NATSUKI
Me asusté al ver a Shinichi aparecer en la ventana y, estúpida de mí, volví a escurrirme. El poyete desapareció, de pronto bajo mis pies no había más que vacío.
Caí.
Caí.
Caí.
Choqué.
Fue como si un camión me hubiese embestido, solo que en vez de duro suelo, se trataba de Shinichi. De repente estaba en sus brazos. En el suelo. Viva.
Me dijo algo que no terminé de entender. ¿Estaba preocupado?
-Bi... Bien –jadeé, no muy segura de mi propia voz.
Me gustaría haberme quedado entre sus brazos, pero la realidad me golpeó, Kyoko no tardaría en aparecer y no podía verme allí abajo. De un salto me deshice de su abrazo, pero antes de alejarme de él no pude contener un fugaz beso de agradecimiento. Creo que ni siquiera acerté a besar sus labios, pero tenía que esconderme cuanto antes. ¿Cómo íbamos a explicar que Shinichi se hubiese lanzado de cabeza por la ventana? ¿Impulsos suicidas? ¿Incontrolables deseos de volar?
Nuestra prima asomó la cabeza y yo me concentré en pasar desapercibida. Siempre había sido fácil no hacerme notar, en silencio, inmóvil, prácticamente sería invisible.
Shinichi dijo algo de un gato y que se había tirado desde esa altura a salvar al pobre animal. Ella debió creerle porque al cabo de unos momentos volvió a meterse en su habitación.
De nuevo estábamos solos. La adrenalina todavía aceleraba mi respiración y notaba la sangre latiendo a toda velocidad, mi corazón seguía sin creer que siguiese funcionando. Miré a mi marido, que seguía inmóvil, en la posición en que había caído. Él me devolvió una mirada seria, quizá un poco sorprendida.
Sin dejar de vigilar la ventana de Kyoko me acerqué hasta él, agachándome a su lado.
¿Ya estaba? Una suave risa asomó entre mis labios. ¿Eso era todo? Empecé a reírme a carcajadas, escondiendo el rostro entre los brazos para intentar ahogar el sonido. Mi cuerpo se sacudía junto a él, consciente de su presencia, del peligro, pero sin poder parar de reír. No podía creerlo, estábamos vivos y nuestra coartada intacta. Increíble.
Poco a poco logré serenarme e inspirar hondo un par de veces seguidas.
-Gracias –susurré, probando mi voz-. Me has salvado.
Busqué su mirada, queriendo hallar alguna respuesta a preguntas que todavía no había formulado.
-¿Estás bien?
Extendí la mano hacia él, pero me arrepentí, dejándola caer de nuevo. ¿Qué se suponía que estaba haciendo? ¿Tocarle para asegurarme de que no se había roto? ¿Comprobar que era de verdad y todo aquello no era un extraño sueño? Era estúpido y él no me dejaría... ¿verdad?
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