NATSUKI
Vi a Shinichi caer rendido y supe que debía ser capaz de hacer yo la primera guardia, tal vez la segunda también. Supongo que fue demasiado pedir, mi cuerpo se rebeló contra mí misma y a pesar de que hice fuerza con toda mi alma, no logré mantener los párpados alzados.
Me dormí con una sonrisa en los labios, entre Shinichi y Kyoko, los tres cercanos al coma de puro agotamiento.
Sí, mi estado era lamentable y si hubiese caído una bomba sobre nosotros ni me hubiese enterado, pero también me recupero extraordinariamente rápido. Relajarme por completo unos minutos habría sido suficiente, pero aproximo que dormí casi una hora antes de notar movimiento a mi alrededor.
Mis sentidos volvían a funcionar perfectamente y me desperté sin problemas cuando noté la espalda de Kyoko separarse de la mía. Me mantuve inmóvil, con los ojos firmemente cerrados, intentando hacerme una idea de la situación.
Escuché a los hombres hablar por lo bajo, pero no habría sido necesario que hablasen para saber que se estaban colocando a nuestro alrededor, su olor les habría delatado a varios metros de distancia. Alguien arrastraba un cuerpo hacia la otra punta del prado haciendo mucho ruido, supuse que a la pobre Kyoko.
Tuve que hacer un gran esfuerzo por no saltar a poner orden en ese mismo instante. ¿Qué pensaban que estaban haciendo aquellos estúpidos cavernícolas? Pero en realidad no me propuse hacerles daño hasta que oí el sonido de un arma al salir de su funda y uno de ellos se atrevió a tocarme. A mí.
Muy bien, no solo iba a hacerles mucho, mucho daño, sino que además iba a disfrutarlo. Se había convertido en algo personal.
Antes siquiera de abrir los ojos ya me había quitado al tipo de encima. El cuchillo que sostenía sobre mi garganta voló de sus manos a las mías y no pude evitarlo, se lo clavé en la rodilla con todas mis fuerzas. No vacilé al sentir crujir el hueso entre mis manos. Terminé de incorporarme y salté lo más lejos posible, sacudiendo a Shinichi al hacerlo. No sabía si se había despertado ni qué haría el hombre que tenía que matarle, si cumplir su misión o venir a por mí. Y tampoco tenía tiempo para comprobarlo, diez gigantescos hombres-oso se abalanzaban sobre mí deseosos de venganza.
06 diciembre 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada