16 junio 2009

¿Incompatibles? 4

NATSUKI

Me aferré a su brazo como buena esposa modélica, concentrada en que no se notase mucho cómo me tambaleaba al andar sin apenas poder separar las piernas. Pasitos pequeños, me había dicho la criada, pero no era nada fácil dar diminutas zancadas y seguir el ritmo de una persona normal.
Nuestra nueva prima salió a recibirnos escoltada por un par de criados de mirada gacha.

-Bienvenidos –saludó con voz fría.

Intercambiamos algunas vacías frases de cortesía y nos invitó a pasar y cenar algo. Ella no parecía muy dispuesta a darnos conversación y yo lo agradecí, así al menos no cometeríamos ningún error. Los criados se movían a nuestro alrededor como hormigas ajetreadas mientras nosotros nos limitamos a sentarnos. Yo era una chica sencilla y nunca había tenido tanta gente viviendo por mi, asi que era una situación muy incómoda. Casi me sentí agradecida por que se me permitiese llevarme los cubiertos a la boca a mi sola.

-¿Y qué os trae por aquí desde tan lejos? –preguntó cuando empezaron a retirarnos los platos de la mesa.

Estuve a punto de estropearlo todo al hablar pero afortunadamente Shinichi se me adelantó y le contó la historia que habíamos preparado durante el camino. Éramos unos tiernos recién casados que querían terminar el viaje de novios en un ambiente más familiar, así que, a pesar de no conocernos de nada, decidimos abusar de la hospitalidad de nuestra prima y pasar unos días en su casa. Incluso sonaba plausible.

El interrogatorio duró más de lo que a mi me pareció educado, casi parecía que intentase encontrar algún fallo a nuestra historia. Shinichi lo hizo bien y logró deshacerse de las preguntas comprometidas con respuestas vagas y alguna que otra alusión a lo que su padre nos había contado sobre la familia. Para mí fue un duro calvario obligarme a morderme la lengua y no hablar más que cuando se dirigiesen a mí directamente.

Finalmente nos liberó con la excusa de que el viaje había sido agotador y pudimos subir a la habitación que nos habían preparado. Era un cuarto gigantesco, casi tan grande como un apartamento desde mi punto de vista y con todos los lujos imaginables. Desde luego era una familia de dinero.
En cuanto me vi a salvo de miradas indiscretas, dejé escapar toda la tensión acumulada golpeando con furia una de las paredes. Mascullando maldiciones intenté deshacerme de aquella maldita ropa que no me dejaba dar patadas a las sillas, tan solo consiguiendo hacerme un lío con los lazos y terminar cubierta de nudos imposibles, con la ropa entreabierta y una frustración más que añadir a la recién fundada lista. ¿Dónde estaban todos esos conocimientos sobre la ropa tradicional que me habían transmitido apenas hacía unas horas?

Respiré hondo y me volví lentamente hasta encararme a Shinichi, que me miraba con atención y una expresión divertida que no se esforzaba por esconder. Ya hasta Shinichi Sanagawa, el hombre de hielo, se reía descaradamente de mí.
Estrujando el obi, lo único que había logrado quitarme, entre mis manos, me aclaré ruidosamente la garganta, buscando una voz que no demostrase mi enfado.

-No puedo hacerlo –dije con suavidad.

Es todo lo que mis labios me permitieron pronunciar. Moriría antes que pedir abiertamente ayuda a Shinichi. Si hacía falta lo haría trizas con mis cuchillos o aprendería a llevarlo con dignidad, solo esperaba que él quisiese entender mis palabras y no me odiase tanto como parecía a primera vista. Aquellos lazos diabólicos eran capaces de intentar estrangularme durante la noche.

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