06 diciembre 2009

Entre las llamas 10

SHINICHI

Apenas llevábamos un par de horas caminando cuando la noche se nos echó encima. De no haber sido por el séquito de Hideki y porque la pobre mujer que teníamos que poner a salvo presentaba un aspecto tan lamentable, hubiera obligado a mis músculos a continuar el viaje hasta el pueblo. Sin embargo, Natsuki me hizo entrar en razón.
Como siempre.

Tras dejar a Kyoko en las manos de la chica, busqué con la mirada a Hideki. Me sorprendió observar como el pequeño claro rodeado de árboles parecía haber sido dividido por una línea invisible; nosotros a un lado y ellos a otro. Poco me importaba aquello.

-Hideki -Voceé mientras me acercaba al lugar donde se encontraba, justo al lado de una pequeña mochila. Disfruté al llegar a su lado y darme cuenta que era más alto que él-. Necesito esa mochila.

Observé con un placer que no permití que asomara a mi rostro en ningún momento como los ojos se le dilataban por la sorpresa y sus manos se volvian garfios alrededor de la tela. Era un sentimiento extraño, como si un pequeño monstruo se regocijara en mi interior y me hiciera sentir... ganador.
Mientras yo experimentaba todo aquello, aquel hombre había desviado la mirada hacia uno de los criados que había elegido como acompañantes y éste había avanzado hacia nosotros sin rechistar. Sin comerlo ni beberlo me encontré frente a un armario de hombre. Un armario maloliente y peludo. El monstruo de mi interior emitió un rugido, fastidiado.

-Dame eso de una vez -Exigí mientras le arrancaba la mochila de un manotazo.

Le dirigí una mirada envenenada a Hideki y me largé de allí antes de que la mano se me fuera a la espada y comenzara una escabechina.

Natsuki estaba tomándole la temperatura a Kyoko y le alargé la mochila para que pudiera coger de ahí las medicinas que necesitase. Me senté cerca de ellas, apoyado contra un árbol, y deslicé las vendas que había cogido antes hasta el hueco que había entre mis piernas cruzadas.
Cuando terminó con nuestra prima, parecía tan agotada que estuve a punto de no pedirle que me ayudara con las vendas, pero ella pareció percatarse de mi problema. Sus manos desenrrollaron la tela sobre mi pecho para ocultar el tatuaje.

-Déjame a mí hacer la primera guardia -Susurré con la voz ronca.

Sus manos bailaban sobre mi piel de forma agradable. No muy lejos alguien había encendido un fuego. Un grupo de hombres se calentaba en silencio en torno a él. Uno de ellos... uno de ellos debía ser Hideki, pero todo estaba muy oscuro. La noche había caído muy deprisa sobre el bosque. Demasiado...
Su siguiente víctima fueron mis ojos.