SHINICHI
El criado seguía cargando bártulos en aquel impresionante palanquín. Me fijé en que las manos comenzaron a temblarle cuando fue consciente de que le estaba observando.
Molesto, aparté la mirada. No había sido fácil para ninguno de los dos estar encerrados en aquella habitación. Por decirlo suavemente, le había echado de allí en cuanto reflejó sus intenciones. Primero me casaban y después pretendían enseñarme a vestirme. ¿Algo más?
Esperaba que mis palabras se le hubiesen grabado bien dentro. No me gustaría tener que volver a repetirlas.
Recorrí con la mirada los objetos que aún quedaban por cargar. Figuras de aspecto delicado, pequeños cofrecillos, frascos de suaves fragancias... Súbitamente, mi visión periférica captó algo que me llamó la atención.
Dos mujeres bajaban las escaleras pausadamente. Una de ellas cubría su cuerpo con un impresionante kimono rojo de motivos florales. La prenda, larga y suelta por las mangas, se ajustaba a su cintura con un pequeño obi. Iba mirando al suelo a medida que sus pasos la acercaban a mí. En aquel momento caí en la cuenta de que aquello no era un gesto de humildad ni nada que se le pareciese.
La otra mujer era la criada que le habían asignado a Natsuki.
De un segundo a otro me encontré con su mirada verde taladrándome desafiante. Podía haberle regalado los oídos, pero me limité a tomarla de la mano y ayudarla a subir al palanquín. Una vez dentro, nos acomodamos lo más lejos posible el uno del otro.
Durante el viaje mi cabeza le dio vueltas a muchas cosas. ¿Hijas que de repente se vuelven rebeldes? ¿Familiares desconocidos que van de visita? ¿Natsuki en el papel de esposa sumisa?
Eso no me lo quería perder por nada del mundo. Aunque, por otro lado, debía vigilar no pasarme demasiado. Lo último que quería era que en mitad de la cena me sacase los cuchillos.
Eché un vistazos fugaz a la chica. Me preguntaba si debajo de toda esa ropa le habrían permitido quedarse con sus armas. Por si acaso, esperaba que no se acercase mucho a nuestra nueva prima segunda. No fuese a ser que tuviesemos un disgusto.
Al cabo de unas horas el palanquín se detuvo. Los criados ayudaron a bajar a Natsuki esta vez.
En aquel valle hacía frío. La humedad se notaba en el ambiente y una leve capa de niebla envolvía la finca como si con eso le diese más misterio. Un par de doncellas me acercaron a Natsuki casi a empujones y me miraron suplicantes. La chica parecía molesta con aquel trato, le gustaba tan poco como a mí depender de los demás. Y, para colmo, ahora yo me había convertido en su marido. En otras palabras, arcaicas y absolutamente machistas, me pertenecía.
-Ya es hora de romper el voto de silencio -Advertí con voz suave mientras enganchaba su brazo en el mío-. Vayamos a saludar a nuestra prima.
15 junio 2009
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