16 junio 2009

¿Incompatibles? 8

NATSUKI

Al cabo de un rato el calor empezó a agobiarme y salí del agua. Me sorprendió no ver a Shinichi en la habitación, aunque, con sinceridad, no habría sabido cómo reaccionar de haberlo encontrado esperándome pacientemente en la cama. Demasiado extraño incluso para aquel día.
Con reticencia, me puse la ligera yukata que habían preparado para mí, si iba a salir de la habitación lo mejor era guardar las apariencias. Cuando ya salía por la puerta, volví un momento atrás, me guardé el pequeño puñal que había llevado todo el día bajo el kimono y me puse en camino. No pretendía liarme a cuchilladas con nada ni nadie, en realidad aquella pequeña hoja no me sería muy útil si debí defenderme de alguna amenaza real, pero me daba seguridad, de alguna manera era un contacto con mi propia realidad, que me alejaba de aquel entorno hostil.
Vagué por los pasillos a la deriva. Antes nos habían mostrado las habitaciones importantes de la casa, pero yo apenas recordaba el camino a mi dormitorio.
No estaba investigando ni recabando ningún tipo de información, pero ni siquiera ante mí misma admitiría que andaba por no quedarme sola en la habitación.

Entonces noté una fría corriente de aire en el rostro y por la simple razón de dejar de vagar sin rumbo la seguí hasta una pequeña terracita. La mandíbula se me desencajó al ver la escena que se desarrollaba en el jardín. Nuestra anfitriona se había lanzado sobre mi marido, que estaba prácticamente sin camiseta entre sus manos y no parecía sufrir mucho.
No me lo pensé dos veces. En realidad no lo pensé ni un solo segundo, tan solo salté al jardín como un mono, dejando atrás cualquier recuerdo sobre cómo ser la esposa perfecta. Me movía la furia, la frustración y los celos, unos horribles celos que habían aparecido de la nada. ¿Por qué diantres tenía que tratarme a mí a patadas y dejarse meter mano por una desconocida que se suponía estaba loca?

-¡Prima! –grité, acercándome a ellos con paso decidido.

Ella se volvió como si la hubiesen pinchado y Shinichi se apartó con brusquedad, recolocándose la ropa. Su rostro reflejó... ¿qué? ¿Enfado? ¿Agradecimiento? Con este chico nunca se sabía.

-¿Ocurre algo? –preguntó ella con voz melosa.

Oh. Muy bien, si en algún momento había dudado sobre si cogerla del cuello, en aquel momento me quedó clarísimo. Iba a apretar con ganas.

-Me preocupé al ver que mi querido esposo no estaba en la habitación –respondí, con gesto igual de inocente y voz tierna y desvalida propia de una niña de cinco años-. Me alegra ver que está en buenas manos, pero es tarde y deberíamos retirarnos.

Mi interpretación se ganó una sonrisa que habría helado cualquier fuego.

-Estábamos discutiendo sobre la moda en la ciudad, ¿verdad, querido primo? –dijo, haciendo énfasis en las últimas palabras-. Me hablaba sobre el curioso conjunto que lleva, aunque imagino que tienes razón y es tarde para tratar estos temas. Seguiremos en otro momento.

La promesa que ocultaban sus palabras me hizo hervir la sangre y tan solo logré no saltar sobre ella porque Shinichi se acercó a mí por detrás. Me volví hacia él, dejando ver lo enfadada que estaba y sabiendo que con él si que podía liberar toda esa furia.
Esperé hasta escuchar los pasos de la mujer desaparecer en la casa y le di una patada en la espinilla sin llegar a hacerle daño de verdad.

-Tú, maldito prepotente –susurré conteniéndome-, si yo tengo que tragar y comportarme como una estúpida para cumplir la misión, lo mínimo que puedes hacer es ser un buen marido. MI marido.

Me aferré de él con fuerza, clavándole los dedos en el brazo y lo arrastré por el camino que acababa de seguir nuestra prima.

-Vámonos a la cama de una maldita vez y reza por que no me dé por vengarme de esa estúpida esta noche, todavía soy capaz de quitarle la tontería a golpes.

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