comprobé que él seguía a la defensiva.
Me desplomé sobre la hierba, respirando con suavidad, reconstruyendo todos mis esquemas mentales, que de pronto parecían haberse derrumbado. Le escuché acercarse, todavía espada en mano, pero al menos en una postura más relajada. Volví a cerrar los ojos, sabiendo que él no me atacaría a traición y mucho menos cuando parecía indefensa.
-Es curioso –murmuré, sonriendo y sin abrir los ojos-, ver por dónde nos lleva la vida. Estaba segura de que ya formabas parte de ese pasado que siempre intento borrar, no me gustan los recuerdos. Y de repente, mírate, reapareces ante mí tan prepotente como siempre... Lo más gracioso es que yo no sabía que tenía que buscarte hasta que te he encontrado... Nunca pensé... Aunque si lo miras con detenimiento, imagino que el peligroso espadachín no podía ser nadie más que tú...
Abrí los ojos, buscando su mirada con determinación. Era extraño estar tumbada a sus pies e intentar demostrar fuerza y poderío a la vez, pero creo que no me salió muy mal. Él me sostuvo la mirada sin vacilar un segundo.
-Vas a tener que aguantarme una buena temporada, Shinichi Sanagawa, porque a partir de ahora trabajamos juntos.
Viejos Recuerdos 6
SHINICHI:
Esos ojos los había visto antes. Pequeñas motas oscuras surcaban el verde limpio de su mirada. Trataba de ubicar su rostro, su voz, su aspecto, su estilo de lucha...
Había mucha gente que conocía mi nombre. Demasiada para mi gusto.
La chica aflojó la presión sobre mi cuerpo y se retiró mirandome de una manera que me resultaba muy extraña. El fondo de sus ojos brillaba y me sonreía. Tan sólo me hizo falta escuchar de nuevo su voz para entender su reacción.
Aquellas palabras arrastraron una serie de recuerdos que desfilaron por mi mente de forma fugaz. Fogonazos, destellos, retazos de un pasado no muy lejano afloraron a la superficie de inmediato. Y con ellos vino un nombre.
Natsuki Miyoshi.
Calculé el peso que su cuerpo podría llegar a ejercer sobre el mío en caso de que volviese a hacer presión, e incluso de que incrementara la anterior. No era suficiente. Si hubiese sido un hombre corpulento podría haberlo pasado mal en esta posición, pero ella era más ligera que yo.
Iba a poner fin a esta estúpida pantomima que me estaba empezando a sacar de quicio. Demasiadas sorpresas en un día que había prometido no darme quebraderos de cabeza.
Me deshice de su agarre en mis muñecas con violencia, impulsando mi cuerpo contra el suyo hasta que hicimos colisión. Nos habíamos dado un buen cabezazo, pero el Ichigen no tardó demasiado en disipar el dolor. La herida de la mano tampoco sangraba. Por suerte, a ella el golpe la desorientó lo justo para darme tiempo a actuar.
Me zafé de la presa de sus piernas y la dejé sentada en la hierba. La espada quedaba un poco lejos de nosotros, así que me arrastré hacia ella para no perder tiempo y la empuñé de forma amenazadora. Sentado, resoplando y bastante confundido por la impactante impresión de tener frente a mí un recuerdo que suponía enterrado para siempre, le advertí con voz ronca.
-No te muevas. Si insistes en seguir con esto será peor.
Sinceramente, esperaba que no se hubiese convertido en un enemigo más. Matarla me dejaría mal sabor de boca.
Mi respiración se ralentizó poco a poco y una ola de orgullo se filtró a mis pensamientos. Un pensamiento demasiado vanidoso resonó en mi cabeza. No pude evitar esbozar una sonrisa torcida sin dejar de prestar atención a cualquier posible movimiento que ejecutara.
¿Me echabas de menos, Natsuki?
Esos ojos los había visto antes. Pequeñas motas oscuras surcaban el verde limpio de su mirada. Trataba de ubicar su rostro, su voz, su aspecto, su estilo de lucha...
Había mucha gente que conocía mi nombre. Demasiada para mi gusto.
La chica aflojó la presión sobre mi cuerpo y se retiró mirandome de una manera que me resultaba muy extraña. El fondo de sus ojos brillaba y me sonreía. Tan sólo me hizo falta escuchar de nuevo su voz para entender su reacción.
Aquellas palabras arrastraron una serie de recuerdos que desfilaron por mi mente de forma fugaz. Fogonazos, destellos, retazos de un pasado no muy lejano afloraron a la superficie de inmediato. Y con ellos vino un nombre.
Natsuki Miyoshi.
Calculé el peso que su cuerpo podría llegar a ejercer sobre el mío en caso de que volviese a hacer presión, e incluso de que incrementara la anterior. No era suficiente. Si hubiese sido un hombre corpulento podría haberlo pasado mal en esta posición, pero ella era más ligera que yo.
Iba a poner fin a esta estúpida pantomima que me estaba empezando a sacar de quicio. Demasiadas sorpresas en un día que había prometido no darme quebraderos de cabeza.
Me deshice de su agarre en mis muñecas con violencia, impulsando mi cuerpo contra el suyo hasta que hicimos colisión. Nos habíamos dado un buen cabezazo, pero el Ichigen no tardó demasiado en disipar el dolor. La herida de la mano tampoco sangraba. Por suerte, a ella el golpe la desorientó lo justo para darme tiempo a actuar.
Me zafé de la presa de sus piernas y la dejé sentada en la hierba. La espada quedaba un poco lejos de nosotros, así que me arrastré hacia ella para no perder tiempo y la empuñé de forma amenazadora. Sentado, resoplando y bastante confundido por la impactante impresión de tener frente a mí un recuerdo que suponía enterrado para siempre, le advertí con voz ronca.
-No te muevas. Si insistes en seguir con esto será peor.
Sinceramente, esperaba que no se hubiese convertido en un enemigo más. Matarla me dejaría mal sabor de boca.
Mi respiración se ralentizó poco a poco y una ola de orgullo se filtró a mis pensamientos. Un pensamiento demasiado vanidoso resonó en mi cabeza. No pude evitar esbozar una sonrisa torcida sin dejar de prestar atención a cualquier posible movimiento que ejecutara.
¿Me echabas de menos, Natsuki?
Viejos recuerdos 5
NATSUKI
Antes de verlo, pude sentirlo. No es una sensación que sabría expresar con palabras, no es un cosquilleo ni un presentimiento o una corriente eléctrica que me recorra. Simplemente, yo ya lo había experimentado antes. Casi podía percibir fluir el poder en él y sus células revolucionarse.
La delicada línea negra que surcó su mejilla fue peor que cualquier ataque físico que me pudiese haber lanzado. De pronto, los recuerdos afloraron, nítidos en mi cerebro, que en un instante revivió todos y cada uno de los momentos de un caótico año de instituto.
La herida de su mano empezó a cerrarse, con mi sai todavía atravesándole y yo, ni corta ni perezosa, di un tirón seco, arrancándolo de la presa de piel que empezaba a formarse. Durante un segundo creí atisbar algo que parecía una expresión de dolor, pero en seguida desapareció.
Aproveché para afianzar la presa de mis piernas en sus caderas e, inclinándome con suavidad, apresé sus manos por encima de su cabeza contra el suelo.
Me sentía poderosa allí encima, a horcajadas sobre él, notando todo su cuerpo en tensión. Intentó deshacerse de mi presa, obligándome a soltarlo por la fuerza, pero yo tenía una posición ventajosa y logré mantenerlo en su sitio.
Ambos jadeábamos, nuestros rostros apretados para permitirme hacer la fuerza necesaria, nuestro aliento entrecortado fundiéndose en una única respiración.
-Shinichi Sanagawa –murmuré con voz aterciopelada contra su boca-. Solo tú puedes hacerle guarrerías a mis sais.
Me escrutó, impasible, quizás intentando hallar en mí algún rasgo conocido, quizás intentando confirmar lo que la razón se negaba a aceptar. Sonreí con picardía, pero me alejé un poco, sintiéndome confusa yo también. Todo aquello parecía un mal sueño y el hombre que se debatía entre mis piernas no debería ser más que un fantasma salido de mis recuerdos. Sin embargo, su cercanía, su respiración, y el pasado me afectaban, probándome que su piel era tan real como la mía.
-Vamos, grandullón, haz un esfuerzo. Seguro que no conoces a muchas chicas que luchen desnudas y te ofrezcan sus cicatrices de guerra.
Antes de verlo, pude sentirlo. No es una sensación que sabría expresar con palabras, no es un cosquilleo ni un presentimiento o una corriente eléctrica que me recorra. Simplemente, yo ya lo había experimentado antes. Casi podía percibir fluir el poder en él y sus células revolucionarse.
La delicada línea negra que surcó su mejilla fue peor que cualquier ataque físico que me pudiese haber lanzado. De pronto, los recuerdos afloraron, nítidos en mi cerebro, que en un instante revivió todos y cada uno de los momentos de un caótico año de instituto.
La herida de su mano empezó a cerrarse, con mi sai todavía atravesándole y yo, ni corta ni perezosa, di un tirón seco, arrancándolo de la presa de piel que empezaba a formarse. Durante un segundo creí atisbar algo que parecía una expresión de dolor, pero en seguida desapareció.
Aproveché para afianzar la presa de mis piernas en sus caderas e, inclinándome con suavidad, apresé sus manos por encima de su cabeza contra el suelo.
Me sentía poderosa allí encima, a horcajadas sobre él, notando todo su cuerpo en tensión. Intentó deshacerse de mi presa, obligándome a soltarlo por la fuerza, pero yo tenía una posición ventajosa y logré mantenerlo en su sitio.
Ambos jadeábamos, nuestros rostros apretados para permitirme hacer la fuerza necesaria, nuestro aliento entrecortado fundiéndose en una única respiración.
-Shinichi Sanagawa –murmuré con voz aterciopelada contra su boca-. Solo tú puedes hacerle guarrerías a mis sais.
Me escrutó, impasible, quizás intentando hallar en mí algún rasgo conocido, quizás intentando confirmar lo que la razón se negaba a aceptar. Sonreí con picardía, pero me alejé un poco, sintiéndome confusa yo también. Todo aquello parecía un mal sueño y el hombre que se debatía entre mis piernas no debería ser más que un fantasma salido de mis recuerdos. Sin embargo, su cercanía, su respiración, y el pasado me afectaban, probándome que su piel era tan real como la mía.
-Vamos, grandullón, haz un esfuerzo. Seguro que no conoces a muchas chicas que luchen desnudas y te ofrezcan sus cicatrices de guerra.
Viejos Recuerdos 4
SHINICHI
Mis ojos observaron con frialdad la postura defensiva de la joven. Mi rostro se mantuvo impasible mientras mi cerebro resgistraba esa nueva información. Me había equivocado por completo. Aquella chica no era una de las desvalidas mujeres de la aldea.
Era un desafío.
Aún era demasiado pronto para pensar en liberar alguno de los tres sellos, antes de nada quería medir el alcance de su fuerza, su agilidad y sus habilidades. Nunca subestimes a un enemigo, pero tampoco muestres tus cartas a la primera de cambio.
Hice una finta desde mi posición y me lancé contra ella enarbolando la espada aún en su vaina. Un golpe frustrado, contraataques, estocadas. Piernas y brazos se movían ajustándose cada segundo a una nueva posición.
Justo entonces, después de un ataque demasiado efusivo por mi parte, sus manos ejecutaron un movimiento imposible aprovechando el impulso de la estocada, y sus sais se colocaron a ambos lados de la funda. Su rostro, parcialmente oculto por el pelo, y el mío, indiferente a pesar de estar en desventaja, quedaron frente a frente, otorgándonos el uno al otro la visión más clara de nuestro enemigo desde que habíamos empezado a luchar.
Me guiñó un ojo.
Acto seguido movió sus brazos hacia arriba. La presa de sus armas arrastró por completo la espada, mis manos se retiraron en un movimiento reflejo al sentir la quemazón ocasionada por la fricción. Cayó con un ruido sordo sobre la hierba. Aquello me distrajo, lo cual fue un error que a estas alturas no debería haber cometido.
La chica se lanzó contra mí y perdí el equilibrio. Mi espalda se golpeó contra la superficie herbácea del suelo. Ella no perdió ni un segundo y me inmovilizó con su cuerpo.
Lo demás sucedió en apenas un pestañeo.
Mi mano derecha se lanzó hacia su pierna, allí donde un extraño bulto marcaba su ropa, y tanteó la piel hasta dar con un pequeño cuchillo que retiró sin miramientos. Con ambas manos frené el impacto de sus sais, pero, como era de esperar, el filo se me hundió en la palma provocándome un ligero escozor. La cosa se estaba poniendo seria de verdad.
Se acabó. Pensé.
Me sumergí en mi interior y removí de forma mecánica el primer sello.
Liberar. Ordené a mi cerebro con frialdad.
La pequeña marca negra del Ichigen surcó mi mejilla.
Mis ojos observaron con frialdad la postura defensiva de la joven. Mi rostro se mantuvo impasible mientras mi cerebro resgistraba esa nueva información. Me había equivocado por completo. Aquella chica no era una de las desvalidas mujeres de la aldea.
Era un desafío.
Aún era demasiado pronto para pensar en liberar alguno de los tres sellos, antes de nada quería medir el alcance de su fuerza, su agilidad y sus habilidades. Nunca subestimes a un enemigo, pero tampoco muestres tus cartas a la primera de cambio.
Hice una finta desde mi posición y me lancé contra ella enarbolando la espada aún en su vaina. Un golpe frustrado, contraataques, estocadas. Piernas y brazos se movían ajustándose cada segundo a una nueva posición.
Justo entonces, después de un ataque demasiado efusivo por mi parte, sus manos ejecutaron un movimiento imposible aprovechando el impulso de la estocada, y sus sais se colocaron a ambos lados de la funda. Su rostro, parcialmente oculto por el pelo, y el mío, indiferente a pesar de estar en desventaja, quedaron frente a frente, otorgándonos el uno al otro la visión más clara de nuestro enemigo desde que habíamos empezado a luchar.
Me guiñó un ojo.
Acto seguido movió sus brazos hacia arriba. La presa de sus armas arrastró por completo la espada, mis manos se retiraron en un movimiento reflejo al sentir la quemazón ocasionada por la fricción. Cayó con un ruido sordo sobre la hierba. Aquello me distrajo, lo cual fue un error que a estas alturas no debería haber cometido.
La chica se lanzó contra mí y perdí el equilibrio. Mi espalda se golpeó contra la superficie herbácea del suelo. Ella no perdió ni un segundo y me inmovilizó con su cuerpo.
Lo demás sucedió en apenas un pestañeo.
Mi mano derecha se lanzó hacia su pierna, allí donde un extraño bulto marcaba su ropa, y tanteó la piel hasta dar con un pequeño cuchillo que retiró sin miramientos. Con ambas manos frené el impacto de sus sais, pero, como era de esperar, el filo se me hundió en la palma provocándome un ligero escozor. La cosa se estaba poniendo seria de verdad.
Se acabó. Pensé.
Me sumergí en mi interior y removí de forma mecánica el primer sello.
Liberar. Ordené a mi cerebro con frialdad.
La pequeña marca negra del Ichigen surcó mi mejilla.
Viejos recuerdos 3
NATSUKI
Me deshice del engorroso saco y salté a un lado, fuera de su alcance. Mi brusca reacción se había debido, más que a percibir una amenaza real, a la sorpresa que me causó ver emerger una mano ente las sombras cuando ya estaba casi dormida.
Me quedé acuclillada, dispuesta a saltar de nuevo y darle una buena patada. Estaba oscuro y apenas podía verle la cara a mi atacante, aunque parecía un chico joven, de mi edad quizás, y su pelo era... si, era larguísimo, recogido en una coleta. Llevaba una cómoda yukata veraniega y parecía casi tan sorprendido como yo.
-¿Quién demonios eres? –interrogué con voz tensa.
Inclinó la cabeza sin responder, como si intentase averiguar antes quién era yo. Entonces hizo un pequeño movimiento hacia la derecha, que podría haber servido tanto para colocarse la ropa como para prepararse para atacar. No lo pensé dos veces. Con un fugaz movimiento le lancé uno de los cuchillos que escondía entre los pliegues de mi ropa y, mientras él se ocupaba en esquivarlo, yo me abalancé sobre la bolsa junto a la que había estado durmiendo. No vacilé al sacar una pareja de imponentes sais y plantar con firmeza los pies en el suelo, adoptando una postura claramente defensiva.
Si era algún campesino molesto, había ido a encontrarse con la persona menos adecuada. Si suponía alguna amenaza, pronto me lo quitaría de en medio. Todo dependía de cual fuese su próximo movimiento.
Me deshice del engorroso saco y salté a un lado, fuera de su alcance. Mi brusca reacción se había debido, más que a percibir una amenaza real, a la sorpresa que me causó ver emerger una mano ente las sombras cuando ya estaba casi dormida.
Me quedé acuclillada, dispuesta a saltar de nuevo y darle una buena patada. Estaba oscuro y apenas podía verle la cara a mi atacante, aunque parecía un chico joven, de mi edad quizás, y su pelo era... si, era larguísimo, recogido en una coleta. Llevaba una cómoda yukata veraniega y parecía casi tan sorprendido como yo.
-¿Quién demonios eres? –interrogué con voz tensa.
Inclinó la cabeza sin responder, como si intentase averiguar antes quién era yo. Entonces hizo un pequeño movimiento hacia la derecha, que podría haber servido tanto para colocarse la ropa como para prepararse para atacar. No lo pensé dos veces. Con un fugaz movimiento le lancé uno de los cuchillos que escondía entre los pliegues de mi ropa y, mientras él se ocupaba en esquivarlo, yo me abalancé sobre la bolsa junto a la que había estado durmiendo. No vacilé al sacar una pareja de imponentes sais y plantar con firmeza los pies en el suelo, adoptando una postura claramente defensiva.
Si era algún campesino molesto, había ido a encontrarse con la persona menos adecuada. Si suponía alguna amenaza, pronto me lo quitaría de en medio. Todo dependía de cual fuese su próximo movimiento.
Viejos Recuerdos 2
SHINICHI:
El sol brillaba con toda su fuerza aquel mediodía. El yukata que llevaba era ligero, de tela suave que ahora se pegaba a mi cuerpo. En aquel pequeño pueblo, la gente era de costumbres antiguas y viejas tradiciones, así que para pasar inadvertido había decidido confundirme con el entorno. Llevar la espada conmigo no era un problema, la mitad de los aldeanos portaban palos o armas muy rudimentarias que exhibían pagados de sí mismos.
Como cada mediodía, entré al bar de siempre y me senté en una esquina alejada. No quería tener nada que ver con aquellas gentes y sus banales conversaciones acerca de tierras o mujeres.
La hija del dueño se acercó a mi mesa haciendo gala de unos encantos que fingí pasar por alto. En cuanto le dije lo que quería, se marchó frustrada. ¿Era mucho pedir que no me molestasen cuando tenía que darle vueltas a un asunto importante?
El líquido fresquito inundó mi dolorida garganta al cabo de un rato. Mi mente pareció despertar ante aquel estímulo y aproveché la mañana meditando sobre el siguiente paso que debería dar para que la misión se desarrollara sin incidentes. Ahora que estaba tan cerca del final no me gustaba la idea de dejarlo a medias.
La tarde fue bastante tranquila. El camino del río, que atravesaba las preciadas hectáreas de bosque del que ahora era "mi mentor", era poco transitado, la gente apenas lo frecuentaba por la leyenda negra que envolvía al señor de la casa. En mi opinión, tonterias. Sin embargo, cuantas menos personas, menos trabajo para mí.
La tarde murió poco a poco y dio paso a una luna blanca y brillante que anunciaba la llegada de la noche. Las estrellas, pequeños puntitos de pintura dorada, fruto de un artista incomprendido sobre un lienzo celeste, hicieron su aparición más tarde.
Mis pies comenzaron a moverse de vuelta a la mansión para reportar mi informe e irme a dormir a la habitación de una pequeña pensión cercana. Rehusé vivir en aquel desmesurado hogar debido a la afluencia de criados que podrían descubrir lo que no debían.
Aquella noche, sin embargo, no fue como las demás. Tuvo que suplir la carencia de sobresaltos que había tenido la tarde.
A pocos metros por delante de mí se oía el ritmo cadencioso de una respiración humana. Aminoré la marcha, evitando la hojarasca tostada por el sol y moviendo mis pies como si fuesen plumas que apenas rozaban el suelo. Al llegar al lugar, un pequeño claro entre árboles, encontré una figura envuelta en un saco de dormir. Su larga melena negra me impedía reconocer su cara, pero tenía toda la pinta de ser una de las muchachas del pueblo que se habría escapado quién sabe por qué.
Mocosas caprichosas. Pensé frunciendo el ceño.
Tan solo la educación que había recibido a lo largo de los años me impidió darle con la funda de la espada para que se levantase. Además, evitaba usar la violencia en cuestiones no relacionadas con el trabajo.
Me agaché sin precaución y alcé la mano para poder tocar su rostro y zarandearla, pero algo inesperado me ocurrió en aquel momento. Las manos de la chica emergieron del saco e inmovilizaron la mía retorciéndola hasta casi torcerme el brazo para mantenerla fija en mi espalda. La confusión me duró apenas un par de segundos, agachado como estaba lancé una de mis piernas hacia su posición en un movimiento circular. Aprovechando la reducida movilidad del saco, me liberé de su presa y empujé su cuerpo para hacerla caer de lado.
La mujer se deshizo de su improvisada cama con facilidad, arrojándola lejos con un solo movimiento. Su mirada se clavó en la mía.
Ojos verdes moteados.
El sol brillaba con toda su fuerza aquel mediodía. El yukata que llevaba era ligero, de tela suave que ahora se pegaba a mi cuerpo. En aquel pequeño pueblo, la gente era de costumbres antiguas y viejas tradiciones, así que para pasar inadvertido había decidido confundirme con el entorno. Llevar la espada conmigo no era un problema, la mitad de los aldeanos portaban palos o armas muy rudimentarias que exhibían pagados de sí mismos.
Como cada mediodía, entré al bar de siempre y me senté en una esquina alejada. No quería tener nada que ver con aquellas gentes y sus banales conversaciones acerca de tierras o mujeres.
La hija del dueño se acercó a mi mesa haciendo gala de unos encantos que fingí pasar por alto. En cuanto le dije lo que quería, se marchó frustrada. ¿Era mucho pedir que no me molestasen cuando tenía que darle vueltas a un asunto importante?
El líquido fresquito inundó mi dolorida garganta al cabo de un rato. Mi mente pareció despertar ante aquel estímulo y aproveché la mañana meditando sobre el siguiente paso que debería dar para que la misión se desarrollara sin incidentes. Ahora que estaba tan cerca del final no me gustaba la idea de dejarlo a medias.
La tarde fue bastante tranquila. El camino del río, que atravesaba las preciadas hectáreas de bosque del que ahora era "mi mentor", era poco transitado, la gente apenas lo frecuentaba por la leyenda negra que envolvía al señor de la casa. En mi opinión, tonterias. Sin embargo, cuantas menos personas, menos trabajo para mí.
La tarde murió poco a poco y dio paso a una luna blanca y brillante que anunciaba la llegada de la noche. Las estrellas, pequeños puntitos de pintura dorada, fruto de un artista incomprendido sobre un lienzo celeste, hicieron su aparición más tarde.
Mis pies comenzaron a moverse de vuelta a la mansión para reportar mi informe e irme a dormir a la habitación de una pequeña pensión cercana. Rehusé vivir en aquel desmesurado hogar debido a la afluencia de criados que podrían descubrir lo que no debían.
Aquella noche, sin embargo, no fue como las demás. Tuvo que suplir la carencia de sobresaltos que había tenido la tarde.
A pocos metros por delante de mí se oía el ritmo cadencioso de una respiración humana. Aminoré la marcha, evitando la hojarasca tostada por el sol y moviendo mis pies como si fuesen plumas que apenas rozaban el suelo. Al llegar al lugar, un pequeño claro entre árboles, encontré una figura envuelta en un saco de dormir. Su larga melena negra me impedía reconocer su cara, pero tenía toda la pinta de ser una de las muchachas del pueblo que se habría escapado quién sabe por qué.
Mocosas caprichosas. Pensé frunciendo el ceño.
Tan solo la educación que había recibido a lo largo de los años me impidió darle con la funda de la espada para que se levantase. Además, evitaba usar la violencia en cuestiones no relacionadas con el trabajo.
Me agaché sin precaución y alcé la mano para poder tocar su rostro y zarandearla, pero algo inesperado me ocurrió en aquel momento. Las manos de la chica emergieron del saco e inmovilizaron la mía retorciéndola hasta casi torcerme el brazo para mantenerla fija en mi espalda. La confusión me duró apenas un par de segundos, agachado como estaba lancé una de mis piernas hacia su posición en un movimiento circular. Aprovechando la reducida movilidad del saco, me liberé de su presa y empujé su cuerpo para hacerla caer de lado.
La mujer se deshizo de su improvisada cama con facilidad, arrojándola lejos con un solo movimiento. Su mirada se clavó en la mía.
Ojos verdes moteados.
Viejos Recuerdos 1
Os traigo la primera parte de un relatillo que hemos titulado Marioneta y como ya venimos diciendo, escribiremos Mew y yo a medias, alternando los enfoques de nuestros respectivos personajes.
Nosotras estamos encantadas con la idea, pero ahora queda a vuestro juicio, espero algún comentario ^^
NATSUKI
El joven mensajero me encontró de pura casualidad. La verdad es que no me gustaba permanecer mucho tiempo en el mismo sitio, me sentía mejor viajando a la deriva, sin tener que preocuparme por nada. Así que fue una sorpresa, tanto para él como para mí, que dos semanas después de haber ocupado una sencilla habitación en un hotel cualquiera, me encontrase todavía en ella.
Llamó a la puerta con timidez y al verme pareció encogerse en el sitio. No era mi aspecto lo que le asustó, siempre había parecido frágil y debilucha, como una muñeca a punto de romperse. Pensé en mis anteriores visitas a la ciudad y recordé que solían precederme imaginativas historias sobre mí, mi espada y mi trabajo. ¿Qué rumores se habrían extendido aquella vez? No me dio tiempo a preguntar, apenas hubo cumplido su cometido, el chico se fue lo más rápido posible.
El mensaje era escueto y conciso, tenía un nuevo trabajo.
A mediodía me pasé por la pequeña tienda que hacía las veces de intermediaria entre los altos cargos y los pequeños peones que, como yo, se manchaban las manos una vez sí y otra también. Menkel, un hombre de aspecto quebradizo que estaba cada vez más cerca de celebrar los ochenta, estaba detrás del gastado mostrador. Me entregó el paquete con todos los detalles sin ningún comentario, tan solo una leve mirada de enfado.
Una vez pude sentarme a revisar los documentos, quedé relativamente tranquila, no parecía un encargo de especial dificultad. ¿Encontrar a un hombre sin nombre ni rostro? ¿Seguirle los pasos hasta averiguar su propósito para después sabotearle y hacerme con su misión? No, no parecía nada del otro mundo.
Salí aquella misma noche. Nunca llevaba mucho equipaje, lo justo para poder sobrevivir y desaparecer de cualquier lugar en un instante, sin dejar nada atrás. Aquella noche dormí a la intemperie, tan solo un pequeño alto en el camino para recuperar fuerzas. La noche siguiente ocurrió lo mismo, y la siguiente, y la siguiente.
No fue un viaje largo ni corto, no fue duro ni cómodo, simplemente era un paso tras otro.
La quinta noche desde mi salida de la ciudad llegué al lugar en que debería encontrar al desconocido. Estaba en una zona boscosa, en la que se escondían un par de pueblecitos casi aislados que disfrutaban de la paz que da la naturaleza. Me gustaba el lugar.
Allí debía buscar a un hombre fuerte, joven, con un característico tatuaje en el pecho que solía ocultar y armado con alguna especie de espada que en realidad no era una espada. Eran datos muy vagos, pero supuse que antes o después terminaría por encontrarlo, en un lugar así no debería ser difícil distinguir a un cruento asesino.
Me detuve a descansar en un pequeño claro que encontré cerca del camino. Me sentía más recogida que en mitad del sendero y la luna daba cierta claridad, lo que me daba seguridad. Sin embargo, al hacerme un ovillo junto a uno de los amplios troncos, al resguardo de un enorme árbol, no pude evitar sentirme sola y asustada como una niña pequeña. Las noches vacías y solitarias siempre traían consigo recuerdos confusos, dolorosos, que mi cerebro se esforzaba por ahogar.
Cerré los ojos con determinación y me acurruqué en el acolchado saco, dispuesta a olvidar y descansar.
Nosotras estamos encantadas con la idea, pero ahora queda a vuestro juicio, espero algún comentario ^^
NATSUKI
El joven mensajero me encontró de pura casualidad. La verdad es que no me gustaba permanecer mucho tiempo en el mismo sitio, me sentía mejor viajando a la deriva, sin tener que preocuparme por nada. Así que fue una sorpresa, tanto para él como para mí, que dos semanas después de haber ocupado una sencilla habitación en un hotel cualquiera, me encontrase todavía en ella.
Llamó a la puerta con timidez y al verme pareció encogerse en el sitio. No era mi aspecto lo que le asustó, siempre había parecido frágil y debilucha, como una muñeca a punto de romperse. Pensé en mis anteriores visitas a la ciudad y recordé que solían precederme imaginativas historias sobre mí, mi espada y mi trabajo. ¿Qué rumores se habrían extendido aquella vez? No me dio tiempo a preguntar, apenas hubo cumplido su cometido, el chico se fue lo más rápido posible.
El mensaje era escueto y conciso, tenía un nuevo trabajo.
A mediodía me pasé por la pequeña tienda que hacía las veces de intermediaria entre los altos cargos y los pequeños peones que, como yo, se manchaban las manos una vez sí y otra también. Menkel, un hombre de aspecto quebradizo que estaba cada vez más cerca de celebrar los ochenta, estaba detrás del gastado mostrador. Me entregó el paquete con todos los detalles sin ningún comentario, tan solo una leve mirada de enfado.
Una vez pude sentarme a revisar los documentos, quedé relativamente tranquila, no parecía un encargo de especial dificultad. ¿Encontrar a un hombre sin nombre ni rostro? ¿Seguirle los pasos hasta averiguar su propósito para después sabotearle y hacerme con su misión? No, no parecía nada del otro mundo.
Salí aquella misma noche. Nunca llevaba mucho equipaje, lo justo para poder sobrevivir y desaparecer de cualquier lugar en un instante, sin dejar nada atrás. Aquella noche dormí a la intemperie, tan solo un pequeño alto en el camino para recuperar fuerzas. La noche siguiente ocurrió lo mismo, y la siguiente, y la siguiente.
No fue un viaje largo ni corto, no fue duro ni cómodo, simplemente era un paso tras otro.
La quinta noche desde mi salida de la ciudad llegué al lugar en que debería encontrar al desconocido. Estaba en una zona boscosa, en la que se escondían un par de pueblecitos casi aislados que disfrutaban de la paz que da la naturaleza. Me gustaba el lugar.
Allí debía buscar a un hombre fuerte, joven, con un característico tatuaje en el pecho que solía ocultar y armado con alguna especie de espada que en realidad no era una espada. Eran datos muy vagos, pero supuse que antes o después terminaría por encontrarlo, en un lugar así no debería ser difícil distinguir a un cruento asesino.
Me detuve a descansar en un pequeño claro que encontré cerca del camino. Me sentía más recogida que en mitad del sendero y la luna daba cierta claridad, lo que me daba seguridad. Sin embargo, al hacerme un ovillo junto a uno de los amplios troncos, al resguardo de un enorme árbol, no pude evitar sentirme sola y asustada como una niña pequeña. Las noches vacías y solitarias siempre traían consigo recuerdos confusos, dolorosos, que mi cerebro se esforzaba por ahogar.
Cerré los ojos con determinación y me acurruqué en el acolchado saco, dispuesta a olvidar y descansar.
Natsuki Miyoshi
Y ahora me toca a mi presentar mi personaje principal ^^
La imagen que estoy utilizando para este personaje es la de Doa, del manga La Espada del Inmortal, obra de Hiroaki Samura. Todas las imágenes pertenecen a sus respectivos autores, yo las utilizo para ilustrar y sin animo de pisar su autoría.
La imagen que estoy utilizando para este personaje es la de Doa, del manga La Espada del Inmortal, obra de Hiroaki Samura. Todas las imágenes pertenecen a sus respectivos autores, yo las utilizo para ilustrar y sin animo de pisar su autoría.
Datos Personales
Nombre: Natsuki
Apellidos: Miyoshi
Edad: 20
Características
Aspecto físico: De estatura media, menuda y bien proporcionada. Ligera y de aspecto frágil a primera vista, ha desarrollado gran fuerza y resistencia. Tiene los ojos de un intenso color verde, con pequeñas vetas más oscuras alrededor de la pupila. Pómulos altos, una nariz chata, ojos ligeramente rasgados y rasgos muy marcados le dan aspecto asiático, heredado de su madre. El cabello, negro, liso y largo, le cae casi hasta la altura de las caderas, aunque suele llevarlo recogido en una trenza o en un moño bajo una amplia gorrilla por comodidad. De aspecto tranquilo y mirada fiera, siempre parece a punto de saltar a atacar.

Rasgos psicológicos: Algo inestable psicológicamente, tiene bruscos cambios de humor que procura controlar con meditación y mucho ejercicio. Posee un carácter violento que la lleva a sacar las armas a las primeras de cambio, pero también tiene un lado dulce y tierno que se esfuerza por ocultar aunque de vez en cuando salga a la luz.
Una vida dura ha hecho de ella una chica fuerte, siempre dispuesta a salir adelante y tirar de quien haga falta, aunque muy solitaria. Vive a la defensiva, atacada por una inseguridad casi patológica, y, aunque le cuesta mucho confiar en los demás, siente la necesidad de buscar firmes vínculos afectivos que consigan paliar el sentimiento se soledad.
Habilidades y armas
Tiene una capacidad innata para mantenerse en silencio y pasar desapercibida hasta volverse prácticamente invisible. Posee una velocidad impresionante y una fuerza que no parece corresponderle a su pequeño cuerpecito, fruto de un duro y largo entrenamiento. Maneja con comodidad gran variedad de armas blancas, aunque siente predilección por la espada corta, los sais o pequeños cuchillos que siempre lleva escondidos entre la ropa.
Nombre: Natsuki
Apellidos: Miyoshi
Edad: 20
Características
Aspecto físico: De estatura media, menuda y bien proporcionada. Ligera y de aspecto frágil a primera vista, ha desarrollado gran fuerza y resistencia. Tiene los ojos de un intenso color verde, con pequeñas vetas más oscuras alrededor de la pupila. Pómulos altos, una nariz chata, ojos ligeramente rasgados y rasgos muy marcados le dan aspecto asiático, heredado de su madre. El cabello, negro, liso y largo, le cae casi hasta la altura de las caderas, aunque suele llevarlo recogido en una trenza o en un moño bajo una amplia gorrilla por comodidad. De aspecto tranquilo y mirada fiera, siempre parece a punto de saltar a atacar.

Rasgos psicológicos: Algo inestable psicológicamente, tiene bruscos cambios de humor que procura controlar con meditación y mucho ejercicio. Posee un carácter violento que la lleva a sacar las armas a las primeras de cambio, pero también tiene un lado dulce y tierno que se esfuerza por ocultar aunque de vez en cuando salga a la luz.
Una vida dura ha hecho de ella una chica fuerte, siempre dispuesta a salir adelante y tirar de quien haga falta, aunque muy solitaria. Vive a la defensiva, atacada por una inseguridad casi patológica, y, aunque le cuesta mucho confiar en los demás, siente la necesidad de buscar firmes vínculos afectivos que consigan paliar el sentimiento se soledad.
Habilidades y armas
Tiene una capacidad innata para mantenerse en silencio y pasar desapercibida hasta volverse prácticamente invisible. Posee una velocidad impresionante y una fuerza que no parece corresponderle a su pequeño cuerpecito, fruto de un duro y largo entrenamiento. Maneja con comodidad gran variedad de armas blancas, aunque siente predilección por la espada corta, los sais o pequeños cuchillos que siempre lleva escondidos entre la ropa.
Ficha de Shinichi
Antes de nada me presento. ¡Encantada de conoceros, soy Mew!
Este, por el momento, pequeño proyecto que llevo a cabo con Niwa, está inspirado en los personajes que ambas inventamos para participar en el rol de un foro. Nos gustaron tanto que no quisimos dejarlos olvidados y decidimos seguir prestándoles nuestra voz mediante la creación de este blog. Pero no os preocupeis, no es necesario haber seguido el rol para entener la historia que está a punto de nacer. ¡Disfrutad!
Disclaimer: La imagen de mi personaje ficticio corresponde a la de Yuu Kanda, de Katsura Hosino, autora de D. Gray-man. Todas las imágenes vinculadas proceden de Deviantart, las cuales utilizo sin ánimo de pisar la autoría de sus respectivos dueños.
Descripción de las Tres Ilusiones
Este, por el momento, pequeño proyecto que llevo a cabo con Niwa, está inspirado en los personajes que ambas inventamos para participar en el rol de un foro. Nos gustaron tanto que no quisimos dejarlos olvidados y decidimos seguir prestándoles nuestra voz mediante la creación de este blog. Pero no os preocupeis, no es necesario haber seguido el rol para entener la historia que está a punto de nacer. ¡Disfrutad!
Disclaimer: La imagen de mi personaje ficticio corresponde a la de Yuu Kanda, de Katsura Hosino, autora de D. Gray-man. Todas las imágenes vinculadas proceden de Deviantart, las cuales utilizo sin ánimo de pisar la autoría de sus respectivos dueños.
Nombre: Shinichi
Apellido: Sanagawa
Fecha de Nacimiento: 11/8/1990
Edad: 21
Características
Fecha de Nacimiento: 11/8/1990
Edad: 21
Características
Ojos: Azules y profundos.
Pelo: Negro, largo y liso. Recogido en una coleta alta. Suelto le cubre la espalda.
Aspecto general: Es un joven alto, delgado y fibroso. Suele llevar siempre el pecho vendado, ocultando la marca de nacimiento que le caracteriza como portador de “Las Tres Ilusiones”. Esta marca tiene forma de tres, con una línea y un pequeño círculo encima. Forma parte de su piel.
Pelo: Negro, largo y liso. Recogido en una coleta alta. Suelto le cubre la espalda.
Aspecto general: Es un joven alto, delgado y fibroso. Suele llevar siempre el pecho vendado, ocultando la marca de nacimiento que le caracteriza como portador de “Las Tres Ilusiones”. Esta marca tiene forma de tres, con una línea y un pequeño círculo encima. Forma parte de su piel.
Reservado y distante, el tiempo no ha hecho mella en su carácter ni en su seguridad en sí mismo. Convive con sus sentimientos a duras penas, siempre luchando por sepultarlos bajo una gruesa capa de indiferencia. Sereno y frío, su vida se rige por una serie de principios y por la apatía absoulta hacia las relaciones humanas. Sin embargo, en el interior de su corazón, la llama incombustible de este joven lucha diariamente por mantener a raya el espeso escudo de hielo que recubre su exterior.
Descripción de las Tres Ilusiones
Rara vez nace alguien con este poder innato. Por el momento el único caso conocido es Shinichi Sanagawa.
El poder de las Tres Ilusiones se divide en tres estilos: Ichigen, Primera Ilusión, Nigen, Segunda Ilusión y Sangen, Tercera Ilusión. El poder que tiene cada uno de estos estilos varía.
Modalidad Ichigen: Curación. Entrar en esta fase implica la liberación de una sustancia que estimula la regeneración de las células. Cuando el Ichigen está activo, el portador acumula una parte de la producción de sustancias para sí mismo, dejando que el resto fluya por su cuerpo y se pueda transmitir a otros a través del contacto. Se aprecia que el portador ha entrado en esta fase porque en su mejilla derecha se dibuja una fina línea negra muy pequeña, de aproximadamente dos centímetros.
Modalidad Nigen: Defensa. Desatar el segundo sello conlleva un aumento instantáneo de la agilidad y la fortaleza. El organismo comienza la liberación de un líquido que recubre la piel del portador para protegerlo. Una vez ha cubierto su cuerpo por entero adquiere un color transparente, se estabiliza y crea una dura capa similar a un escudo. Se desconoce qué tipo de material es, pero es casi imposible quebrarlo. El aumento de la agilidad y la fuerza están pensados para acomodarse al nuevo peso que añade el escudo en el portador. Cuando se activa este poder, una segunda línea negra se perfila bajo el ojo derecho, dejando un pequeño espacio entre la primera marca y ésta. Tiene la misma longitud que la provocada por el Ichigen.
Modalidad Sangen: Ataque. Inmediatamente después de desencadenar el último nivel, una línea negra y ligeramente más larga que las otras dos, se acopla entre medias de éstas. Para entrar en esta fase Shinichi necesita estar en posesión de su espada.
Su espada no sale nunca de su vaina a menos que sea totalmente imprescindible, pues no tiene filo, es sólo empuñadura. El Sangen suple esta carencia. El portador ilumina un filo en el aire que comienza en el mango de la espada y se adhiere a ésta completando el arma. Su velocidad incrementa de forma brutal una vez terminada la transformación del tercer estilo.
El poder de las Tres Ilusiones se divide en tres estilos: Ichigen, Primera Ilusión, Nigen, Segunda Ilusión y Sangen, Tercera Ilusión. El poder que tiene cada uno de estos estilos varía.
Modalidad Ichigen: Curación. Entrar en esta fase implica la liberación de una sustancia que estimula la regeneración de las células. Cuando el Ichigen está activo, el portador acumula una parte de la producción de sustancias para sí mismo, dejando que el resto fluya por su cuerpo y se pueda transmitir a otros a través del contacto. Se aprecia que el portador ha entrado en esta fase porque en su mejilla derecha se dibuja una fina línea negra muy pequeña, de aproximadamente dos centímetros.
Modalidad Nigen: Defensa. Desatar el segundo sello conlleva un aumento instantáneo de la agilidad y la fortaleza. El organismo comienza la liberación de un líquido que recubre la piel del portador para protegerlo. Una vez ha cubierto su cuerpo por entero adquiere un color transparente, se estabiliza y crea una dura capa similar a un escudo. Se desconoce qué tipo de material es, pero es casi imposible quebrarlo. El aumento de la agilidad y la fuerza están pensados para acomodarse al nuevo peso que añade el escudo en el portador. Cuando se activa este poder, una segunda línea negra se perfila bajo el ojo derecho, dejando un pequeño espacio entre la primera marca y ésta. Tiene la misma longitud que la provocada por el Ichigen.
Modalidad Sangen: Ataque. Inmediatamente después de desencadenar el último nivel, una línea negra y ligeramente más larga que las otras dos, se acopla entre medias de éstas. Para entrar en esta fase Shinichi necesita estar en posesión de su espada.
Su espada no sale nunca de su vaina a menos que sea totalmente imprescindible, pues no tiene filo, es sólo empuñadura. El Sangen suple esta carencia. El portador ilumina un filo en el aire que comienza en el mango de la espada y se adhiere a ésta completando el arma. Su velocidad incrementa de forma brutal una vez terminada la transformación del tercer estilo.
13 junio 2009
Moshimoshi!!
Aqui nace un pequeño proyecto, que si bien todavía está en plena gestación, sé que pronto será genial (por lo menos para las autoras, que nos lo vamos a pasar estupendamente intentando darle alas ^^).Aqui estamos, dos escritoras precoces, con un par de personajes de los que nos hemos enamorado y que no queremos guardar en el cajón cuando apenas han tenido tiempo de crecer. ¿La solución? Escribir, y hacerlo juntas, para que nuestros niños interactúen y puedan divertirse con nosotras.
Así nace este blog, en el que ambas postearemos trocitos de historia, cada una desde un punto de vista diferente, para conseguir un relato rico y completo. Si alguno ha participado o seguido alguna vez un rol vía foro entenderá enseguida el funcionamiento del blog, pues en realidad es lo mismo ^^
Espero que os guste, os enganche y no os decepcione.
En cuanto pordamos, empezaremos a subir pequeñas fichas de los personajes para que podáis ir conociéndolos poco a poco.
Hasta entonces, besos!
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