06 diciembre 2009

Espalda contra espalda 2

SHINICHI

Lo primero que hice nada más despertar fue rodar por puro instinto. Di una voltereta en el suelo alejándome de aquello que mis sentidos me gritaban que era el peligro.
Medio inconsciente aún, intenté enfocar mi mirada borrosa para hacerme una idea de lo que estaba sucediendo a mi alrededor, pero nada de lo que registraba mi cerebro parecía tener sentido. Los hombres que Hideki había traído se habían agrupado frente a Natsuki, hacían crujir sus nudillos y soltaban risotadas que pretendían sonar amenazantes. Al cabo de unos segundos me sentí absurdo y estúpido por no haberme dado cuenta antes. Nos habían tendido una emboscada.

En un acto reflejo, mi mano se posó sobre mi cadera. Tenía la espada al costado, afortunadamente el enganche había aguantado y seguía conmigo, pero sabía que todavía pasaría un tiempo hasta que fuese capaz de utilizarla. La última vez que había desatado los sellos de golpe para impedir que Natsuki cayera desde las alturas había sido muy doloroso, así que esta vez lo haría como de costumbre.
Liberé el Ichigen y noté el chispazo de poder despertarse en mi interior y revolucionar mis células. Kyoko estaba siendo arrastrada por un par de hombres que se habían separado del grupo y yo solté una maldición.

Natsuki luchaba cerca de mí, y yo seguía temporalmente fuera de combate sin un arma.
Se me ocurrió una idea.
Rápidamente y en el más absoluto silencio me deslicé hasta el centro de la batalla, haciendo chocar mi espalda con la de Natsuki.

-Hazme un favor ¿quieres? -Murmuré en voz baja, aprovechando la confusión que había causado mi entrada, y acto seguido palpé su cadera en busca de la empuñadura de la espada corta que solía llevar- Te la devolveré dentro de un rato.

Salté de su lado y liberé el segundo sello mientras me lanzaba a hacer frente a aquellos corpulentos hombres que discretamente nos habían ido rodeando. La fina membrana que debía recubrir mi cuerpo comenzó a hacer su aparición desde distintos puntos de mi cuerpo.

Espalda contra espalda 1

NATSUKI

Vi a Shinichi caer rendido y supe que debía ser capaz de hacer yo la primera guardia, tal vez la segunda también. Supongo que fue demasiado pedir, mi cuerpo se rebeló contra mí misma y a pesar de que hice fuerza con toda mi alma, no logré mantener los párpados alzados.
Me dormí con una sonrisa en los labios, entre Shinichi y Kyoko, los tres cercanos al coma de puro agotamiento.

Sí, mi estado era lamentable y si hubiese caído una bomba sobre nosotros ni me hubiese enterado, pero también me recupero extraordinariamente rápido. Relajarme por completo unos minutos habría sido suficiente, pero aproximo que dormí casi una hora antes de notar movimiento a mi alrededor.
Mis sentidos volvían a funcionar perfectamente y me desperté sin problemas cuando noté la espalda de Kyoko separarse de la mía. Me mantuve inmóvil, con los ojos firmemente cerrados, intentando hacerme una idea de la situación.
Escuché a los hombres hablar por lo bajo, pero no habría sido necesario que hablasen para saber que se estaban colocando a nuestro alrededor, su olor les habría delatado a varios metros de distancia. Alguien arrastraba un cuerpo hacia la otra punta del prado haciendo mucho ruido, supuse que a la pobre Kyoko.

Tuve que hacer un gran esfuerzo por no saltar a poner orden en ese mismo instante. ¿Qué pensaban que estaban haciendo aquellos estúpidos cavernícolas? Pero en realidad no me propuse hacerles daño hasta que oí el sonido de un arma al salir de su funda y uno de ellos se atrevió a tocarme. A mí.
Muy bien, no solo iba a hacerles mucho, mucho daño, sino que además iba a disfrutarlo. Se había convertido en algo personal.

Antes siquiera de abrir los ojos ya me había quitado al tipo de encima. El cuchillo que sostenía sobre mi garganta voló de sus manos a las mías y no pude evitarlo, se lo clavé en la rodilla con todas mis fuerzas. No vacilé al sentir crujir el hueso entre mis manos. Terminé de incorporarme y salté lo más lejos posible, sacudiendo a Shinichi al hacerlo. No sabía si se había despertado ni qué haría el hombre que tenía que matarle, si cumplir su misión o venir a por mí. Y tampoco tenía tiempo para comprobarlo, diez gigantescos hombres-oso se abalanzaban sobre mí deseosos de venganza.

Entre las llamas 10

SHINICHI

Apenas llevábamos un par de horas caminando cuando la noche se nos echó encima. De no haber sido por el séquito de Hideki y porque la pobre mujer que teníamos que poner a salvo presentaba un aspecto tan lamentable, hubiera obligado a mis músculos a continuar el viaje hasta el pueblo. Sin embargo, Natsuki me hizo entrar en razón.
Como siempre.

Tras dejar a Kyoko en las manos de la chica, busqué con la mirada a Hideki. Me sorprendió observar como el pequeño claro rodeado de árboles parecía haber sido dividido por una línea invisible; nosotros a un lado y ellos a otro. Poco me importaba aquello.

-Hideki -Voceé mientras me acercaba al lugar donde se encontraba, justo al lado de una pequeña mochila. Disfruté al llegar a su lado y darme cuenta que era más alto que él-. Necesito esa mochila.

Observé con un placer que no permití que asomara a mi rostro en ningún momento como los ojos se le dilataban por la sorpresa y sus manos se volvian garfios alrededor de la tela. Era un sentimiento extraño, como si un pequeño monstruo se regocijara en mi interior y me hiciera sentir... ganador.
Mientras yo experimentaba todo aquello, aquel hombre había desviado la mirada hacia uno de los criados que había elegido como acompañantes y éste había avanzado hacia nosotros sin rechistar. Sin comerlo ni beberlo me encontré frente a un armario de hombre. Un armario maloliente y peludo. El monstruo de mi interior emitió un rugido, fastidiado.

-Dame eso de una vez -Exigí mientras le arrancaba la mochila de un manotazo.

Le dirigí una mirada envenenada a Hideki y me largé de allí antes de que la mano se me fuera a la espada y comenzara una escabechina.

Natsuki estaba tomándole la temperatura a Kyoko y le alargé la mochila para que pudiera coger de ahí las medicinas que necesitase. Me senté cerca de ellas, apoyado contra un árbol, y deslicé las vendas que había cogido antes hasta el hueco que había entre mis piernas cruzadas.
Cuando terminó con nuestra prima, parecía tan agotada que estuve a punto de no pedirle que me ayudara con las vendas, pero ella pareció percatarse de mi problema. Sus manos desenrrollaron la tela sobre mi pecho para ocultar el tatuaje.

-Déjame a mí hacer la primera guardia -Susurré con la voz ronca.

Sus manos bailaban sobre mi piel de forma agradable. No muy lejos alguien había encendido un fuego. Un grupo de hombres se calentaba en silencio en torno a él. Uno de ellos... uno de ellos debía ser Hideki, pero todo estaba muy oscuro. La noche había caído muy deprisa sobre el bosque. Demasiado...
Su siguiente víctima fueron mis ojos.

Entre las llamas 9

NATSUKI

No le llevé la contraria a Shinichi cuando ordenó ponernos en marcha, estaba demasiado cansada y tenía demasiadas ganas de alejarme de allí como para protestar. Echamos a andar hacia el bosque del que habíamos venido y no me planteé que deberíamos encaminarnos a lagún sitio hasta mucho después. Sin embargo, Shinichi parecía caminar con tanta decisión que supuse que sabía a dónde nos llevaba. Aunque tampoco recordaba haberle visto nunca vacilar a la hora de actuar, ni siquiera cuando improvisaba.

Cuando vi que bajaba el ritmo tuve que obligarle a pasarme a Kyoko. Casi tuve que sacar la espada para convencerle de que también necesitaba descansar un poco. Me arrepentí casi inmediatamente. El peso de la chica estuvo a punto de vencerme y aunque logré estabilizarme enseguida, me di cuenta de que el cansancio era peor de lo que pensaba. Aún así no dije nada y mantuve el paso con cabezonería.

Anocheció y seguimos caminando hasta que la oscuridad nos impidió seguir avanzando. Cuando paramos, Shinichi volvía a llevar a Kyoko, nos habíamos intercambiado al menos un par de veces más para llevarla y ella seguía dormida o inconsciente. La verdad es que empezaba a preocuparme.
Aunque la verdad es que en ese momento me preocupaban algo más los amigos que Hideki se había traído. Más que criados de una casa fina parecían algún tipo de cruce entre oso y hombre de las cavernas y, sinceramente, no me fiaba lo suficiente de nadie como para atreverme a cerrar los ojos. El problema era que mi cuerpo me pedía deplomarme en algún rincón urgentemente.